La Voz del Pastor

Mons. Oscar M. Brown J.
Obispo de Santiago
¡Pueblo sacerdotal bendice a tu Señor!
En una perspectiva de fe, el presente año tiene dos
características relevantes: Es el año del lanzamiento de la misión
Continental en América Latina y el Caribe, además, a partir del 19 de
junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, es también el Año
Sacerdotal.
El primer rasgo responde a uno de los objetivos señalados en Aparecida.
Allí se nos recordó que la misión es característica esencial de la
Iglesia. No es accesoria, accidental ni esporádica, sino un estado
permanente, exigido por la vocación de la Iglesia. Ella, en efecto, está
llamada a prolongar en el tiempo y el espacio la vocación de Cristo, el
Hijo de Dios, enviado por el Padre, como revelador, redentor y salvador,
para manifestar a los hombres que Dios es el Padre, fuente de toda vida,
que vive en una comunidad de amor, unido íntimamente con su Hijo
unigénito, por el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, y nos ofrece la
posibilidad de integrarnos en esta comunión, a través del misterio
pascual de su Hijo: su pasión muerte, resurrección.
Por este camino, alcanzamos el perdón de los pecados y la comunicación
del Espíritu Santo, que nos incorpora en la vida de la Santísima
Trinidad. Y es que la unidad de Dios no es indiferenciada, sino que en
ella se viven tres relaciones estrechas y eternas: la paternidad, la
filiación y el amor. En su seno, las personas se definen por esta
relación, como lo muestra la historia de la salvación. Gracias a la
acción unitiva del Espíritu Santo, el Amor que procede del Padre y el
Hijo, somos incorporados en esta comunión, como hijos adoptivos de Dios,
en el Hijo, por pura gracia.
La Iglesia es señal de esta comunión. Es el sacramento de la unidad,
porque, en Cristo, es como un signo o instrumento de la unión íntima con
Dios y de la unidad de todo el género humano (cf LG 1). Por eso mismo es
un sacramento de misión: El Señor la envía, con la fuerza del Espíritu,
a proclamar esta Buena Nueva en el mundo entero, y llamar a los hombres
y mujeres de toda condición a convertirse y creer en el Evangelio. La
familia de Dios también se puede equiparar con un reino que tiene a Dios
como Padre y Soberano de un pueblo y un territorio. La alianza sinaítica
o mosaica es la objetivación de esta relación. Tributaria de los códigos
hititas de soberanía entre un rey soberano y un rey vasallo, consigna
inequívocamente que el Pueblo de Dios debe su existencia al rey
soberano: el Señor. Esto lo compromete a la obediencia y a la fidelidad,
si quiere alcanzar vida y bendición. De lo contrario, se condena a la
maldición y la muerte (cf Dt 30:15-20). La fidelidad a los preceptos de
esta alianza es precisamente lo que constituye al pueblo como un reino
de sacerdotes, una nación santa, el pueblo de la propiedad personal del
Señor (cf Ex 19:3-6)
La ley como norma de conducta debía ser también fuente de vida: Pero
este propósito se frustró reiteradas veces, porque no basta conocer el
precepto para cumplirlo. La voluntad humana, herida por el pecado,
necesitaba para ello una ayuda especial. En este contexto, los profetas
anuncian una nueva alianza, no escrita en tablas de piedra, sino en el
corazón humano, una alianza en el Espíritu (cf Jer 31:31-34; Ez
36:24-28).
La humanidad recibe esta ayuda por el misterio pascual de Cristo, Sumo y
Eterno Sacerdote y víctima o Cordero Pascual, que, con una sola
oblación, realizada una vez por todas, nos alcanza lo que no alcanzaron
las múltiples oblaciones de los sacerdotes levíticos: el perdón de los
pecados y la comunidad de vida con Dios. Lo que Cristo ofrece no es la
sangre de machos cabríos y becerros, sino su propia vida. Por eso, es
sacerdote y víctima o cordero (cf Hb).
Hemos blanqueado nuestras túnicas en la sangre de este cordero, por los
sacramentos de iniciación: el bautismo, la confirmación y la primera
eucaristía. Nos hemos despojado del hombre viejo y revestido del hombre
nuevo, recreado a imagen y semejanza de Cristo. En él, y como él, somos
ungidos en el Espíritu. Otros cristos, somos copartícipes de su vocación
y misión. Poseemos el sacerdocio común o bautismal Como él, somos luz de
las naciones, sal de la tierra, levadura de la masa, misioneros enviados
al mundo con la fuerza del Espíritu para salvarlo, proclamando el
misterio pascual del Señor, celebrándolo y dando testimonio de él en
todos los ambientes y circunstancias (cf Hch 1:8).
Para que este pueblo sacerdotal cumpla fielmente su misión, el Señor
elige a algunos de sus miembros y los unge con el sacramento del orden
para que presten a su pueblo el servicio de la autoridad, en nombre de
Cristo Cabeza, instruyéndolo, santificándolo y gobernándolo en el amor.
Este sacerdocio jerárquico o ministrante se distingue esencialmente del
sacerdocio común o bautismal, pero está referido a él, como acabamos de
ver.
De todo esto, debemos concluir que si bien es verdad que el Año
Sacerdotal quiere conmemorar el aniversario número 150 del nacimiento en
la gloria de un sacerdote ministerial eximio, el santo cura de Ars, san
Juan María Vianney, también repercute profundamente en el sacerdocio
bautismal o común de todo el Pueblo de Dios. Los sacerdotes jerárquicos
debemos imitar la fidelidad de Cristo, sacerdote misericordioso y fiel,
capaz de compadecerse de nuestras flaquezas, probado en todo como
nosotros, menos en el pecado (cf Hb 4:14-16). Para ello, debemos crecer
continuamente hacia la madurez de Cristo, quien no vino para que le
sirvieran, sino a servir y entregar su vida por la salvación de todos (cf
Mc, 10:45) El servicio al sacerdocio común es lo que da sentido a
nuestro ministerio.
La fidelidad de Cristo es lealtad a la vocación y misión recibidas del
Padre al ungirlo con su Espíritu: Pasar por el mundo haciendo el bien,
liberando a cautivos y oprimidos, evangelizando a los pobres, dando la
vista a los ciegos, y anunciando a todos la remisión de los pecados,
porque Dios estaba con él (cf Lc 4:14-16; Hch 10:34-43). Nada ni nadie
logran desviarlo de esta misión: ni las tentaciones del Adversario, ni
la insinuación de Pedro en Cesarea de Filipo, ni el hostigamiento de
sacerdotes, malhechores y soldados, en la crucifixión. Por eso es el
Siervo en quien el Padre se complace, y a quien da el título que supera
todo otro: Señor y Mesías (cf Fil 2:6-11).
La fidelidad del sacerdote ministerial está al servicio de la fidelidad
de todo el pueblo sacerdotal para que bendiga a su Señor, cumpliendo las
exigencias de su unción bautismal: pasar por el mundo haciendo el bien,
liberando a cautivos y oprimidos, como Cristo, porque Dios está con él (cf
Hch 10:34-43.
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