Voz del Pastor


Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar

 Tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies del Señor, escuchaba sus palabras (Lucas 10, 39)

En el punto de partida de toda vida humana se encuentran siempre un hombre y una mujer. Y cada cual nace niña o niño. No se trata de un dato secundario. La diferencia sexual marca profundamente la condición humana y es clave en toda sociedad, donde también es constatable que la presencia de los dos sexos es portadora de vida, de equilibrio, de humanidad, lo cual no quiere decir que sin más se sepa vivir juntos armoniosamente.

La diferencia no es sólo cultural, pero según el carácter, la educación, la cultura, toma coloraciones particulares. El maltrato a la mujer, su violación, su reducción a objeto de comercio, son realidades muy antiguas que persisten y que generalmente son consecuencia de la convicción de que las mujeres (y las niñas) son inferiores al hombre. ¿Cuestión de cultura? Cuestión de derechos humanos que cuestiona duramente la humanidad y ética de una sociedad, aunque tenga mucho crecimiento económico.

En la variante panameña de la llamada “civilización occidental” también intervino la herencia del universalismo ético-político de Aristóteles, el cual, ligado a las estructuras de la ciudad griega, sufriendo las limitaciones de su contexto histórico, en su formulación del ideal del ciudadano libre, de la asamblea excluye los esclavos, las mujeres y los niños. Las virtudes políticas son virtudes de algunos, de los mejores en el sentido literal, a los cuales está reservado el privilegio de la ciudadanía.

Es claro que en Panamá no nos hemos quedado ahí y hace muchos años que desde un punto de vista legal no cabe la discriminación de la mujer. Sin embargo, se siguen dando situaciones de marginación que cuestionan a la sociedad pero en particular, a los que nos reclamamos de Cristo Jesús; su Evangelio es contrario a todo lo que atente a la dignidad de la mujer. El cristianismo ha impregnado honda-mente las raíces panameñas, pero hay caminos todavía no recorridos en cuanto a la mujer.

El término hebreo bara, que traducimos por “crear” connota dos nociones: la de hacer y la de separar. Se podría traducir hacer-separando, hacer-haciendo-separado. Crear es hacer haciendo diferente, diferenciando; constituir separado, hacer separando (“y vio Dios que todo era muy bueno”). Dios se complace en esa diferencia.

Las plantas y los animales tendrán que multiplicarse “según su especie”; reproducir un programa, pero el hombre es creado único. Llamado a crecer y multiplicarse, pero no para reproducir una “adanidad “, una especie (el término no está en el texto para él), sino otras personas. No se trata de la penosa expresión “salud reproductiva” aplicada a la mujer. Nadie nacido del hombre y de la mujer es igual a otro. El niño es propuesto por Dios a la iniciativa del hombre y de la mujer, no por simple ley de la especie. “El hombre conoció a Eva su mujer. Ella quedó encinta”.

También, el árbol ante el cual nuestros primeros padres son invitados a ratificar su ser (y al mismo tiempo su relación con Dios) no es el árbol de la ciencia de Newton, ni el árbol de la filosofía de Porfirio, sino el árbol del bien y el mal, un árbol ético. Más que de conocimientos se trata de la vida práctica buena o mala. ¿Cuáles son los valores éticos en juego en las relaciones de los hombres con las mujeres en Panamá? En la vida privada y en la vida social. La Misión Continental no puede soslayar esto; la preparación a ella tampoco.

Jesús convoca a los discípulos renuentes al Maestro, por la mediación de la voz de aquellas que sí fueron fieles hasta el final. Son las mujeres las que llaman a los varones (inversión de roles culturales). La primera curación que Jesús realiza beneficia a una mujer. Jesús siempre delante de nosotros.

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