Un gobierno parcialmente nublado


 

Emilio Sinclair

Si tuviese que utilizar un término para describir al gobierno que nos rige, diría que está "parcialmente nublado".
Mientras el Ejecutivo irradia emoción y desesperante ganas de un cambio, la mayoría del equipo gubernamental parece destemplado, falta de iniciativas y obras que dignifiquen a la nación, porque hasta el momento no llenan su cometido.
Algunos miembros del gabinete han resultado un fiasco y, por su actitud, no mejorarán ni encomendándose a San Toribio de Mongrovejo, virtuoso y sabio patrono de Nombre de Dios, Costa Arriba de Colón.
Una cosa es empuñar un bastón de mando y tratar de enderezar un país torcido, y otra es acariciar un micrófono balbuceando ideas que suenan hermosas, pero que en la realidad son fábulas que escucha un pueblo ultrajado por las mentiras.
Administrar un gobierno no es fácil. El Estado es un tinglado donde la figura central -- en este caso el presidente -- recibe una andanada de golpes sociales, sin que sus esquinas, llámese ministros, directores de entidades autónomas o relacionistas públicos, hagan un intento por salvarlo de la agresión política que lo empuja hacia el desamparo y críticas de la sociedad.
Aquellos que al principio parecían "super aliados" del Órgano Ejecutivo han resultado fanfarrones que, según las encuestas, no están cumpliendo la misión a ellos encomendada.
Recomendable es el silencio para aquellos que tratan de justificar su incapacidad. Ojalá utilicen sus energías para crear ideas, fomentar la confraternidad y trabajar por un Panamá mejor, cuyo pueblo, a través de los años, ha sido manipulado en tiempos de elecciones y utilizado por quienes conquistan el poder.
Nos consta que aquellos que desde el Palacio de las Garzas dirigen o han liderizado el gobierno , intentan hacer cosas extraordinarias para que sus nombres sean cincelados en el mármol de la historia, pero con colaboradores pobres de espíritu, muchos no lograrán sus anhelos y las páginas de los hechos trascendentales pasan en blanco.
El éxito se alcanza trabajando, que, en el ambiente del ejercicio del poder público, es el único "santo" que nos conducirá hacia la redención política.

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