Extracto del discurso del Papa Benedicto XVI a los colaboradores de la Curia Romana

 

La solemnidad de la santa Navidad, como acaba de señalar el cardenal decano Angelo Sodano, es, para los cristianos, una ocasión muy especial de encuentro y de comunión. Ese Niño que adoramos en Belén, nos invita a sentir el inmenso amor de Dios, ese Dios que bajó del cielo y que se nos ha hecho cercano a cada uno de nosotros para hacernos sus hijos, parte de su propia Familia. También esta tradicional cita de Navidad del sucesor de Pedro con sus más estrechos colaboradores es una reunión de familia, que fortalece los vínculos de afecto y de comunión, para formar cada vez más ese "Cenáculo permanente", consagrado a la difusión del reino de Dios, recordado hace un momento.
Otro año lleno de acontecimientos importantes para la Iglesia y para el mundo está llegando a su fin. Con una mirada retrospectiva llena de gratitud sólo quisiera en este momento llamar la atención sobre algunos puntos clave para la vida eclesial. Del Año Paulino hemos pasado al Año Sacerdotal. De la imponente figura del apóstol de los gentiles que, impresionado por la luz de Cristo resucitado y por su llamada, llevó el Evangelio a los pueblos del mundo, hemos pasado la figura humilde del cura de Ars, que durante toda su vida se mantuvo en el pequeño pueblo que se le había confiado y que, sin embargo, precisamente en la humildad de su servicio hizo ampliamente visible en el mundo la bondad reconciliadora de Dios. A partir de ambas figuras se manifiesta el amplio alcance del ministerio sacerdotal y se hace evidente cómo es grande precisamente lo que es pequeño y cómo, a través del servicio aparentemente pequeño de un hombre, Dios puede hacer cosas grandes, purificar y renovar el mundo desde dentro.
Para la Iglesia y para mí personalmente, el año que está terminando ha estado en gran parte bajo el signo de África. Primero fue el viaje a Camerún y Angola. Fue conmovedor para mí experimentar la gran cordialidad con la que el sucesor de Pedro, el Vicarius Christi, era acogido. La alegría festiva y afecto cordial, que me salían al encuentro en todas las calles, no se referían, simplemente, a un huésped causal cualquiera. En el encuentro con el Papa se hacía experimentable la Iglesia universal, la comunidad que abraza al mundo y es reunida por Dios mediante Cristo, comunidad que no se funda en intereses humanos, sino que se nos ofrece desde la atención amorosa de Dios por nosotros. Todos juntos somos la familia de Dios, hermanos y hermanas en virtud de un único Padre: ésta fue la experiencia vivida.
Por último, quisiera dirigir unas palabras de gratitud y de alegría por mi viaje a la República Checa. Antes de ese viaje siempre me alegraron que es un país con una mayoría de agnósticos y ateos, en el que los cristianos ya sólo constituyen una minoría. Por eso fue particularmente alegre la sorpresa al constatar que por doquier me rodeaba una gran cordialidad y amistad; que se celebraban grandes liturgias en una atmósfera gozosa de fe; que en el ámbito de las universidades y de la cultura mi palabra encontraba una viva atención; que las autoridades del Estado me han dispensado gran cortesía y han hecho todo lo posible para contribuir al éxito de la visita. Siento la tentación de decir algo sobre la belleza del país y sobre los magníficos testimonios de la cultura cristiana, que hacen que esa belleza sea perfecta. Pero considero importante sobre todo el hecho de que nosotros, los creyentes, también debemos llevar en nuestro corazón a las personas que se consideran agnósticas o ateas. Cuando hablamos de una nueva evangelización, quizá estas personas se asustan. No quieren verse convertidas en objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad. Pero la cuestión sobre Dios sigue interpelándoles, aunque no puedan creer en el carácter concreto de su atención por nosotros.
Al diálogo con las religiones hay que añadir hoy sobre todo el diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, sin embargo, no querrían quedarse simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como Desconocido.
Al final, dirijo una vez más una palabra sobre el Año Sacerdotal. Como sacerdotes estamos a disposición de todos: de aquellos que conocen a Dios de cerca y de aquellos para los que es el Desconocido. Todos nosotros tenemos que conocerle siempre de nuevo y tenemos que buscarle continuamente para convertirnos en auténticos amigos de Dios.
De este modo, junto con mi profunda acción de gracias por todo la ayuda que me habéis ofrecido durante todo el año, os presento mi augurio para la Navidad: que seamos cada vez más amigos de Cristo y, por tanto, amigos de Dios y que, de este modo, podamos ser sal de la tierra y luz del mundo. ¡Santa Navidad y feliz Año Nuevo!

Traducción del original italiano por Irma Álvarez y Jesús Colina

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