Editorial
Pena de muerte
Una vez más vuelve al debate público el tema de la
pena de muerte en Panamá, como remedio para evitar el homicidio, bajo la
premisa del terror que pueda infundir su posible ejecución a los
criminales y homicidas potenciales. Su petición es comprensible, ante la
impotencia que se siente ante el asesinato vil de gente inocente, pero
hasta ahí.
Adoptar la pena de muerte en nuestro país, nos traerá más mal que bien.
Probado es que en ningún país que la tiene como sanción, se ha evitado
el asesinato y el homicidio. Sin embargo, en países que la han
proscrito, la disminución en la criminalidad y el homicidio son
notables, al establecerse otras medidas en la legislación penal y la
persecución de los delitos.
¿Qué han hecho esos países que no hemos hecho nosotros? Es lo primero
que debemos averiguar, antes de dejarnos llevar por la emoción y la ira
que nos urge a pedir la muerte como penalización del homicidio o
cualquier otro delito grave. Si el asesino no es civilizado, entonces
tendremos que serlo el resto de la sociedad, sin que ello implique que
se deje de castigar el delito y el crimen. Matar, aunque sea legal, solo
nos distinguirá del asesino en la facultad que da la ley al estado para
quitar la vida, y la actuación fuera de la ley del homicida.
Busquemos la manera que la ley funcione, que las autoridades judiciales
actúen rápido y justamente, que la policía y sus normas sean respetadas
y eficaces, y que se evite dejar tanto asesino suelto por la relajación
de las leyes y la complicidad de las autoridades. Eso sería lo primero,
antes de pensar en legitimar la muerte de un ser humano.
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