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Incidente en el cementerio
Emilio Sinclair
En la vida –especialmente cuando se ejerce un cargo público– ha de
tenerse cuidado, porque cualquier desliz podría hacernos resbalar.
Ante un enfado, los labios deben mantenerse herméticamente cerrados,
porque nuestros adversarios pueden hacernos caer en la confrontación,
cosa no saludable para quienes intentan preservar una imagen intachable.
No debemos menospreciar a nuestros semejantes ni por su pobreza ni por
su opulencia económica. El general Omar Torrijos Herrera decía: “no hay
enemigo pequeño”. Tenía razón, porque hasta un mosquito podría
inocularnos una peste y arrancarnos la vida.
Mientras que en su juventud muchos pulverizaron sus mentes en
actividades faranduleras, Julio Yao era adicto a la lectura. Devoraba
con pavoroso apetito intelectual cualquier papel impreso que caía en sus
manos, especialmente aquellos relacionados con el acontecer nacional.
Julio Yao –con ese rostro que evidencia ser descendiente de asiático,
cultivó su mente de tal manera que, sin ánimo de ofender, no es un
“macaco” cualquiera.
Yao, como intelectual, no hace alarde de sapiencia, pero es sagaz y con
rostro de hombre sencillo desliza sus ideas dejando llagas en el
pensamiento de sus interlocutores.
El 2 de noviembre “Día de los Difuntos”, el Consejo Municipal de la “muy
noble y muy leal ciudad de Panamá”, lo designó como orador de los actos
en el Cementerio Manuel Amador Guerrero.
El profesor Yao lanzó una perorata, y sus palabras fueron dagas lanzadas
hacia el gobernante y su séquito. Después de un breve período, el
discurso se tornó tedioso y la gente perdió interés. Pero unas
sardinitas verbales, de pocas onzas, lanzadas como carnadas al océano
político, permitieron que captara la atención de un “tiburón”
gubernamental importante.
Si hubiesen dejado que el profesor Julio Yao terminara su discurso, sus
palabras serían intrascendentes, pero el orador logró exacerbar al
primer vicepresidente y canciller, Juan Carlos Varela, que le reprochó
de tal manera, que la intervención del catedrático se hizo notoria y
alcanzó repercusiones en los medios de comunicación social.
El profesor Julio Yao, el 2 de noviembre, fue la figura estelar de los
noticieros de radio y televisión y, al día siguiente, los medios
impresos resaltaron el hecho.
El catedrático universitario aceptó el reto del vicepresidente y
canciller para debatir el acuerdo de cooperación sobre bases navales
entre Estados Unidos y nuestro país, y sugirió como arena de discusión
el Paraninfo de la Universidad de Panamá, quizás sabiendo que ese centro
de enseñanzas es un laboratorio de ideas de constante ebullición
rebelde, donde las barras le favorecerían.
Durante el incidente, el presidente Ricardo Martinelli Berrocal fue
prudente, y se mantuvo callado.
Considero que si el profesor Julio Yao no se le interpela, su discurso
sería, como decimos en el argot popular, “ni fu, ni fa”. Pero debido al
reproche del vicepresidente y canciller Juan Carlos Varela, flora en el
ambiente el deseo de saber ¿qué dijo?.
Cuando se ocupa un cargo público de cierta importancia, hay que tener
cuidado, porque el personaje más sencillo podría hacerlos trastabillar
públicamente.
El catedrático Julio Yao, modesto, sencillo, siendo descendiente de
asiáticos, sabe bien quién es Confucio, y dónde está la muralla china.
¡Cuidado! Desafiarlo intelectualmente podría “alborotar un avispero” de
consecuencias políticas impredecibles. La muchachada padece esperanzas
frustradas, y cualquier incidente podría estallar el polvorín de
insatisfacciones.
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