La Voz del Pastor

Mons. Oscar Mario Brown
Obispo de Santiago
La Inmaculada Concepción de María, en la
pedagogía divina
En la bula Ineffabilis Deus, de Pío LX (1846 – 1878),
del 8 de diciembre de 1854, este pontífice promulga el dogma de la
Inmaculada Concepción de María. Esto significa que la Iglesia declara
pública y solemnemente que esta doctrina ha sido revelada por Dios. He
aquí sus palabras textuales:
“…Para honor de la santa e individua Trinidad, para gloria esplendor de
la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de
la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, la
de los santos apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, declaramos,
pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la
bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de
pecado original en el primer instante de su concepción, por singular
gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de
Jesucristo, Salvador del género humano, está revelada por Dios, y, por
consiguiente, ha de ser creída firme y constantemente por todos los
fieles.
Con respecto a este dogma, resulta interesante percibir la pedagogía
seguida por Dios, para llevar a la Iglesia a formularlo. Podemos hablar
de una preparación remota, seguida de una próxima y otra inmediata.
Posteriormente vendrán el cumplimiento, el seguimiento y las
consecuencias.
La prelación remota y fundamental se encuentra en las Sagradas
Escrituras, en textos como Efesios 1, 3-8:
“Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha
bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales
y celestiales.
El nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que
fuésemos santos e irreprochables ante él, por el amor.
El nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a
ser sus hijos adoptivos, para que la gloria de su gracia, que tan
generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza
suya.
En él, hemos sido redimidos por su sangre, y hemos recibido el perdón de
los pecados, según la riqueza de su gracia, que Dios derramó sobre
nosotros, dándonos toda sabiduría y entendimiento”.
En este texto, hay que destacar la bendición que el Padre nos comunica
por el misterio pascual de Cristo. Esta se explicita en las
proposiciones siguientes: En él, hemos sido elegidos, antes de la
creación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante Dios. En
Cristo, hemos recibido la condición de hijos adoptivos de Dios, y en él,
hemos alcanzado la redención y el perdón de los pecados.
Todos los cristianos, pues, somos hombres y mujeres “benditos”, en
Cristo, por medio de los sacramentos de iniciación cristiana: el
bautismo, la confirmación y la primera eucaristía. Somos herederos de
todos los bienes consignados en el párrafo anterior. María, miembro
supereminente de la raza humana y de la Iglesia, es “bendita entre todas
la mujeres”, con todas las prerrogativas que de allí se siguen, porque
Dios ha querido aplicarle anticipadamente los méritos de la pasión,
muerte y resurrección de su Hijo: Ella es la primera redimida, desde el
momento de su concepción. Ha recibido directamente de Dios lo que los
demás recibimos, por mediación de la Iglesia, en los sacramentos de
iniciación cristiana.
En su saludo, el arcángel Gabriel la llama “llena de gracia”,
“kejaritomene” (agracia-da), un participio perfecto, pasivo y femenino,
griego, que indica una acción que empieza en el pasado, se prolonga en
el presente, y queda abierta al futuro. Ya, en ese momento, María es la
plena de gracia, como condición habitual, y el Señor está con ella,
prescindiendo de lo que responda a la propuesta de Dios para el futuro.
Por eso, el mensajero la exhorta a la alegría (cf Lc 1:28).
De cara al futuro, Gabriel le anuncia el designio salvífico de Dios para
toda la humanidad y su participación en esta obra. Evangelizada, María
escucha, cree y responde con asentimiento absoluto. En ese momento, se
encarna el Verbo de Dios en sus purísimas entrañas. Ha sido doblemente
bendecida por su participación en el misterio de Cristo, misterio de
salvación: primero, porque Dios la ha preservado de toda mancha de
pecado original, desde su concepción. Luego porque ha respondido con fe
y obediencia a la buena noticia de su futura maternidad virginal par la
salvación del mundo.
Portadora de la alegría del Evangelio, la comparte con los de casa, como
evangelizadora. Rebosante del Espíritu Santo, su prime Isabel la acoge
jubilosa y la proclama bendita entre las mujeres, como bendito es el
fruto de sus entrañas. También la declara dichosa, porque ha creído que
lo que el Señor le ha dicho se cumplirá (cf Lc 1, 39-45).
De igual manera, la alegría de María evangelizadora se hace patente en
su cántico de alabanza: Asegura que todas las generaciones la
proclamarán bienaventurada, precisamente porque Dios, omnipotente se ha
fijado en la humildad de su sierva para hacer grandes en ella y por
ella. (cf Lc 1, 46-50). El arco de esta acción del Altísimo abarca el
pasado, el presente y el futuro.
A partir del siglo II, la fe en la Inmaculada Concepción de María ha
estado implícita en la fe de la Iglesia. A partir del siglo V empieza a
explicitarse esta verdad. A fines del siglo VII o comienzos del VIII,
empieza a celebrarse en Oriente la fiesta de la concepción de María. En
los siglos posteriores, esta celebración se extiende a Irlanda,
Inglaterra, Francia, Bélgica, España y Alemania. En el siglo XVIII,
Clemente XI (1700 – 1721) la declara fiesta de precepto para la Iglesia
universal, y, en el siglo XIX (8 de diciembre de 1854), Pío IX sanciona,
con su supremo magisterio, una doctrina que siempre había estado
implícita en la fe de la Iglesia, como ya hemos visto.
La providencia divina condujo a la Iglesia a madurar esta doctrina con
una sabia pedagogía. La afinó con la revelación de la Medalla milagrosa
a santa Catalina Labouré el 27 de noviembre de 1830, y la corroboró con
las apariciones de Nuestra Señora a santa Bernardita Soubirous, en
Lourdes, a partir del 11 de febrero de 1858.
Catalina Labouré era una hermana de la caridad de san Vicente de Paúl.
En la fecha susodicha, se le apareció la Virgen, y le recomendó que
acuñaran una medalla que mostrara en el anverso la imagen de María
milagrosa rodeada de la frase: “Oh María sin pecado concebida, ruega por
nosotros que recurrimos a ti”. En el reverso, aparecerían las iniciales
MA y una cruz que tendría en la base el sagrado corazón de Jesús y el
corazón inmaculado de María. En el perímetro, iría una corona de
estrellas.
La Virgen prometió ayudas especiales a quienes llevaran esta medalla y
pidieran con fe su auxilio en el combate contra el pecado.
En Lourdes, la Virgen se apareció 18 veces a santa Bernardita, desde el
11 de febrero al 16 de julio de 1858. El 25 de marzo Bernardita le
preguntó su nombre, y la dulce Señora le respondió: “Yo soy la
Inmaculada Concepción”.
Este dogma nos recuerda que es posible y necesario construir un mundo
nuevo, del cual hayamos desterrado el pecado y la in-justicia, donde
Dios sea todo en todos, y reine como soberano absoluto, como reina en el
corazón inmaculado de María. La Iglesia, Reino de Cristo, es signo de
este reino e instrumento para construirlo. Cristo debe reinar hasta
someter a todos sus enemigos, recapitular todas las cosas en sí mismo, y
entregar su reino al Padre (cf 1 Cor 15, 20-28).
¡Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a tu
auxilio, en la lucha contra el pecado, la opresión, la injusticia y
todos los enemigos del Reino de Dios!
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