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Controversia
¿Qué hacer ante la homosexualidad?

No es extraño que un adolescente sienta unas leves tendencias
homosexuales durante el desarrollo de la pubertad, habitualmente de modo
pasajero y que pronto disminuyen. Pero si a esa chica o ese chico se le
ha hecho creer que la homosexualidad es de origen genético, y que es
algo permanente e inexorable, esa idea puede provocar que ese
adolescente convierta una sencilla y circunstancial cuestión en una
profunda crisis de identidad sexual.
Pienso que cualquiera que haya conocido un poco de cerca el drama que
muchas veces rodea la vida de una persona homosexual, siente a partir de
entonces una comprensión y un aprecio muy especial por esas personas.
Cuando se comprende un poco mejor la realidad de su sufrimiento, dejan
de hacer gracia las bromas que algunos gastan sobre este asunto, y más
bien producen un profundo desagrado.
Muchos
de ellos desean un cambio, y la idea de que no puede haberlo suele
responder más a una reivindicación de grupo que a una realidad orgánica
o fisiológica. Hay abundante experiencia de que quienes lo han logrado.
Así lo asegura, por ejemplo, el psicólogo holandés Gerard van der
Aardweg, sobre la base de una experiencia clínica de veinte años de
estudios sobre personas que estaban en esa situación y deseaban salir de
ella.
Aardweg insiste en que el homosexual tiene también instintos
heterosexuales, pero que suelen ser bloqueados por su convencimiento
homosexual. Por eso, la mayor parte de los pacientes que lo desean
verdaderamente y se esfuerzan con constancia, cambian en uno o dos años,
y poco a poco disminuyen o desaparecen sus preocupaciones, aumentan su
alegría de vivir y su sensación general de bienestar. Algunos acaban por
ser totalmente heterosexuales; otros tienen episódicas atracciones
homosexuales, que son cada vez menos frecuentes conforme toma fuerza en
ellos una afectividad heterosexual.
En 1973 la homosexualidad fue extraída del “Diagnostic and Statistical
Manual of Mental Disorders” (DSM), pero hay que decir que aquello
constituyó uno de los episodios más oscuros de los anales de la medicina
moderna. Fue relatado ampliamente por uno de sus protagonistas, Ronald
Bayer, conocido simpatizante de la causa gay, y es un buen ejemplo de
cómo la militancia política puede llegar a interferir y alterar el
discurso científico. Durante los años previos a esa decisión se
sucedieron repetidos intentos de influir en los congresos de psiquiatría
mediante insultos, amenazas, boicots y otros modos de presión por parte
de de activistas gays. El obstruccionismo a las exposiciones de los
psiquiatras fue en aumento hasta llegar a tomar la forma de una
auténtica declaración de guerra. La victoria final fue para el lobby
gay, aunque hay que decir que, a pesar de las presiones, la aprobación
de la exclusión de la homosexualidad del DSM no obtuvo más que el 58 %
de los votos. Era una mayoría cualificada para una decisión política,
pero desde luego bastante débil para dar por zanjado un análisis
científico de un problema médico. Se piense lo que se piense al respecto
–y la falta de unanimidad médica debería ser una buena razón para optar
por la prudencia en cuanto a las opiniones tajantes–, la verdad es que
la controvertida decisión final estuvo más basada en la acción política
que en una consideración científica.
En las últimas décadas, sin embargo, se ha impuesto una especie de
férrea censura social que tacha de intolerante todo lo que contradiga la
pretensión de normalidad defendida por determinados grupos homosexuales
muy activos. Estos grupos de influencia presentan el estilo de vida
homosexual de modo casi idílico. Me llama la atención que quienes
defienden, por ejemplo, la castidad o la fidelidad conyugal tengan que
sufrir, en nombre de la tolerancia, todo tipo de ataques o de burlas, y
sin embargo no se pueda opinar en otro sentido dentro de este tema.
Parece que no puede hablarse sobre aquellos a quienes el “progresismo
oficial” otorga la condición de agraviados. Es una curiosa “tolerancia
unidireccional”, por la que unos pueden atacar pero nunca ser atacados.
Al final es un simple un problema de libertad de expresión, pues
dictaminar qué se puede o no defender públicamente es siempre un
atentado contra la libertad de expresión, y la reducción del adversario
al silencio es siempre síntoma de debilidad intelectual.
Fuente: Interrogantes.net
Autor: Alfonso Aguiló
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Castidad
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Inclinación
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La Iglesia Católica
les pide que vivan la castidad, exactamente igual que se lo
pide a todas las personas heterosexuales que no están
casadas. |
Afirmar que las
personas con inclinaciones homosexuales no pueden sino
actuar según esas inclinaciones, supondría negar a esas
personas lo más específicamente humano, que es la libertad
personal. |
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