La Voz del Pastor

Mons. Audilio Aguilar Aguilar
Obispo de Colón - Kuna Yala
Llamados a vivir en la esperanza
En nuestra sociedad actual, estamos viviendo
situaciones difíciles. Podemos creer que el mal nos ha venido y que
difícilmente esta sociedad puede cambiar. Sin embargo, el cristiano está
llamado a vivir en la esperanza, y en ningún momento y menos en el
actual podemos perder el horizonte de vivir en una sociedad diferente o
en lo que el evangelio nos invita a hacer presente el reino de Dios.
Si observamos a diario nuestra realidad vemos un sinnúmero de
situaciones que nos pueden llevar a hacer creer que no hay nada que
pueda lograr cambiar nuestra sociedad. Pero ante esta realidad puedo
preguntarme ¿qué puedo hacer yo? Y ciertamente podemos disponernos a
cambiar la sociedad cambiando aquellas cosas que en cada uno de
nosotros, hacen de nuestra sociedad panameña una sociedad sin valores y
sin ideales. Propongamos ser hombres y mujeres que dicen siempre la
verdad, que son honestos en sus actuaciones privadas y públicas y con
una gran capacidad para el trabajo.
Todo esto nos debe llevar a cultivar la conciencia de que uno debe
responder a la misión que le haya tocado, sin escudarse en las
dificultades para no hacer nada y pasar a otros el problema. La persona
responsable no necesita que nadie le empuje al cumplimiento de las
tareas que le son propias y le indiquen con detalle cómo ha de proceder
para evadir los obstáculos. Hay que entender que la tarea encomendada se
encuentra en perfecta proporción con la capacidad de la persona.
En esta tarea de buscar una sociedad diferente, la familia ocupa un
lugar muy importante. Los padres son los principales formadores de sus
hijos. El éxito en los hijos siempre depende del trabajo que los padres
han hecho en el hogar. De allí entonces que el amor por los hijos se
manifiesta también en que se le reprenda cuando es necesario. No cumplen
los padres de familia cuando se vuelven cómodamente permisivos. Ni
tampoco, por cierto, cuando estropean el recurso de la corrección al
utilizarlo para imponer su capricho en lugar de incitar al bien. No es
verdad que respeta a los demás cuan-do se permite hacer cualquier
capricho aún en perjuicio del prójimo. Es un falso respeto, que no se
conduele de las trágicas consecuencias que sobre sí atrae quien obra
mal.
Los tiempos que corren son difíciles para las familias. Pero los hogares
cristianos tienen como modelo a la Sagrada Familia de Nazareth para que
todos: padre, madre, hijos y tal vez otros que viven en el hogar,
crezcan en sentido de responsabilidad y se apliquen a cumplir su función
movidos por el amor a los suyos, sostenidos por la gracia del Señor.
Nadie es padre, madre o hijo por casualidad, sino por una llamada del
Señor de cuyo cumplimiento no cabe desertar, en la conciencia de que los
problemas todos pueden ser enfrentados, soportados y resueltos. San
Pablo advertía que Dios mismo, que inició la obra buena, la llevará a
buen término. Dispongámonos a trabajar por un mejor país donde reine la
verdad, la honestidad, la responsabilidad y la laboriosidad.
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