A TIRO DE PIEDRA
Día del Maestro
Creo que todo ser humano que
haya pasado por la escuela recordará con afecto la maestra de sus
primeros grados. La maestra, al igual que la madre y la abuela, son de
esas mujeres inolvidables en la vida nuestra.
Dentro de un par de días conmemoraremos el Día del Maestro, en el que
escucharemos loas y críticas a esas figuras, algunas infundadas, otras
no. En una fecha tal lo menos que quisiéramos escuchar son
cuestionamientos y condenas, pero el mundo actual ya ni distingue, y
menos respeta, los momentos que son para conmemorar y no para criticar y
condenar. Lo mismo nos da armar el pereque o el jolgorio en un día
solemne que en cualquier otro. Eso nos deshumaniza, sin darnos cuenta o
tener conciencia plena del hecho.
Yo quiero, en esta ocasión que se nos viene por delante, recordar a mis
maestras. La del primer grado, que me parecía la más bonita. Mayra
Correa, era su nombre, y varias veces me regañó. Con razón, creo. Me
copié, y me puso un cero. Era yo hablantín, y me mandaba a callar.
Prohibió las idas al baño, hasta que tocara el recreo, y me oriné en el
salón. No hice la tarea un día, y me preguntó por qué. Mi respuesta: mi
lápiz no tiene punta. ¿Y usted no tiene sacapunta?, replicó. No tengo,
contesté. Y ¿en su casa no hay cuchillos? Sí, dije, pero no me dejan
tocarlos. Perdió la paciencia, y me dio un reglazo en la mano. Por lo
demás, era un amor y regalaba sonrisas a todos. Nos dolió cuando se casó
y dejó la escuela.
Mi maestra del segundo grado, Georgina Torres. Una chinita regañona,
pero que nos quería mucho. Recuerdo que una vez me golpeó un grandote de
quinto, repetidor y pendenciero. Me fui llorando al salón, y volví hecho
una furia. Lo azoté con la hebilla de la correa, hasta que nos
separaron. Llegó mi maestra a la dirección, y era como una leona feroz a
la que le tocan su cachorro. Al final del año escolar me regaló el
primer libro de mi vida, con una leyenda que decía: por su aplicación en
segundo grado. Ese volumen de las “Fábulas de Esopo” me lo leí una y mil
veces. Fue el premio por ser el alumno de mayor índice académico de toda
la escuela.
La de tercero, Telsy de Cano. Un poco nerviosa, pero buena maestra. Me
lanzó el cepillo de borrar el tablero, porque yo hablaba mucho. Lo vi
venir y lo desquité. El resultado: golpeó a la niña que se sentaba
detrás, y no sabía qué hacer. Y la de cuarto grado, Angélica Cornejo.
Esa fue la que se enfermó. Al volver, le cantábamos y la abrazábamos sin
cesar. Recuerdo que me dio un cinco de nota, por haber recogido lo que
estaba tirado y arreglado las bancas. La de quinto, María Zamora de
Córdoba. ¡Ay, cómo me hizo sufrir! Pero también sufrió, y no me alcanza
el espacio para decirlo todo.
Y Kela, la de sexto, ¡qué maestra! Supo sacar todo mi potencial
académico y artístico. Raquel de Serracín era su nombre. Nunca me regañó
ni le hice travesuras. La lloramos al despedirnos, y cuanto me enseñó,
lo llevó muy profundo en el corazón. Feliz Día del Maestro a todas
aquellas mujeres (y hombres), que abrazan con amor tan noble vocación.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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