Voz del Pastor


 Mons. Oscar M. Brown
Obispo de Santiago

La Cuaresma y la misión permanente de la Iglesia

El tiempo santo de cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza, cuando, al imponernos las cenizas, el ministro nos exhorta a convertirnos y creer en el Evangelio, o nos recuerda que polvo somos, y en polvo nos convertiremos.

La cuaresma culmina con la misa crismal del Jueves Santo. En ella recordamos que somos el pueblo de la unción con el Espíritu Santo, que nos inicia en la vida de Dios, por el bautismo, la confirmación y la eucaristía. Ungidos, como Jesús, con el Espíritu, somos otros cristos, y compartimos su vocación y misión: Como Él, proclamamos con palabras y obras que la gloria de Dios se ha manifestado en Jesús de Nazareth. Compartimos su condición de pontífice, constructor de puentes entre Dios y los hombres y entre unos hombres y otros. Con Él, también somos víctimas que se inmolan por la salvación del mundo. Finalmente, como Él, somos pastores que construyen comunidad, con los múltiples carismas recibidos: En fin, en Cristo somos un pueblo ministerial de sacerdotes, profetas y reyes, comprometidos en la salvación del mundo.

Esta misión exige el servicio de algunos bautizados que hagan presente a Cristo Cabeza del Pueblo de Dios, para instruirlo, santificarlo y gobernarlo, en su nombre. Estos poseen el sacerdocio ministerial o jerárquico, que se distingue esencialmente del sacerdocio común o bautismal, pero está a su servicio. Por eso, en la misa crismal, los sacerdotes ministeriales renuevan sus votos, en presencia de todo el pueblo sacerdotal, que ora por la fidelidad de sus pastores.

Este pueblo es un misterio de comunión y misión, por su unción con el crisma del Espíritu. Debe proclamar, celebrar y compartir su fe en el misterio pascual del Señor. En cuaresma, unido a los Catecúmenos- los aún no iniciados en la fe-, reflexiona sobre el valor de este misterio, renueva su propia conversión y procura dar ejemplo a los catecúmenos la acción del Espíritu Santo. Con razón, este tiempo se acentúan los sacramentos de iniciación : bautismo, confirmación y eucaristía, y el sacramento de la reconciliación. Se invita a los ya iniciados a renovar la gracia bautismal; y, a los catecúmenos, a prepararse para recibirla.

Se puede entender la cuaresma como un propedéutico anual del Triduo pascual, en el que celebramos solemnemente la pasión, muerte y resurrección del Señor, renovando las promesas bautismales, e iniciando en la vida cristiana a los catecúmenos, en la Vigilia Pascual. Este Triduo inaugura la cincuentena pascual, cuando la Iglesia, madre y maestra, nos ayuda a profundizar en la riqueza del misterio pascual.

La iniciación cristiana es la primera participación sacramental en la muerte y resurrección de Cristo. Exige una preparación remota: la evangelización y el precatecumenado; una preparación próxima: el catecumenado; una preparación inmediata: el Tiempo de la purificación e iluminación; y una profundización: el Tiempo de la mistagogia, es decir, de la pedagogía ascendente del misterio.

En la evangelización, se anuncia claramente el misterio pascual, de Jesucristo, Señor y Mesías, que padeció, murió y resucitó, nos llama a la conversión para el perdón de los pecados, y nos comunica la vida eterna, por su Espíritu.

El catecumenado es un período extenso en el que los candidatos deben alcanzar una madurez suficiente en la fe inicial, gracias a la catequesis, la práctica de la vida cristiana, algunas acciones litúrgicas especiales, su testimonio de vida y su profesión de fe.

De ordinario, el tiempo de la purificación y la iluminación de los catecúmenos coincide con la cuaresma. Por la liturgia y la catequesis litúrgica, la cuaresma renueva a los fieles y a los catecúmenos, mediante la memoria o la preparación del bautismo y por la reconciliación. También prepara a todos intensamente para celebrar el misterio pascual.

Se asimila más a un retiro espiritual que a una catequesis. Procura una profunda purificación interior, mediante el examen de conciencia y la conversión interior. Trata de iluminar los corazones, mediante un conocimiento más íntimo de Cristo Salvador. Para ello, se vale de los escrutinios y las entregas.

La finalidad de los escrutinios es hacer patente en los corazones de los elegidos lo débil, enfermo y malo, para sanarlo; y lo bueno, sano y santo, para fortalecerlo. En definitiva, su objetivo es liberar del pecado y el demonio, y afirmar a Cristo como camino, verdad y vida. Se celebran solemnemente en domingo.

Para iluminar a los elegidos, la Iglesia les entrega el Símbolo de la Fe y la Oración Dominical, en celebraciones especiales. El primero es un memorial jubiloso de los portentos realizados por Dios a favor de los hombres y manantial de fe y alegría. La Oración Dominical, por su parte, hace ahondar en el conocimiento del nuevo espíritu de hijos, que nos permite llamar a Dios Padre, sobre todo en la liturgia.

En la cincuentena pascual, se celebra el tiempo de la mistagogia, es decir, de la pedagogía ascendente del misterio: la Iglesia, con acuciosa pedagogía, nos ayuda a profundizar en el misterio pascual, y a dar testimonio de él en la vida cotidiana, mediante la lectura orante del Evangelio, la participación frecuente en la eucaristía y la práctica asidua de la caridad.

Después de Pentecostés, la mistagogia continúa, guiada por el Espíritu, Señor y Dador de vida, protagonista de la misión, defensor y maestro, que nos recuerda lo aprendido y nos conduce a la verdad completa sobre el misterio pascual de Cristo.

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