A TIRO DE PIEDRA

 

La destrucción del Casco Antiguo

 

Lo acontecido con el Hotel Central, en el Casco Antiguo, es muestra de la intervención agresiva que sufren algunas edificaciones del sitio. El afán de lucro puede más que la historia, y lleva a la destrucción del patrimonio histórico de Panamá.

En el instante que escribo esta líneas, una parte del edificio de la Catedral Metropolitana Santa María La Antigua, se ha desplomado. En el templo no se realiza, actualmente, ningún trabajo de restauración, por lo que supongo que es consecuencia de lo que hacen los vecinos de enfrente, que casi han reducido a escombros el Hotel Central. Una pared lateral, y hace unos días casi toda la fachada, se les ha venido abajo.

Si los mercantilistas inescrupulosos, disfrazados de empresarios, actúan en un alarde de impunidad, las autoridades del ramo no se quedan atrás. Su falta de decisión permite que los primeros continúen con el desastre. Si las sanciones actuales son leves, y no mueven a aquellos a desistir de sus acciones, la ley debe reformarse de manera urgente. El daño que han ocasionado, al menos en tres inmuebles aledaños a la Plaza de la Independencia, amerita, al menos, una demanda multimillonaria por parte del estado, porque el daño al patrimonio histórico nacional y de la humanidad, no es cosa de poca monta.

Resulta inconcebible que las multas sean irrisorias frente al perjuicio provocado. Deben ser mayores, o al menos diez veces más que el valor comercial de la propiedad. A esa penalización pecuniaria debe agregarse la eliminación de la licencia de construcción, la prohibición para las personas jurídicas y naturales involucradas de la adquisición, remodelación, restauración, o cualquier acto que implique el hacerse de un inmueble o propiedad, de manera directa o indirecta, dentro de la zona.

Hay que ponerle freno a los vampiros que buscan chupar la sangre de nuestro patrimonio intangible, por el prurito afán de lucro desmedido. Es innecesaria la intervención tan agresiva de las edificaciones; y aunque la ley obliga a la conservación de la fachada, debe entenderse que eso es lo mínimo, porque la parte interna también tiene su valor. Dependerá de la conciencia y la capacidad de entender el significado del patrimonio histórico, que tenga cada uno, el saber discernir entre lo éticamente correcto y la maleantería mercantilista, entre el equilibrio entre negocio justo y lucro indolente.

Todavía estamos a tiempo de exigirle a los inversionistas que se interesan en el resto del Casco Antiguo, un compromiso mayor con respecto al desarrollo del lugar. Deben tener, además de la solvencia financiera que ya se les pide, o al menos los bancos, la solvencia ética y cívica que prevea los abusos ya cometidos. Si a algunos de ellos les ha importado poco el respeto hacia el patrimonio histórico, lo más probable es que tenga igual o peor historial de negocios en otras actividades empresariales. No sería, pues, difícil detectarlos.

Ojalá y las autoridades se apresuren a actuar, antes de quedarnos con un Casco Antiguo carente de su esencia, y sólo visible en las fotografías del ayer que se conservan en las bibliotecas y las colecciones privadas.

Luis Alberto Díaz - lad@panoramacatolico.com

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