Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

Primera Lectura:
Daniel 12, 1-13 Entonces se salvará tu pueblo.
Salmo 15 Protégenos, Dios mío, que me refugio en ti.

Segunda Lectura:
Hebreos 10, 11-14. 18 Cristo ofreció por los pecados un solo sacrificio.

Evangelio:
Mar­cos 13, 24-31 Vendrá para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos.

AMBIENTACIÓN LITÚRGICA

Hoy es el penúltimo domingo del Año Litúrgico. La liturgia se centra en los últimos días de la historia, cuando todo pasará, menos la Palabra divina. Las lecturas dominicales invitan a reflexionar sobre el retorno glorioso de Jesús que coincide con el final de la historia humana y la restauración en Él de todas las cosas.
Simultáneamente a este final en la historia del hombre tendrá lugar la venida del Hijo del hombre en su rango divino para salvar a los elegidos.
El evangelio destaca el tiempo definitivo de Jesús, el Hijo del Hombre, y el de todos los que han permanecido fieles durante la gran tribulación. Marcos se centra más en la conducta de los fieles que en los hechos que describe.
Así el evangelista destaca con frases apocalípticos la victoria de Jesús, la gloria y el poder de Dios está en las exigencias y en la fidelidad a su Reino… Es la experiencia de la esperanza cristiana.

MENSAJE BÍBLICO

Primera lectura de Daniel. “Por aquel tiempo se salvará su pueblo”. Daniel habla de las señales que anuncian el fin de la historia humana: unos a la vida eterna, otros para la ignominia perpetua. Los que dieron todo por el reino, viven el fruto de la esperanza: Dios está con nosotros.

Segunda lectura de Hebreos. “Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados”. Cuando Cristo vuelva glorioso todos sus enemigos serán puestos bajo sus pies. El sacrificio de Cristo ha logrado la perfección: ha purificado del pecado a los santificados para siempre. Su obra llegó a la plenitud eterna en el cielo.

Evangelio de Marcos. “Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos”. En un día indeterminado el Hijo del Hombre reunirá a todos los cuatro vientos. La esperanza ha de estar penetrada de vigilancia. Esta vigilancia impone vivir alejado del pecado y realizar obras buenas.

RESPUESTA A LA PALABRA
“Una misión para comunicar vida”

Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero.
Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente.
Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza.
Por eso, se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que el mundo crea” (Aparecida Nº 262).

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