Dios, orfebre universal que diseñó a Panamá

 

Emilio Sinclair

Dios, el orfebre universal, diseñó con maestría artística al istmo de Panamá e insufló en este rincón caliente de América, una serie de hechos y encantos que la hacen única en el conglomerado internacional.
Tengo la impresión que aquí encalló el Arca de Noé con una pareja de todas las razas, y entre ellas, un par de “juega vivos” que sembró la semilla del relajo cuya maleza se expandió por todo el país.
Al crear esta joya a quien puso por nombre Panamá, Dios la dotó de recursos humanos valiosos pero, a pesar de sus éxitos, hay quienes no se desgarran del colonialismo mental.
Aquí tenemos extensas costas acariciadas por dos océanos importantes, montañas, planicies, tierras fértiles, abundantes ríos que, si el hombre aprovechara adecuadamente, se convertirían en manantiales de progreso, pero los logros parciales nos sumergen en una intensa siesta que al despertar se hace difícil desperezarnos. Falló don Jerónimo de la Ossa, al clavar en nuestro himno aquello de “al trabajo sin más dilación”, debió ser “al trabajo sin más vacilón”.
Aquí el tambor de la alegría repica todos los días y del pecho de los patriotas emerge estruendoso grito preñado de anhelos insatisfechos, pero debido a que el panameño padece la intensa fiebre del “no se puede”, no conquista todos sus deseos. Sus logros, aunque a veces significativos, son parciales.
Esta es Panamá, nación cuyos vaivenes políticos marchitan su belleza natural pero no opacan la llamarada festiva, por eso desde que empieza a desmayar el mes de octubre y vigorosamente entra noviembre, repican tambores, suenan clarines y terminada la jornada de honores a la patria, empieza a flotar en el ambiente los villancicos, luego viene el período de ferias, hacemos una pausa breve para tomar impulso, arrancan los carnavales y después nos embetunamos de plegarias durante la semana santa.
Este pueblo llamado Panamá, cuya religión llamada “fiesta” predomina por encima de todas las cosas, tiene la virtud de entrelazar fe, patriotismo y farándula, en una mezcolanza de hechos cuya emisión final es la de una comunidad despreocupada, que no valora su entorno, pobre en anhelos, e indiferente ante los hechos que la circunda.
Somos ampulosos al hablar, expertos en todo, románticos empedernidos, analistas de todo, hechiceros por antonomasia, pero dejamos apagar las velas votivas que dignificaban a la nación iluminando organizaciones como las academias, donde se honra el talento, y la mayoría de las musas que inspiraron a nuestros bardos huyeron despavoridas por el caos social reinante; sólo quedan unas pocas famélicas y desganadas.
Con estupor vemos cómo se marchita el Nido de Águilas. Aquel bastión de patrióticas luchas donde se acurrucaron mancebos rebeldes que izaron nuestra bandera de reivindicaciones nacionalistas; solo queda un tenue destello de un pasado glorioso que feneció.
La Avenida de los Mártires, que en el pasado se llamó 4 de Julio y John F. Kennedy, en tiempos de protesta, se convierte en una algarabía de muchachos rebeldes que destruyen valioso material destinado al aprendizaje y, en las noches, cuando el sol se retira y aparece la luna con su coqueteo, la vía se convierte en burdel de travestis o aves pálidas, que al acecho de sus presas se recuestan sobre las paredes del moralmente corroído Instituto Nacional.
El comportamiento decente ha sido estrangulado por la chabacanería; el pudor fue borrado del lenguaje normal, actuar decentemente es hacer el ridículo, y los majaderos se creen autorizados para espetar palabras ofensivas contra sus semejantes.
La mentira, al parecer, fue legalizada, y se generalizó la indiferencia ante los hechos. Los medios de comunicación social, que éramos templos de la información veraz, nos hemos dejado arrastrar hacia el burdel de hechos sangrientos.
El orfebre universal que diseñó este país, debe estar decepcionado al ver cómo su joya de oro se tornó en cobre por la indiferencia de un pueblo que tiene la farándula incrustada en la mente.

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