A TIRO DE PIEDRA

 

Religiosidad panameña

 

Nuestra población tiene un sentido religioso profundo, que la identifica y la empuja a demostrar las más variadas manifestaciones. La expresión católica, aunque no la única, se enaltece en este tiempo de Semana Santa y se confunde con las tradiciones populares.

La visita a los templos es de rigor para el pueblo católico. Algunos son concientes de lo que celebran y conmemoran, otros lo son menos. Sabemos, por tradición, que estos son días de dar gracias a Dios y rendirle tributo; pero, ¿entendemos plenamente el significado de esta fiesta? Mientras unos se preparan para recibir la Pascua, otros viven lo que le enseñaron sus mayores. Oraciones y rezos se entremezclan con el aroma del incienso del altar y el olor del incienso y las especias que se llevan a casa, tras comprárselas al hombre o a la mujer que se gana unos reales vendiéndolas a la entrada del templo.

Esa religiosidad panameña necesita ser instruida. No con regaños ni condenas, sino con amor y misericordia. Sabido es que a veces abruma llegar al templo donde a lo largo del año, y varias veces a la semana, concurrimos. La tranquilidad se rompe en ciertas fechas como el Miércoles de Ceniza, el Domingo de Ramos, el Jueves o el Viernes Santo. Gente que aparece por esos días, que son los primeros que se atropellan para coger los ramos o reservarse un puesto, que se la pasan hablando durante toda la ceremonia, que van en busca de estampas, incienso, mirra, escapularios, y cuanto artículo venden los mercaderes de ocasión en el atrio de las iglesias. Incomodan, es cierto, pero debemos acogerlos con amor, y que vean en nosotros no el rechazo, sino el testimonio cristiano de acogida que el mismo Cristo nos enseñó cuando dijo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”.

Cuando veo tanta gente ir y venir, cada uno en lo suyo, pienso en aquella pregunta que hiciera Jesús a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Y allí están: los pobres, los ciegos, los cojos, los locos, los que buscan milagros, todos los que seguían a Cristo están allí representados. Y, por qué no, los imitadores de los fariseos, los escribas y los maestros de la ley, que se creen más sabedores que los demás, los condenan y le imponen pesados yugos que ni ellos son capaces de cargar.

Antes me molestaba y murmuraba a rabiar, pero ahora trato de comprender a esas personas. Yo mismo, en un tiempo, también pasé por eso. Tanto ellos como nosotros, que somos más asiduos al templo, necesitamos que alguien nos instruya, como Felipe lo hizo con el funcionario de la corte de Candace, que recitaba las escrituras, en su religiosidad, sin entenderlas. Ninguno sabe ni ignora lo suficiente. Allí estamos, ellos y nosotros, con nuestros rezos y oraciones, con confesiones y penitencias, mandas y liturgia, detrás de uno solo: Cristo Jesús, que nos pregunta constantemente: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

Luis Alberto Díaz - lad@panoramacatolico.com

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