Editorial
Pobreza
La reciente Encuesta de Niveles de Vida (ENV), que se
realiza cada cinco años, revela que un tercio de la población panameña
es pobre, y que la mitad de ese tercio vive en condiciones de pobreza
extrema. Comparada con la encuesta anterior, algo hemos mejorado, pero
nos hace falta un mayor esfuerzo para disminuir mucho más el nivel de
pobreza en el país.
Vistos los indicadores de manera global, diríamos que avanzamos hacia
mejores días, pero al analizar los datos, según región y sector de
población, nos enfrentamos a una realidad más dura y cruel: la infancia,
los campesinos, y los indígenas, llevan una existencia de miseria y
pobreza inhumanas. Casi la mitad de los menores de 6 años se encuentra
en condición de pobreza total, un poco más de la mitad de los campesinos
vive en la pobreza, y 19 de cada 20 pobladores indígenas vive en la
pauperización.
El gobierno que inicia su itinerario de cinco años tiene intenciones de
disminuir la pobreza de manera patente, lo que hace soplar un aire
esperanzador. Sin embargo, le recordamos que sus promesas deben hacerse
realidad, bajo la perspectiva de la equidad y el deber de subsidiariedad
del estado, para que sus planes cumplan con el principio de justicia
social que le den la legitimidad que no da la ley, sino el propio pueblo
a sus gobernantes.
Necesitamos una cultura solidaria, que nos mueva a aportar de lo nuestro
al desvalido. Pagar los impuestos, abandonar el vicio del dinero ocioso,
ayudar al desarrollo de las empresas familiares y artesanales, emitir
bonos populares para que la población pueda ahorrar y recibir, aunque
sea una porción, de los cientos de millones que el gobierno invierte y
que le dan ganancias en interés a los más ricos. Tantas otras cosas
pueden hacerse, y sólo esperan por la decisión política que las pongan
en marcha. Así, sin más.
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