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Los retos del sacerdote del III milenio
Identidad del sacerdote, claves
de lectura de la sociedad y
de la cultura contemporánea y desafíos que ésta presenta

Foto archivo
P. Luis Garza LC | Fuente: Clerus.org
Introducción
El año sacerdotal que el Santo Padre Benedicto XVI ha convocado para los
sacerdotes, en conmemoración del 50º aniversario de la muerte del Santo
Cura de Ars, nos ofrece la ocasión propicia para preguntarnos qué cosa
es el sacerdote, cómo se coloca de frente a los grandes retos que la
humanidad afronta y qué papel juega en el drama del hombre moderno.
Buscar responder de manera exhaustiva a estas interrogaciones sería
pretencioso. Por lo tanto, en este breve escrito deseo simplemente dar
algunas orientaciones generales e indicar las posibles claves de lectura
que ayudarán a los sacerdotes, “la parte más amada del corazón de
Cristo”, a encontrar el camino de la propia perfección espiritual y a
vivir un ministerio rico de frutos.
La identidad del sacerdote
Cualquier propuesta para analizar los retos que afronta el sacerdote del
tercer milenio, debe partir de una reflexión sobre la propia identidad,
de otra manera se corre el riesgo de privar de fundamento la vida misma
del sacerdote.
Don y misterio
Antes que nada el sacerdote debe ser considerado, en su significado más
profundo, como un don y misterio. Un don que supera infinitamente al
hombre. Dios fija su mirada en un hombre para configurarlo
ontológicamente a su hijo Jesucristo para toda la eternidad en un modo
totalmente gratuito e inmerecido. El sacerdocio es un don de Dios para
el hombre escogido y este hombre elegido, el sacerdote, es un don del
amor de Dios para los otros. Así, el sacerdote se vuelve un misterio de
elección, un misterio de amor y de confianza de parte de Dios, porque
llevamos el tesoro de la gracia en vasos de barro. Es Dios quien toma al
hombre llamado para invitarlo a ser sacerdote. “Ninguno puede atribuirse
a sí mismo este honor, sino quien es llamado por Dios, como Aarón” (Hb
5, 4). No basta que uno quiera y decida ser sacerdote. Tal decisión es
necesaria, pero como respuesta a una precedente llamada de Dios, que
resuena en el fondo de la conciencia. Tampoco la comunidad cristiana
puede elegir por sí misma los ministros que necesita. Es Cristo mismo
quien los llama.
No obstante, lo que constituye el misterio más profundo del sacerdote es
la configuración ontológica con Cristo en cuanto salvador operada por el
Espíritu Santo a través del sacramento del orden. Estos hombres iguales
a los otros, cuando son ordenados sacerdotes, son configurados en su ser
con Cristo Cabeza y Pastor de Su Iglesia y, por lo tanto, llevan el
sello sacramental indeleble que los constituye Alter Christus. Por
bondad de la misericordia de Dios participan de la unción y de la misión
salvífica de Cristo, así que en Su nombre y con Su poder predican el
evangelio, celebran la Eucaristía y los otros sacramentos y guían como
pastores al pueblo de Dios siempre en comunión con sus obispos. Pueden
ser hombres pecadores y débiles, incapaces por sí mismos de vivir con
elegancia el misterio cristiano, sin embargo, la eficacia de la gracia
sacramental que viene de Dios por medio de sus manos y de sus palabras,
permanece intacta. Entrelazada con la relación con Cristo, está la
relación con la Iglesia, al punto que el sacerdocio, la palabra de Dios
y los sacramentos pertenecen a los elementos constitutivos de la Iglesia
y el ministerio del presbiterado es totalmente a favor de la Iglesia.
Presencia de Cristo Salvador
Cristo es Redentor y Salvador y su sacrificio sobre la cruz y su
resurrección han traído al mundo la reconciliación de las personas con
Dios y la recapitulación de todas las cosas en Cristo. (Cfr. Ef 1, 10).
El sacerdote es presencia de Cristo Pastor y Cabeza entre los hombres; y
sacramento viviente de Cristo en el mundo, como dice la Pastores dabo
bobis (2). El sacerdote es un hombre de Dios, elegido por Dios para la
gloria de Dios y para el ministerio. En cierto sentido, el sacerdote
llega a ser mediador de la gracia, porque “in persona Christi” predica
la fe, santifica a sus hermanos con los sacramentos y los guía por los
caminos del Evangelio. El sacerdote es un puente de dos sentidos, entre
Dios y el hombre. Por un lado lleva el amor de Dios a los hombres, los
acerca a Dios mismo, y por otra, es el camino a través del cual pasan
las almas en su viaje hacia la eternidad. Como Cristo es puente, también
ellos, en algún modo, siendo sus ministros, son instrumentos eficaces
para que las almas pasen y conozcan la vida eterna.
Aquel que ofrece y se ofrece en sacrificio
El sacerdote es un hombre consagrado para ofrecer dones y sacrificios
por los pecados (Hb 5, 1). Por esto, la actividad principal del
sacerdote debe ser ofrecer el sacrifico y ofrecerse en sacrificio. Es
evidente que esto va más allá del simple presidir un oficio o una
ceremonia. El sacerdote debe no sólo celebrar la Eucaristía, sino debe
“Ser Eucaristía”. Como nos recuerda la carta Ecclesia de Eucharistia, la
expresión “in persona Christi”, quiere decir algo más que “en nombre” o
“en las veces” de Cristo, es la identificación especifica, sacramental,
con el “Sumo y eterno Sacerdote”, que es el autor y el sujeto principal
del propio sacrificio (3). Por lo tanto, el sacerdote debe unir su vida
al Cordero de Dios que carga con los pecados del mundo y se sacrifica
por la salvación de las almas.
Signo de contradicción
La identificación con Cristo hace que el sacerdote sea además signo de
contradicción. Como Cristo, su misión implica morir en la cruz en
reparación por los propios pecados y por los pecados de las almas que se
le han encomendado. El sacerdote está en el mundo sin ser del mundo. Y
el mundo, con sus criterios, hará de él, necesariamente, un juicio
negativo. El sacerdote es un hombre que vive contracorriente, ya que
vive y desafía a los otros a vivir la paradoja de las bienaventuranzas,
y a imitar la vida de Cristo. Nos iluminan y consuelan mucho las
palabras de Cristo en la Última Cena: “Si el mundo os odia, sabed que me
odió a mí antes que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo
suyo, pero como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado
del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn 15, 18-19).
Claves para comprender el
futuro
Individualizar las claves que definen el futuro es una tarea que
sobrepasa la mente humana. Por ello me limito a dar algunos directrices
sobre aquello que el futuro puede contener.
Progreso científico fin de si mismo
El siglo XX ha estado marcado, mucho más que los siglos precedentes, de
una aceleración particular del progreso científico y tecnológico: Han
sido descubiertas curas para las enfermedades, han sido resueltos
problemas de nutrición, el mundo se ha vuelto pequeño gracias a los
progresos de la comunicación, etc. El hombre se siente muy seguro de sí
mismo, muy capaz de dominar la creación y se considera a sí mismo
prácticamente sin límites ni fronteras. Junto con este sentimiento de
seguridad y autosuficiencia, se ha verificado el peculiar fenómeno por
el cual el hombre ha querido ver en el progreso la razón suficiente de
sí mismo, dándole un valor ético y moral por el simple hecho de ser
progreso.
Aquí se esconde una herejía antigua con una vestidura moderna: la
gnosis. Con la gnosis el hombre cree poder garantizarse por sí mismo la
salvación. En la gnosis antigua, el hombre obtenía la salvación o
liberación por medio de prácticas de iniciación particulares o gracias
al control del propio espíritu o del propio cuerpo. Ahora la salvación
le viene dada por el progreso científico, que toma el puesto de Dios. El
hombre se piensa capaz, con la tecnología, de salvar al hombre, de
superar todos sus límites y de hacer esencialmente eterna la vida.
Parece que la tecnología puede servir para hacer la existencia humana
plenamente satisfactoria y resolver todo lo que pueda producir angustia
al hombre. Este error en la concepción del progreso puede tener
tremendas consecuencias para la existencia humana, porque si el progreso
se da valor a sí mismo y es más importante el progreso científico que la
misma persona humana, se pueden suprimir vidas humanas para obtenerlo.
Es, en conclusión, lo que sostenía Joseph Mengele, el considerado “ángel
de la muerte” de Auschwitz y, con él, toda la ideología nazista. Es
también lo que sostiene la ideología comunista: para la construcción del
paraíso futuro, se puede disponer de la persona humana. Hay también
manifestaciones modernas de este error: la defensa de la investigación
sobre las células estaminales embrionarias para curar enfermedades, que
suprime personas por el avance científico.
El asalto contra la vida
Otra clave de la lectura del futuro es el constante asalto contra la
vida, cuyas consecuencias todavía no podemos vislumbrar. Ya desde hace
algunas décadas, por efecto de una masiva campaña cultural prácticamente
en todo el mundo, a excepción de los países musulmanes, se ha
establecido en la conciencia de los hombres una forma de rechazo a la
vida que toma formas diversas. En algunos países se asiste a un brutal
descenso de índices de natalidad a niveles que no pueden proveer un
regreso a la estabilidad de la población. Además del aborto ya
legalizado desde hace algunos años, ha sido introducida la práctica de
la eutanasia en la legislación de las naciones. Es evidente que la
fuente del desprecio por la vida es el egoísmo, dado que se rechaza y se
hace comercio con la vida indefensa o con aquella que no aporta más a la
estadística del bienestar.
Los resultados se comienzan a ver: envejecimiento de la población e
incapacidad estructural de cubrir los costos de pensiones y retiros,
cifras de escalofrío de abortos a nivel mundial, mantenimiento de la
población de países desarrollados sólo gracias a la emigración, sobre
todo musulmana. El futuro no deja presentir nada de bueno si no se hace
un cambio radical en la mentalidad de las personas.
El desprecio por la vida ha traído consigo la promoción de la sexualidad
para liberarla de cualquier atadura o responsabilidad y sobre todo de su
consecuencia, que es la procreación. Evidentemente la vida moderna ha
estado profundamente erotizada y esto ha determinado en las personas la
incapacidad estructural de comprometerse para toda la vida y de
establecer relaciones estables y duraderas. Se ve el sexo sólo en su
aspecto lúdico, de aventura; de aquí el número alto de divorcios y de
procreaciones fuera del matrimonio. Las campañas para distribuir siempre
más preservativos y buscar evitar los embarazos no han dado resultado,
porque no resuelven la verdadera causa, que es la adecuada educación al
correcto y maduro uso de la sexualidad.
Sociedad multicultural, relativista e individualista
El mundo como lo solemos imaginar, compacto, unido y definido
culturalmente ya no existe. Los países de hoy son un mosaico de culturas
y modos de ver la vida y son también un mosaico de creencias y
religiones. También en los países más católicos no se puede decir que
los principios católicos constituyan la base de la cultura y del
comportamiento de la mayor parte de las personas. Hay un alto porcentaje
de personas que aceptan y aprueban el aborto, un porcentaje altísimo de
personas que no acuden ya o muy poco a la Iglesia y que, por lo tanto,
son católicos sólo de nombre (4). Por otra parte es una sociedad
relativista porque sostiene que el conocimiento humano no alcanza jamás
la verdad objetiva y universal, sino que consiste en meras
“aproximaciones” que dependen del momento histórico, de la cultura y del
modo personal de ver las cosas. Se ha llegado al punto de pensar que lo
único que une la sociedad moderna es la tolerancia a los puntos de vista
diversos de los otros.
Como ejemplo de este relativismo, basta citar las recientes
declaraciones de un famoso director de cine (5) sobre el concepto de
familia: “En mi mundo cinematográfico no juega absolutamente ningún
papel el hecho de que el Papa sólo reconozca la variante católica de la
familia. Una familia es un grupo de personas, centrado en un pequeño
ser, que se quieren y cumplen sus necesidades, sin importar si se trata
de padres separados, travestis, transexuales o monjas con sida. Mis
familias son más reales que las del Papa, porque no viven de acuerdo a
algún tipo de dogma, sino de acuerdo a sus compromisos con la vida”.
La sociedad es muy individualista y ha abandonado el concepto de una
naturaleza común en la cual todos los seres humanos se encuentran. Lo
único que nos identifica es que cada uno busca su propio beneficio. La
ética es utilitarista y se fija a partir de los propios intereses. Se
piensa que todo es lícito mientras no perjudique a los demás. Por haber
abandonado una ética basada en la naturaleza humana, el único principio
que rige es el positivismo y el acuerdo de las partes. Se concede a la
decisión de la mayoría la posibilidad de determinar lo que está bien o
está mal, olvidando que la democracia, sin principios, puede ser la peor
de las tiranías.
Olvido de Dios
Una de las características de la cultura moderna es el olvido siste-mático
de Dios y de su presencia en el mundo. Habitualmente no se postula un
ateísmo sino un deísmo: Dios existe, ha creado las cosas, pero así como
ha dotado de leyes la naturaleza y ha dado la libertad y la inteligencia
a los hombres, son ellos que llevan adelante la historia. Dios no
interviene de ningún modo en la vida de los hombres.
Cada vez son menos los que se preguntan si lo que el hombre está
construyendo va de acuerdo con la voluntad de Dios. La ciencia, como ya
hemos explicado arriba, sigue el propio ritmo y es fin en sí misma. El
arte se aleja cada vez más de un referente ético. En algunos casos llega
a ser una verdadera pornografía o blasfemia, y son pocos los que se
atreven a expresar el propio rechazo por miedo a ser tachados de
intolerantes. La política misma se reduce a buscar la popularidad sin
preguntarse si está sirviendo verdaderamente al bien común y estamos
llegando al punto de considerar como una obligación para un político
excluir las propias convicciones religiosas y éticas de las decisiones
políticas.
Según estas personas, la “hipótesis” de Dios, ya no es necesaria porque
el hombre ha logrado dominar la naturaleza. Dios no puede existir porque
anularía al hombre. Esta ausencia de Dios, del Dios personal de la
revelación, ha sido sustituido en el hombre contemporáneo por la
superstición o por las ofertas pseudo religiosas de las sectas, hoy en
boga.
Desprecio de la autoridad
Una de las características de la era moderna es también el desprecio de
la autoridad, sobre todo a partir de la crisis del 68. Durante aquellos
años de contestación y revuelta, cualquier autoridad era vista como
imposición o coacción de la propia libertad, único valor absoluto. La
autoridad civil y política, la autoridad religiosa, la autoridad
familiar, etc. fueron puestas en duda y evidentemente perdieron
fiabilidad.
El desprecio de toda autoridad y la pérdida de la fe han hecho que
también el Magisterio venga puesto en duda y considerado simplemente
como una opinión más, entre muchas otras. Este modo de considerar el
magisterio no pertenece sólo a muchos laicos, más expuestos a la
secularización, sino también a un buen número de religiosos y
sacerdotes.
El desprecio de la autoridad ha llevado a la prensa y a los medios de
comunicación a hacer lo que hace algunos años era impensable:
ridiculizar la Iglesia como institución, al Papa mismo, a los obispos y
al clero en general. Es una situación con la cual debemos convivir. En
el lenguaje del concilio Vaticano II, es, quizá, un signo de los
tiempos.
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