La Voz del Pastor

Mons. Pedro Hernández Cantarero, cmf
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién
Sagrada Familia
Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia,
podemos adentrarnos en una reflexión necesaria para nuestros pueblos en
Panamá donde la realidad familiar ha ido perdiendo su dimensión más
profunda y trascendental, debido a la influencia de lo temporal, de lo
desechable y descartable, donde nadie se siente obligado para vivir un
compromiso cristiano más firme y auténtico, trabajando por la fidelidad
y perseverancia en la permanencia de lo cristiano en las realidades
mayores que nos pide nuestra Iglesia. Nosotros, los bautizados debemos
tomar conciencia de nuestro deber cristiano y luchar por transformar la
imagen de nuestras familias, tratando de descubrir aquellos valores
transmitidos por nuestros antepasados que debemos rescatar para seguir
adelante y hacer de nuestra realidad una expresión que responde al amor
generoso de un Dios cercano y misericordioso.
El Papa Benedicto XVI en su carta Encíclica “Caritas in Veritate”,
hablando de la familia humana, profundiza sobre el problema del
individualismo permanente de nuestro mundo y las corrientes humanas y de
carácter religioso que llevan a la persona a vivir dimensiones
solitarias, donde se busca un encuentro con lo oculto y lo sincrético
sin pensar en la integración comunitaria, a pesar de lo mucho que se
habla de globalización y de la cercanía en que se presenta la
comunicación, el ser humano sigue viviendo un mundo solitario, sin
relación con la trascendencia y buscando nuevos métodos que lo
introduzcan en lo desconocido y la novedad del momento, esto nos lleva a
destruir la dignidad de la persona, pasando por encima de ella y
destruyendo sus valores que deben estar por encima de la novedad en los
nuevos descubrimientos científicos.
La comunidad humana nos pone en alerta para tratar de asumir aquellas
expresiones que se han dejado de lado para iniciar nuevos procesos de
integración, se habla mucho de la recuperación de la comunión de la
persona, ya que una de las pobrezas más grandes en que puede estar
imbuido el ser humano es la soledad; aunque debemos tener claro que todo
tipo de pobreza surge del aislamiento y la exclusión de las personas;
cuando erradicamos de nosotros la experiencia del amor, entonces vivimos
una tragedia muy grande que puede llevar al suicidio, tanto del ser
humano, como de la misma familia. Nosotros nos alienamos cuando vivimos
solos o nos aislamos de la sociedad. De ahí que muchas de las
dificultades para sacar adelante la familia es la autoexclusión de la
persona y su poca capacidad de pensar y de tener grandes fundamentos
para la vida.
Si nos ponemos a analizar la manera como surgió el núcleo familiar,
podemos llegar a la conclusión que siempre se ha partido de la comunión,
el diálogo, la solidaridad y la subsidiariedad, como elementos
importantes que nunca se deben dejar de lado. Cuando faltan estos
elementos nos comenzamos a autoexcluir y a ensimismarnos entre nosotros
mismos, dejando de lado muchos valores que, debido a su exclusión de
nuestros ambientes, nos llevan a la destrucción de la persona y a la
pérdida de la importancia de la familia dentro de la sociedad. Esto no
es bueno en ningún estado de vida, aún los monjes del desierto tuvieron
momentos de encuentro, de diálogo y de escucha comprensiva para llegar a
descubrirse como personas dentro de la soledad del retiro voluntario
para buscar el proyecto de Dios en sus vidas.
En esta época de nuevos descubrimientos científicos, de luchas por
incluir dentro de la sociedad a aquellas personas que no entran dentro
del ámbito de la normalidad del género humano, de buscar los nuevos
rostros dolientes de la época y de tantas reivindicaciones, la familia
ocupa el primer lugar en esa búsqueda de salvar su dignidad y de buscar
sus fundamentos para que recupere su ser propio dentro de la sociedad y
todos, como cristianos, seamos abanderados en la búsqueda del bien común
de la comunidad familiar.
Para eso debemos tomar ejemplo en la familia de Nazaret y en la
comunidad Trinitaria, para poder darle un sentido trascendental a la
familia como expresión del amor de Dios manifestado en la persona que
busca la comunidad entre los seres humanos para ser imagen y expresión
del Dios vivo y verdadero que busca el bien y la planificación de la
persona en sociedad.
Que la Sagrada Familia nos siga inspirando para que nuestra comunidad
familiar panameña vuelva a recuperar el horizonte de su dignidad y
seamos capaces de descubrir cuánto bien nos hace el construir una
familia unida y comunitaria para crear un ambiente social necesario para
nuestros hijos y un futuro mejor para la sociedad entera.
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