Ventana Pontificia

S .S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
Si quieres promover la paz, protege la
creación
Mensaje de Su Santidad Benedicto XVI para la
celebración de la XLIII Jornada Mundial de la Paz
1 de enero de 2010
Con ocasión del comienzo del Año Nuevo, quisiera dirigir mis más
fervientes deseos de paz a todas las comunidades cristianas, a los
responsables de las Naciones, a los hombres y mujeres de buena voluntad
de todo el mundo. El tema que he elegido para esta XLIII Jornada Mundial
de la Paz es: Si quieres promover la paz, protege la creación. El
respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que «la
creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios», y
su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de
la humanidad. En efecto, aunque es cierto que, a causa de la crueldad
del hombre con el hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico
desarrollo humano integral —guerras, conflictos internacionales y
regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos
humanos—, no son menos preocupantes los peligros causados por el
descuido, e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los
bienes naturales que Dios nos ha dado. Por este motivo, es indispensable
que la humanidad renueve y refuerce «esa alianza entre ser humano y
medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual
procedemos y hacia el cual caminamos».
En la Encíclica Caritas in veritate he subrayado que el
desarrollo humano integral está estrechamente relacionado con los
deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno natural,
considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta una
responsabilidad común respecto a toda la humanidad, especialmente a los
pobres y a las generaciones futuras. He señalado, además, que cuando se
considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente
como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de
que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad. En
cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda
a comprender la vocación y el valor del hombre. En efecto, podemos
proclamar llenos de asombro con el Salmista: «Cuando contemplo el cielo,
obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el
hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?»
(Sal 8,4-5). Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para
reconocer el amor del Creador, ese amor que «mueve el sol y las demás
estrellas».
Hace veinte años, al dedicar el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz
al tema Paz con Dios creador, paz con toda la creación, el Papa Juan
Pablo II llamó la atención sobre la relación que nosotros, como
criaturas de Dios, tenemos con el universo que nos circunda. «En
nuestros días aumenta cada vez más la convicción —escribía— de que la
paz mundial está amenazada, también [...] por la falta del debido
respeto a la naturaleza», añadiendo que la conciencia ecológica «no debe
ser obstaculizada, sino más bien favorecida, de manera que se desarrolle
y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas
concretas». También otros Predecesores míos habían hecho referencia
anteriormente a la relación entre el hombre y el medio ambiente. Pablo
VI, por ejemplo, con ocasión del octogésimo aniversario de la Encíclica
Rerum Novarum de León XIII, en 1971, señaló que «debido a una
explotación inconsiderada de la naturaleza, [el hombre] corre el riesgo
de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación». Y añadió
también que, en este caso, «no sólo el ambiente físico constituye una
amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades,
poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el
hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente
que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que
incumbe a la familia humana toda entera».
Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas específicas, la
Iglesia, «experta en humanidad», se preocupa de llamar la atención con
energía sobre la relación entre el Creador, el ser humano y la creación.
En 1990, Juan Pablo II habló de «crisis ecológica» y, destacando que
ésta tiene un carácter predominantemente ético, hizo notar «la urgente
necesidad moral de una nueva solidaridad». Este llamamiento se hace hoy
todavía más apremiante ante las crecientes manifestaciones de una
crisis, que sería irresponsable no tomar en seria consideración. ¿Cómo
permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos
como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida
de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los
ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el
aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas
ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los
llamados «prófugos ambientales», personas que deben abandonar el
ambiente en que viven —y con frecuencia también sus bienes— a causa de
su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un
desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos
actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los
recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una
repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por
ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al
desarrollo.
No obstante, se ha de tener en cuenta que no se puede valorar la crisis
ecológica separándola de las cuestiones ligadas a ella, ya que está
estrechamente vinculada al concepto mismo de desarrollo y a la visión
del hombre y su relación con sus semejantes y la creación. Por tanto,
resulta sensato hacer una revisión profunda y con visión de futuro del
modelo de desarrollo, reflexionando además sobre el sentido de la
economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones.
Lo exige el estado de salud ecológica del planeta; lo requiere también,
y sobre todo, la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son
patentes desde hace tiempo en todas las partes del mundo.
La humanidad necesita una profunda renovación cultural; necesita
redescubrir esos valores que constituyen el fundamento sólido sobre el
cual construir un futuro mejor para todos. Las situaciones de crisis por
las que está actualmente atravesando —ya sean de carácter económico,
alimentario, ambiental o social— son también, en el fondo, crisis
morales relacionadas entre sí. Éstas obligan a replantear el camino
común de los hombres. Obligan, en particular, a un modo de vivir
caracterizado por la sobriedad y la solidaridad, con nuevas reglas y
formas de compromiso, apoyándose con confianza y valentía en las
experiencias positivas que ya se han realizado y rechazando con decisión
las negativas. Sólo de este modo la crisis actual se convierte en
ocasión de discernimiento y de nuevas proyecciones.
¿Acaso no es cierto que en el origen de lo que, en sentido cósmico,
llamamos «naturaleza», hay «un designio de amor y de verdad»? El mundo
«no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del
azar [...]. Procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer
participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su
bondad»[9]. El Libro del Génesis nos remite en sus primeras páginas al
proyecto sapiente del cosmos, fruto del pensamiento de Dios, en cuya
cima se sitúan el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza del
Creador para «llenar la tierra» y «dominarla» como «administradores» de
Dios mismo (cf. Gn 1,28). La armonía entre el Creador, la humanidad y la
creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el pecado de
Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar
de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que
se ha distorsionado también el encargo de «dominar» la tierra, de
«cultivarla y guardarla», y así surgió un conflicto entre ellos y el
resto de la creación (cf. Gn 3,17-19). El ser humano se ha dejado
dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en
su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo
ejercer sobre ella un dominio absoluto. Pero el verdadero sentido del
mandato original de Dios, perfectamente claro en el Libro del Génesis,
no consistía en una simple concesión de autoridad, sino más bien en una
llamada a la responsabilidad. Por lo demás, la sabiduría de los antiguos
reconocía que la naturaleza no está a nuestra disposición como si fuera
un «montón de desechos esparcidos al azar»[10], mientras que la
Revelación bíblica nos ha hecho comprender que la naturaleza es un don
del Creador, el cual ha inscrito en ella su orden intrínseco para que el
hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias para
«cultivarla y guardarla» (cf. Gn 2,15)[11]. Todo lo que existe pertenece
a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan
arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de
desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina
provocando la rebelión de la naturaleza, «más bien tiranizada que
gobernada por él». Así, pues, el hombre tiene el deber de ejercer un
gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola.
Se ha de constatar por desgracia que numerosas personas, en muchos
países y regiones del planeta, sufren crecientes dificultades a causa de
la negligencia o el rechazo por parte de tantos a ejercer un gobierno
responsable respecto al medio ambiente. El Concilio Ecuménico
Vaticano II ha recordado que «Dios ha destinado la tierra y todo
cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos». Por
tanto, la herencia de la creación pertenece a la humanidad entera. En
cambio, el ritmo actual de explotación pone en serio peligro la
disponibilidad de algunos recursos naturales, no sólo para la presente
generación, sino sobre todo para las futuras[15]. Así, pues, se puede
comprobar fácilmente que el deterioro ambiental es frecuentemente el
resultado de la falta de proyectos políticos de altas miras o de la
búsqueda de intereses económicos miopes, que se transforman
lamentablemente en una seria amenaza para la creación. Para
contrarrestar este fenómeno, teniendo en cuenta que «toda decisión
económica tiene consecuencias de carácter moral», es también necesario
que la actividad económica respete más el medio ambiente. Cuando se
utilizan los recursos naturales, hay que preocuparse de su salvaguardia,
previendo también sus costes —en términos ambientales y sociales—, que
han de ser considerados como un capítulo esencial del costo de la misma
actividad económica. Compete a la comunidad internacional y a los
gobiernos nacionales dar las indicaciones oportunas para contrarrestar
de manera eficaz una utilización del medio ambiente que lo perjudique.
Para proteger el ambiente, para tutelar los recursos y el clima, es
preciso, por un lado, actuar respetando unas normas bien definidas
incluso desde el punto de vista jurídico y económico y, por otro, tener
en cuenta la solidaridad debida a quienes habitan las regiones más
pobres de la tierra y a las futuras generaciones.
En efecto, parece urgente lograr una leal solidaridad
intergeneracional. Los costes que se derivan de la utilización de
los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a cargo de las
generaciones futuras: «Herederos de generaciones pasadas y
beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos
obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán
a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad
universal, que es un hecho y beneficio para todos, es también un deber.
Se trata de una responsabilidad que las generaciones presentes tienen
respecto a las futuras, una responsabilidad que incumbe también a cada
Estado y a la Comunidad internacional». El uso de los recursos naturales
debería hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan
consecuencias negativas para los seres vivientes, humanos o no, del
presente y del futuro; que la tutela de la propiedad privada no
entorpezca el destino universal de los bienes; que la intervención del
hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para ahora y para el
mañana. Además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de
reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad
intrageneracional, especialmente en las relaciones entre países en vías
de desarrollo y aquellos altamente industrializados: «la comunidad
internacional tiene el deber imprescindible de encontrar los modos
institucionales para ordenar el aprovechamiento de los recursos no
renovables, con la participación también de los países pobres, y
planificar así conjuntamente el futuro». La crisis ecológica muestra la
urgencia de una solidaridad que se proyecte en el espacio y el tiempo.
En efecto, entre las causas de la crisis ecológica actual, es importante
reconocer la responsabilidad histórica de los países industrializados.
No obstante, tampoco los países menos industrializados, particularmente
aquellos emergentes, están eximidos de la propia responsabilidad
respecto a la creación, porque el deber de adoptar gradualmente medidas
y políticas ambientales eficaces incumbe a todos. Esto podría lograrse
más fácilmente si no hubiera tantos cálculos interesados en la
asistencia y la transferencia de conocimientos y tecnologías más
limpias.
Es indudable que uno de los principales problemas que ha de afrontar la
comunidad internacional es el de los recursos energéticos, buscando
estrategias compartidas y sostenibles para satisfacer las necesidades de
energía de esta generación y de las futuras. Para ello, es necesario que
las sociedades tecnológicamente avanzadas estén dispuestas a favorecer
comportamientos caracterizados por la sobriedad, disminuyendo el propio
consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso. Al mismo
tiempo, se ha de promover la búsqueda y las aplicaciones de energías con
menor impacto ambiental, así como la «redistribución planetaria de los
recursos energéticos, de manera que también los países que no los tienen
puedan acceder a ellos». La crisis ecológica, pues, brinda una
oportunidad histórica para elaborar una respuesta colectiva orientada a
cambiar el modelo de desarrollo global siguiendo una dirección más
respetuosa con la creación y de un desarrollo humano integral, inspirado
en los valores propios de la caridad en la verdad. Por tanto, desearía
que se adoptara un modelo de desarrollo basado en el papel central del
ser humano, en la promoción y participación en el bien común, en la
responsabilidad, en la toma de conciencia de la necesidad de cambiar el
estilo de vida y en la prudencia, virtud que indica lo que se ha de
hacer hoy, en previsión de lo que puede ocurrir mañana.
Para llevar a la humanidad hacia una gestión del medio ambiente y
los recursos del planeta que sea sostenible en su conjunto, el hombre
está llamado a emplear su inteligencia en el campo de la investigación
científica y tecnológica y en la aplicación de los descubrimientos que
se derivan de ella. La «nueva solidaridad» propuesta por Juan Pablo II
en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, y la «solidaridad
global», que he mencionado en el Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2009, son actitudes esenciales para orientar el compromiso de
tutelar la creación, mediante un sistema de gestión de los recursos de
la tierra mejor coordinado en el ámbito internacional, sobre todo en un
momento en el que va apareciendo cada vez de manera más clara la
estrecha interrelación que hay entre la lucha contra el deterioro
ambiental y la promoción del desarrollo humano integral. Se trata de una
dinámica imprescindible, en cuanto «el desarrollo integral del hombre no
puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad». Hoy son muchas
las oportunidades científicas y las potenciales vías innovadoras,
gracias a las cuales se pueden obtener soluciones satisfactorias y
armoniosas para la relación entre el hombre y el medio ambiente. Por
ejemplo, es preciso favorecer la investigación orientada a determinar el
modo más eficaz para aprovechar la gran potencialidad de la energía
solar. También merece atención la cuestión, que se ha hecho planetaria,
del agua y el sistema hidrogeológico global, cuyo ciclo tiene una
importancia de primer orden para la vida en la tierra, y cuya
estabilidad puede verse amenazada gravemente por los cambios climáticos.
Se han de explorar, además, estrategias apropiadas de desarrollo rural
centradas en los pequeños agricultores y sus familias, así como es
preciso preparar políticas idóneas para la gestión de los bosques, para
el tratamiento de los desperdicios y para la valorización de las
sinergias que se dan entre los intentos de contrarrestar los cambios
climáticos y la lucha contra la pobreza. Hacen falta políticas
nacionales ambiciosas, completadas por un necesario compromiso
internacional que aporte beneficios importantes, sobre todo a medio y
largo plazo. En definitiva, es necesario superar la lógica del mero
consumo para promover formas de producción agrícola e industrial que
respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias
de todos. La cuestión ecológica no se ha de afrontar sólo por las
perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a causa del
deterioro ambiental; el motivo ha de ser sobre todo la búsqueda de una
auténtica solidaridad de alcance mundial, inspirada en los valores de la
caridad, la justicia y el bien común. Por otro lado, como ya he tenido
ocasión de recordar, «la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién
es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la
tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos
condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el
mandato de cultivar y guardar la tierra (cf. Gn 2,15), que Dios ha
confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano
y medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios».
Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental
cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de
vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes, con
frecuencia insostenibles desde el punto de vista social, ambiental e
incluso económico. Ha llegado el momento en que resulta indispensable un
cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos
estilos de vida, «a tenor de los cuales, la búsqueda de la verdad, de la
belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un
desarrollo común, sean los elementos que determinen las opciones del
consumo, de los ahorros y de las inversiones». Se ha de educar cada vez
más para construir la paz a partir de opciones de gran calado en el
ámbito personal, familiar, comunitario y político. Todos somos
responsables de la protección y el cuidado de la creación. Esta
responsabilidad no tiene fronteras. Según el principio de subsidiaridad,
es importante que todos se comprometan en el ámbito que les corresponda,
trabajando para superar el predominio de los intereses particulares. Un
papel de sensibilización y formación corresponde particularmente a los
diversos sujetos de la sociedad civil y las Organizaciones no
gubernativas, que se mueven con generosidad y determinación en favor de
una responsabilidad ecológica, que debería estar cada vez más enraizada
en el respeto de la «ecología humana». Además, se ha de requerir la
responsabilidad de los medios de comunicación social en este campo, con
el fin de proponer modelos positivos en los que inspirarse. Por tanto,
ocuparse del medio ambiente exige una visión amplia y global del mundo;
un esfuerzo común y responsable para pasar de una lógica centrada en el
interés nacionalista egoísta a una perspectiva que abarque siempre las
necesidades de todos los pueblos. No se puede permanecer indiferentes
ante lo que ocurre en nuestro entorno, porque la degradación de
cualquier parte del planeta afectaría a todos. Las relaciones entre las
personas, los grupos sociales y los Estados, al igual que los lazos
entre el hombre y el medio ambiente, están llamadas a asumir el estilo
del respeto y de la «caridad en la verdad». En este contexto tan amplio,
es deseable más que nunca que los esfuerzos de la comunidad
internacional por lograr un desarme progresivo y un mundo sin armas
nucleares, que sólo con su mera existencia amenazan la vida del planeta,
así como por un proceso de desarrollo integral de la humanidad de hoy y
del mañana, sean de verdad eficaces y correspondidos adecuadamente.

La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la
creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito
público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios
Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al
peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la
naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la
convivencia humana, por lo que «cuando se respeta la “ecología humana”
en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia». No se puede
pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda
en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la
naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la
ética personal, familiar y social. Los deberes respecto al ambiente se
derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en
su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación
de una responsabilidad ecológica que, como he dicho en la Encíclica
Caritas in veritate, salvaguarde una auténtica «ecología humana» y, por
tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida
humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se
encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la
familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la
naturaleza. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad.
Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley
moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la
creación.
Tampoco se ha de olvidar el hecho, sumamente elocuente, de que muchos
encuentran tranquilidad y paz, se sienten renovados y fortalecidos, al
estar en contacto con la belleza y la armonía de la naturaleza. Así,
pues, hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos
que Dios, a través de ella, cuida de nosotros. Por otro lado, una
correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no
lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que
la persona misma. El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante
una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el
biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y
axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este
modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del
hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la «dignidad» de todos
los seres vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos
neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de
la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia
invita en cambio a plantear la cuestión de manera equilibrada,
respetando la «gramática» que el Creador ha inscrito en su obra,
confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de
la creación, papel del que ciertamente no debe abusar, pero del cual
tampoco puede abdicar. En efecto, también la posición contraria de
absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente,
no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad
humana.
Si quieres promover la paz, protege la creación. La búsqueda de
la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá
facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación
inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación.
Los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina
Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos
y sus maravillas a la luz de la obra creadora del Padre y de la
redención de Cristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado
con Dios «todos los seres: los del cielo y los de la tierra» (Col 1,20).
Cristo, crucificado y resucitado, ha entregado a la humanidad su
Espíritu santificador, que guía el camino de la historia, en espera del
día en que, con la vuelta gloriosa del Señor, serán inaugurados «un
cielo nuevo y una tierra nueva» (2 P 3,13), en los que habitarán por
siempre la justicia y la paz. Por tanto, proteger el entorno natural
para construir un mundo de paz es un deber de cada persona. He aquí un
desafío urgente que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado
empeño; he aquí una oportunidad providencial para legar a las nuevas
generaciones la perspectiva de un futuro mejor para todos. Que los
responsables de las naciones sean conscientes de ello, así como los que,
en todos los ámbitos, se interesan por el destino de la humanidad: la
salvaguardia de la creación y la consecución de la paz son realidades
íntimamente relacionadas entre sí. Por eso, invito a todos los creyentes
a elevar una ferviente oración a Dios, Creador todopoderoso y Padre de
misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de cada mujer
resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento: Si quieres
promover la paz, protege la creación.
Vaticano, 8 de diciembre de 2009
BENEDICTUS PP. XVI
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