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AL CLERO Y A LOS FIELES

Extracto de la Exhortación Apostólica Postsinodal
Pastores Dabo Vobis de Su Santidad Juan Pablo ii
La formación sacerdotal ante los desafíos del final del segundo
milenio
El sacerdote en su tiempo
«Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en
favor de los hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb 5, 1).
La Carta a los Hebreos subraya claramente la «humanidad» del ministro de
Dios: pues procede de los hombres y está al servicio de los hombres,
imitando a Jesucristo, «probado en todo igual que nosotros, excepto en
el pecado» (Heb 4, 15).
Dios llama siempre a sus sacerdotes desde determinados contextos humanos
y eclesiales, que inevitablemente los caracterizan y a los cuales son
enviados para el servicio del Evangelio de Cristo.
Por eso el Sínodo ha estudiado el tema de los sacerdotes en su contexto
actual, situándolo en el hoy de la sociedad y de la Iglesia y abriéndolo
a las perspectivas del tercer milenio, como se deduce claramente de la
misma formulación del tema: «La formación de los sacerdotes en la
situación actual».
Ciertamente «hay una fisonomía esencial del sacerdote que no cambia: en
efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá
asemejarse a Cristo. Cuando vivía en la tierra, Jesús reflejó en sí
mismo el rostro definitivo del presbítero, realizando un sacerdocio
ministerial del que los apóstoles fueron los primeros investidos y que
está destinado a durar, a continuarse incesantemente en todos los
períodos de la historia. El presbítero del tercer milenio será, en este
sentido, el continuador de los presbíteros que, en los milenios
precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en el dos mil la
vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único y
permanente sacerdocio de Cristo». Pero ciertamente la vida y el
ministerio del sacerdote deben también «adaptarse a cada época y a cada
ambiente de vida... Por ello, por nuestra parte debemos procurar
abrirnos, en la medida de lo posible, a la iluminación superior del
Espíritu Santo, para descubrir las orientaciones de la sociedad moderna,
reconocer las necesidades espirituales más profundas, determinar las
tareas concretas más importantes, los métodos pastorales que habrá que
adoptar, y así responder de manera adecuada a las esperanzas humanas».
Por ser necesario conjugar la verdad permanente
del ministerio presbiteral con las instancias y características del hoy,
los Padres sinodales han tratado de responder a algunas preguntas
urgentes: ¿qué problemas y, al mismo tiempo, qué estímulos positivos
suscita el actual contexto sociocultural y eclesial en los muchachos, en
los adolescentes y en los jóvenes, que han de madurar un proyecto de
vida sacerdotal para toda su existencia?, ¿qué dificultades y qué nuevas
posibilidades ofrece nuestro tiempo para el ejercicio de un ministerio
sacerdotal coherente con el don del Sacramento recibido y con la
exigencia de una vida espiritual correspondiente?
Presento ahora algunos elementos del análisis de la situación que los
Padres sinodales han desarrollado, conscientes de que la gran variedad
de circunstancias socioculturales y eclesiales presentes en los diversos
países aconseja señalar sólo los fenómenos más profundos y extendidos,
particularmente aquellos que se refieren a los problemas educativos y a
la formación sacerdotal.
El Evangelio hoy: esperanzas y obstáculos
Múltiples factores parecen favorecer en los hombres de hoy una
conciencia más madura de la dignidad de la persona y una nueva apertura
a los valores religiosos, al Evangelio y al ministerio sacerdotal.
En la sociedad encontramos, a pesar de tantas contradicciones, una sed
de justicia y de paz muy difundida e intensa; una conciencia más viva
del cuidado del hombre por la creación y por el respeto a la naturaleza;
una búsqueda más abierta de la verdad y de la tutela de la dignidad
humana; el compromiso creciente, en muchas zonas de la población
mundial, por una solidaridad internacional más concreta y por un nuevo
orden mundial, en la libertad y en la justicia. Junto al desarrollo cada
vez mayor del potencial de energías ofrecido por las ciencias y las
técnicas, y la difusión de la información y de la cultura, surge también
una nueva pregunta ética; la pregunta sobre el sentido, es decir, sobre
una escala objetiva de valores que permita establecer las posibilidades
y los límites del progreso.
En el campo más propiamente religioso y cristiano, caen prejuicios
ideológicos y cerrazones violentas al anuncio de los valores
espirituales y religiosos, mientras surgen nuevas e inesperadas
posibilidades para la evangelización y la renovación de la vida eclesial
en muchas partes del mundo. Tiene lugar así una creciente difusión del
conocimiento de las Sagradas Escrituras; una nueva vitalidad y fuerza
expansiva de muchas Iglesias jóvenes, con un papel cada vez más
relevante en la defensa y promoción de los valores de la persona y de la
vida humana; un espléndido testimonio del martirio por parte de las
Iglesias del Centro y Este europeo, como también un testimonio de la
fidelidad y firmeza de otras Iglesias que todavía están sometidas a
persecuciones y tribulaciones por la fe.(11)
El deseo de Dios y de una relación viva y
significativa con Él se presenta hoy tan intenso, que favorecen, allí
donde falta el auténtico e íntegro anuncio del Evangelio de Jesús, la
difusión de formas de religiosidad sin Dios y de múltiples sectas. Su
expansión, incluso en algunos ambientes tradicionalmente cristianos, es
ciertamente para todos los hijos de la Iglesia, y para los sacerdotes en
particular, un motivo constante de examen de conciencia sobre la
credibilidad de su testimonio del Evangelio, pero es también signo de
cuán profunda y difundida está la búsqueda de Dios.
Pero con estos y otros factores positivos están relacionados muchos
elementos problemáticos o negativos.
Todavía está muy difundido el racionalismo que, en nombre de una
concepción reductiva de «ciencia», hace insensible la razón humana al
encuentro con la Revelación y con la trascendencia divina.
Hay que constatar también una defensa exacerbada de la subjetividad de
la persona, que tiende a encerrarla en el individualismo incapaz de
relaciones humanas auténticas. De este modo, muchos, principalmente
muchachos y jóvenes, buscan compensar esta soledad con sucedáneos de
varias clases, con formas más o menos agudas de hedonismo, de huida de
las responsabilidades; prisioneros del instante fugaz, intentan
«consumir» experiencias individuales lo más intensas posibles y
gratificantes en el plano de las emociones y de las sensaciones
inmediatas, pero se muestran indiferentes y como paralizados ante la
oferta de un proyecto de vida que incluya una dimensión espiritual y
religiosa y un compromiso de solidaridad.
Además, se extiende por todo el mundo –incluso
después de la caída de las ideologías que habían hecho del materialismo
un dogma y del rechazo de la religión un programa– una especie de
ateísmo práctico y existencial, que coincide con una visión secularizada
de la vida y del destino del hombre. Este hombre «enteramente lleno de
sí, este hombre que no sólo se pone como centro de todo su interés, sino
que se atreve a llamarse principio y razón de toda realidad»,(12) se
encuentra cada vez más empobrecido de aquel «suplemento de alma» que le
es tanto más necesario cuanto más una gran disponibilidad de bienes
materiales y de recursos lo hace creer falsamente autosuficiente. Ya no
hay necesidad de combatir a Dios; se piensa que basta simplemente con
prescindir de Él.
En este contexto hay que destacar en particular la disgregación de la
realidad familiar y el oscurecimiento o tergiversación del verdadero
significado de la sexualidad humana. Son fenómenos que influyen, de
modo muy negativo, en la educación de los jóvenes y en su disponibilidad
para toda vocación religiosa. Igualmente debe tenerse en cuenta el
agravarse de las injusticias sociales y la concentración de la riqueza
en manos de pocos, como fruto de un capitalismo inhumano,(13) que hace
cada vez mayor la distancia entre pueblos ricos y pueblos pobres; de
esta manera se crean en la convivencia humana tensiones e inquietudes
que perturban profundamente la vida de las personas y de las
comunidades.
Incluso en el campo eclesial se dan fenómenos preocupantes y negativos,
que influyen directamente en la vida y el ministerio de los sacerdotes,
como la ignorancia religiosa que persiste en muchos creyentes; la escasa
incidencia de la catequesis, sofocada por los mensajes más difundidos y
persuasivos de los me-dios de comunicación de masas; el mal entendido
pluralismo teológico, cultural y pastoral que, aun partiendo a veces de
buenas intenciones, termina por hacer difícil el diálogo ecuménico y
atentar contra la necesaria unidad de la fe; la persistencia de un
sentido de des-confianza y casi de intolerancia hacia el magisterio
jerárquico; las presentaciones unilaterales y reductivas de la riqueza
del mensaje evangélico, que transforman el anuncio y el testimonio de la
fe en un factor exclusivo de liberación humana y social o en un refugio
alienante en la superstición y en la religiosidad sin Dios.(14)
Un fenómeno de gran relieve,
aunque relativamente reciente en muchos países de antigua tradición
cristiana, es la presencia en un mismo territorio de consistentes
núcleos de razas y religiones diversas. Se desarrolla así cada vez más
la sociedad multirracial y multirreligiosa. Si, por un lado, esto puede
ser ocasión de un ejercicio más frecuente y fructuoso del diálogo, de
una apertura de mentalidad, de una experiencia de acogida y de justa
tolerancia, por otro lado, puede ser causa de confusión y relativismo,
sobre todo en personas y poblaciones de una fe menos madura.
A estos factores, y en relación íntima con el crecimiento del
individualismo, hay que añadir el fenómeno de la concepción subjetiva de
la fe. Por parte de un número creciente de cristianos se da una menor
sensibilidad al conjunto global y objetivo de la doctrina de la fe en
favor de una adhesión subjetiva a lo que agrada, que corresponde a la
propia experiencia y que no afecta a las propias costumbres. Incluso
apelar a la inviolabilidad de la conciencia individual, cosa legítima en
sí misma, no deja de ser, en este contexto, peligrosamente ambiguo.
De aquí se sigue también el fenómeno de los modos cada vez más parciales
y condicionados de pertenecer a la Iglesia, que ejercen un influjo
negativo sobre el nacimiento de nuevas vocaciones al sacerdocio, sobre
la autoconciencia misma del sacerdote y su ministerio en la comunidad.
Finalmente, la escasa presencia y disponibilidad de sacerdotes crea
todavía hoy en muchos ambientes eclesiales graves problemas. Los fieles
quedan con frecuencia abandonados durante largos períodos y sin la
adecuada asistencia pastoral; esto perjudica el crecimiento de su vida
cristiana en su conjunto y, más aún, su capacidad de ser ulteriormente
promotores de evangelización.
Los jóvenes ante la vocación
y la formación sacerdotal
Las numerosas contradicciones y posibilidades que presentan nuestras
sociedades y culturas y, al mismo tiempo, las comunidades eclesiales,
son percibidas, vividas y experimentadas con una intensidad muy
particular por el mundo de los jóvenes, con repercusiones inmediatas y
más que nunca incisivas en su proceso educativo. En este sentido el
nacimiento y desarrollo de la vocación sacerdotal en los niños,
adolescentes y jóvenes encuentran continuamente obstáculos y estímulos.
Los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la llamada «sociedad
de consumo», que los hace dependientes y prisioneros de una
interpretación individualista, materialista y hedonista de la existencia
humana. El «bienestar» materialísticamente entendido tiende a imponerse
como único ideal de vida, un bienestar que hay que lograr a cualquier
condición y precio. De aquí el rechazo de todo aquello que sepa a
sacrificio y renuncia al esfuerzo de buscar y vivir los valores
espirituales y religiosos. La «preocupación» exclusiva por el tener
suplanta la primacía del ser, con la consecuencia de interpretar y de
vivir los valores personales e interpersonales no según la lógica del
don y de la gratuidad, sino según la de la posesión egoísta y de la
instrumentalización del otro.
Esto se refleja, en particular, sobre la visión de la sexualidad humana,
a la que se priva de su dignidad de servicio a la comunión y a la
entrega entre las personas, para quedar reducida simplemente a un bien
de consumo. Así, la experiencia afectiva de muchos jóvenes no conduce a
un crecimiento armonioso y gozoso de la propia personalidad, que se abre
al otro en el don de sí mismo, sino a una grave involución psicológica y
ética, que no dejará de tener influencias graves para su porvenir.
En la raíz de estas tendencias
se halla, en no pocos jóvenes, una experiencia desviada de la libertad:
lejos de ser obediencia a la verdad objetiva y universal, la libertad se
vive como un asentimiento ciego a las fuerzas instintivas y a la
voluntad de poder del individuo. Se hacen así, en cierto modo, naturales
en el plano de la mentalidad y del comportamiento el resquebrajamiento
de la aceptación de los principios éticos, y en el plano religioso
—aunque no haya siempre un rechazo de Dios explícito— una amplia
indiferencia y desde luego una vida que, incluso en sus momentos más
significativos y en las opciones más decisivas, es vivida como si Dios
no existiese. En este contexto se hace difícil no sólo la realización,
sino la misma comprensión del sentido de una vocación al sacerdocio, que
es un testimonio específico de la primacía del ser sobre el tener; es un
reconocimiento del significado de la vida como don libre y responsable
de sí mismo a los demás, como disponibilidad para ponerse enteramente al
servicio del Evangelio y del Reino de Dios bajo la particular forma del
sacerdocio.
Incluso en el ámbito de la comunidad eclesial, el mundo de los jóvenes
constituye, no pocas veces, un «problema». En realidad, si en los
jóvenes, todavía más que en los adultos, se dan una fuerte tendencia a
la concepción subjetiva de la fe cristiana y una pertenencia sólo
parcial y condicionada a la vida y a la misión de la Iglesia, cuesta
emprender en la comunidad eclesial, por una serie de razones, una
pastoral juvenil actualizada y entusiasta. Los jóvenes corren el riesgo
de ser abandonados a sí mismos, al arbitrio de su fragilidad
psicológica, insatisfechos y críticos frente a un mundo de adultos que,
no viviendo de forma coherente y madura la fe, no se presentan ante
ellos como modelos creíbles.
Se hace entonces evidente la dificultad de proponer a los jóvenes una
experiencia integral y comprometida de vida cristiana y eclesial, y de
educarlos para la misma. De esta manera, la perspectiva de la vocación
al sacerdocio queda lejana a los intereses concretos y vivos de los
jóvenes.
Sin embargo, no faltan
situaciones y estímulos positivos, que suscitan y alimentan en el
corazón de los adolescentes y jóvenes una nueva disponibilidad, así como
una verdadera y propia búsqueda de valores éticos y espirituales, que
por su naturaleza ofrecen terreno propicio para un camino vocacional a
la entrega total de sí mismos a Cristo y a la Iglesia en el sacerdocio.
Hay que decir, antes que nada, que se han atenuado algunos fenómenos que
en un pasado reciente habían provocado no pocos problemas, como la
contestación radical, los movimientos libertarios, las reivindicaciones
utópicas, las formas indiscriminadas de socialización, la violencia.
Hay que reconocer además que también los jóvenes de hoy, con la fuerza y
la ilusión típicas de la edad, son portadores de los ideales que se
abren camino en la historia: la sed de libertad; el reconocimiento del
valor inconmensurable de la persona; la necesidad de autenticidad y de
transparencia; un nuevo concepto y estilo de reciprocidad en las
relaciones entre hombre y mujer; la búsqueda convencida y apasionada de
un mundo más justo, más solidario, más unido; la apertura y el diálogo
con todos; el compromiso por la paz.
El desarrollo, tan rico y vivaz en tantos jóvenes de nuestro tiempo, de
numerosas y variadas formas de voluntariado dirigidas a las situaciones
más olvidadas y pobres de nuestra sociedad, representa hoy un recurso
educativo particularmente importante, porque estimula y sostiene a los
jóvenes hacia un estilo de vida más desinteresado, abierto y solidario
con los necesitados. Este estilo de vida puede facilitar la comprensión,
el deseo y la respuesta a una vocación de servicio estable y total a los
demás, incluso en el camino de una plena consagración a Dios mediante la
vida sacerdotal.
La reciente caída de las ideologías, la forma tan crítica de situarse
ante el mundo de los adultos, que no siempre ofrecen un testimonio de
vida entregada a los valores morales y trascendentes, la misma
experiencia de compañeros que buscan evasiones en la droga y en la
violencia, contribuyen a hacer más aguda e ineludible la pregunta
fundamental sobre los valores que son verdaderamente capaces de dar
plenitud de significado a la vida, al sufrimiento y a la muerte. En
muchos jóvenes se hacen más explícitos el interrogante religioso y la
necesidad de vida espiritual. De ahí el deseo de experiencias "de
desierto" y de oración, el retorno a una lectura más personal y habitual
de la Palabra de Dios, y al estudio de la teología.
Al igual que eran ya activos y protagonistas en el ámbito del
voluntariado social, los jóvenes lo son también cada vez más en el
ámbito de la comunidad eclesial, sobre todo con la participación en las
diversas agrupaciones, desde las más tradicionales, aunque renovadas,
hasta las más recientes. La experiencia de una Iglesia llamada a la
«nueva evangelización» por su fidelidad al Espíritu que la anima y por
las exigencias del mundo alejado de Cristo pero necesitado de Él, como
también la experiencia de una Iglesia cada vez más solidaria con el
hombre y con los pueblos en la defensa y en la promoción de la dignidad
personal y de los derechos humanos de todos y cada uno, abren el corazón
y la vida de los jóvenes a ideales muy atrayentes y que exigen un
compromiso, que puede encontrar su realización concreta en el
seguimiento de Cristo y en el sacerdocio.
Es natural que de esta situación humana y eclesial, caracterizada por
una fuerte ambivalencia, no se pueda prescindir de hecho ni en la
pastoral de las vocaciones y en la labor de formación de los futuros
sacerdotes ni tampoco en el ámbito de la vida y del ministerio de los
sacerdotes, así como en el de su formación permanente. Por ello, si bien
se pueden comprender los diversos tipos de «crisis», que padecen algunos
sacerdotes de hoy en el ejercicio del ministerio, en su vida espiritual
y también en la misma interpretación de la naturaleza y significado del
sacerdocio ministerial, también hay que constatar, con alegría y
esperanza, las nuevas posibilidades positivas que el momento histórico
actual ofrece a los sacerdotes para el cumplimiento de su misión.
El discernimiento evangélico
La compleja situación actual, someramente expuesta mediante alusiones y
a modo de ejemplo, exige no sólo ser conocida, sino sobre todo
interpretada. Únicamente así se podrá responder de forma adecuada a la
pregunta fundamental: ¿Cómo formar sacerdotes que estén verdaderamente a
la altura de estos tiempos, capaces de evangelizar al mundo de hoy?(15)
Es importante el conocimiento de la situación. No basta una simple
descripción de los datos; hace falta una investigación científica con la
que se pueda delinear un cuadro exacto de las circunstancias
socioculturales y eclesiales concretas.
Pero es aún más importante la interpretación de la situación. Ello lo
exige la ambivalencia y a veces el carácter contradictorio que
caracterizan las situaciones, las cuales presentan a la vez dificultades
y posibilidades, elementos negativos y razones de esperanza, obstáculos
y aperturas, a semejanza del campo evangélico en el que han sido
sembrados y «conviven» el trigo y la cizaña (cf.Mt 13, 24ss.).
No siempre es fácil una lectura interpretativa, que sepa distinguir
entre el bien y el mal, entre signos de esperanza y peligros. En la
formación de los sacerdotes no se trata sólo y simplemente de acoger los
factores positivos y constatar abiertamente los negativos. Se trata de
someter los mismos factores positivos a un cuidadoso discernimiento,
para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí,
absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de
los factores negativos: no hay que rechazarlos en bloque y sin
distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor,
que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad.
ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO
Naturaleza y misión del sacerdocio ministerial
Mirada al sacerdote
«En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él» (Lc 4, 20). Lo que
dice el evangelista san Lucas de quienes estaban presentes aquel sábado
en la sinagoga de Nazaret, escuchando el comentario que Jesús haría del
texto del profeta Isaías leído por él mismo, puede aplicarse a todos los
cristianos, llamados a reconocer siempre en Jesús de Nazaret el
cumplimiento definitivo del anuncio profético: «Comenzó, pues, a
decirles: Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4,
21). Y la «escritura» era ésta: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque
me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a
proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar
la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc
4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). En efecto, Jesús se presenta a sí mismo como
lleno del Espíritu, «ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva»;
es el Mesías, el Mesías sacerdote, profeta y rey.
Es éste el rostro de Cristo en el que deben fijarse los ojos de la fe y
del amor de los cristianos. Precisamente a partir de esta
«contemplación» y en relación con ella los Padres sinodales han
reflexionado sobre el problema de la formación de los sacerdotes en la
situación actual. Este problema sólo puede encontrar respuesta partiendo
de una reflexión previa sobre la meta a la que está dirigido el proceso
formativo, es decir, el sacerdocio ministerial como participación en la
Iglesia del sacerdocio mismo de Jesucristo. El conocimiento de la
naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el presupuesto
irrenunciable, y al mismo tiempo la guía más segura y el estímulo más
incisivo, para desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de promoción
y discernimiento de las vocaciones sacerdotales, y la de formación de
los llamados al ministerio ordenado.
El conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión del
sacerdocio ministerial es el camino que es preciso seguir, y que el
Sínodo ha seguido de hecho, para salir de la crisis sobre la identidad
sacerdotal. «Esta crisis —decía en el Discurso al final del Sínodo—
había nacido en los años inmediatamente siguientes al Concilio. Se
fundaba en una comprensión errónea, y tal vez hasta intencionadamente
tendenciosa, de la doctrina del magisterio conciliar. Y aquí está
indudablemente una de las causas del gran número de pérdidas padecidas
entonces por la Iglesia, pérdidas que han afectado gravemente al
servicio pastoral y a las vocaciones al sacerdocio, en particular a las
vocaciones misioneras. Es como si el Sínodo de 1990, redescubriendo toda
la profundidad de la identidad sacerdotal, a través de tantas
intervenciones que hemos escuchado en esta aula, hubiese llegado a
infundir la esperanza después de esas pérdidas dolorosas. Estas
intervenciones han manifestado la conciencia de la ligazón ontológica
específica que une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y buen
Pastor. Esta identidad está en la raíz de la naturaleza de la formación
que debe darse en vista del sacerdocio y, por tanto, a lo largo de toda
la vida sacerdotal. Ésta era precisamente la finalidad del Sínodo».
Por esto el Sínodo ha creído necesario volver a recordar, de manera
sintética y fundamental, la naturaleza y misión del sacerdocio
ministerial, tal y como la fe de la Iglesia las ha reconocido a través
de los siglos de su historia y como el Concilio Vaticano II las ha
vuelto a presentar a los hombres de nuestro tiempo.
En la Iglesia misterio,
comunión y misión
«La identidad sacerdotal –han afirmado los Padres sinodales–, como toda
identidad cristiana, tiene su fuente en la Santísima Trinidad»,(20) que
se revela y se autocomunica a los hombres en Cristo, constituyendo en Él
y por medio del Espíritu la Iglesia como «el germen y el principio de
ese reino».(21) La Exhortación Christifideles laici, sintetizando la
enseñanza conciliar, presenta la Iglesia como misterio, comunión y
misión: ella «es misterio porque el amor y la vida del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo son el don absolutamente gratuito que se ofrece a
cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a
revivir la comunión misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en la
historia (misión)»
Es en el misterio de la Iglesia, como misterio de comunión trinitaria en
tensión misionera, donde se manifiesta toda identidad cristiana y, por
tanto, también la identidad específica del sacerdote y de su ministerio.
En efecto, el presbítero, en virtud de la consagración que recibe con el
sacramento del Orden, es enviado por el Padre, por medio de Jesucristo,
con el cual, como Cabeza y Pastor de su pueblo, se configura de un modo
especial para vivir y actuar con la fuerza del Espíritu Santo al
servicio de la Iglesia y por la salvación del mundo.(23)
Se puede entender así el aspecto esencialmente relacional de la
identidad del presbítero. Mediante el sacerdocio que nace de la
profundidad del inefable misterio de Dios, o sea, del amor del Padre, de
la gracia de Jesucristo y del don de la unidad del Espíritu Santo, el
presbítero está inserto sacramentalmente en la comunión con el Obispo y
con los otros presbíteros,(24) para servir al Pueblo de Dios que es la
Iglesia y atraer a todos a Cristo, según la oración del Señor: «Padre
santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como
nosotros... Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno
en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,
11.21).
En la Iglesia misterio,
comunión y misión
Por tanto, no se puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio
ministerial si no es bajo este multiforme y rico conjunto de relaciones
que brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en la comunión de la
Iglesia, como signo e instrumento, en Cristo, de la unión con Dios y de
la unidad de todo el género humano.(25) Por ello, la eclesiología de
comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su
dignidad original, su vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el
mundo. La referencia a la Iglesia es pues necesaria, aunque no
prioritaria, en la definición de la identidad del presbítero. En efecto,
en cuanto misterio la Iglesia está esencialmente relacionada con
Jesucristo: es su plenitud, su cuerpo, su esposa. Es el «signo» y el
«memorial» vivo de su presencia permanente y de su acción entre nosotros
y para nosotros. El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad
en ser una derivación, una participación específica y una continuación
del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza:
es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. El sacerdocio de
Cristo, expresión de su absoluta «novedad» en la historia de la
salvación, constituye la única fuente y el paradigma insustituible del
sacerdocio del cristiano y, en particular, del presbítero. La referencia
a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión
de las realidades sacerdotales.
Relación fundamental con Cristo, Cabeza y Pastor
Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro perfecto y definitivo
del sacerdocio de la nueva Alianza.(26) Esto lo ha hecho en su vida
terrena, pero sobre todo en el acontecimiento central de su pasión,
muerte y resurrección.
Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos, Jesús siendo hombre
como nosotros y a la vez el Hijo unigénito de Dios, es en su propio ser
mediador perfecto entre el Padre y la humanidad (cf. Heb 8-9); Aquel que
nos abre el acceso inmediato a Dios, gracias al don del Espíritu: «Dios
ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá,
Padre!» (Gál 4, 6; cf. Rom 8,15).
Jesús lleva a su plena realización el ser mediador al ofrecerse a sí
mismo en la cruz, con la cual nos abre, una vez por todas, el acceso al
santuario celestial, a la casa del Padre (cf. Heb 9, 24-26). Comparados
con Jesús, Moisés y todos los mediadores del Antiguo Testamento entre
Dios y su pueblo –los reyes, los sacerdotes y los profetas– son sólo
como «figuras» y «sombra de los bienes futuros, no la realidad de las
cosas» (cf. Heb 10, 1).
Jesús es el buen Pastor anunciado (cf. Ez 34); Aquél que conoce a sus
ovejas una a una, que ofrece su vida por ellas y que quiere congregar a
todos en «un solo rebaño y un solo pastor» (cf. Jn 10, 11-16). Es el
Pastor que ha venido «no para ser servido, sino para servir» (cf. Mt 20,
24-28), el que, en la escena pascual del lavatorio de los pies (cf. Jn
13, 1-20), deja a los suyos el modelo de servicio que deberán ejercer
los unos con los otros, a la vez que se ofrece libremente como cordero
inocente inmolado para nuestra redención (cf. Jn 1, 36; Ap 5, 6.12).
Con el único y definitivo sacrificio de la cruz, Jesús comunica a todos
sus discípulos la dignidad y la misión de sacerdotes de la nueva y
eterna Alianza. Se cumple así la promesa que Dios hizo a Israel: «Seréis
para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Y todo el
pueblo de la nueva Alianza —escribe San Pedro— queda constituido como
«un edificio espiritual», «un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2, 5).
Los bautizados son las «piedras vivas» que construyen el edificio
espiritual uniéndose a Cristo «piedra viva... elegida, preciosa ante
Dios» (1 Pe 2, 4.5). El nuevo pueblo sacerdotal, que es la Iglesia, no
sólo tiene en Cristo su propia imagen auténtica, sino que también recibe
de Él una participación real y ontológica en su eterno y único
sacerdocio, al que debe conformarse toda su vida.
Al servicio de este sacerdocio universal de la nueva Alianza, Jesús
llamó consigo, durante su misión terrena, a algunos discípulos (cf. Lc
10, 1-12) y con una autoridad y un mandato específicos llamó y
constituyó a los Doce para que «estuvieran con él, y para enviarlos a
predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 14-15).
Por esto, ya durante su ministerio público (cf. Mt 16, 18) y de modo
pleno después de su muerte y resurrección (cf. Mt 28; Jn 20, 21), Jesús
confiere a Pedro y a los Doce poderes muy particulares sobre la futura
comunidad y para la evangelización de todos los pueblos. Después de
haberles llamado a seguirle, los tiene cerca y vive con ellos,
impartiendo con el ejemplo y con la palabra su enseñanza de salvación, y
finalmente los envía a todos los hombres. Y para el cumplimiento de esta
misión Jesús confiere a los apóstoles, en virtud de una especial efusión
pascual del Espíritu Santo, la misma autoridad mesiánica que le viene
del Padre y que le ha sido conferida en plenitud con la resurrección:
«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo
os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo» (Mt 28, 18-20).
Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el ministerio confiado
a los apóstoles y su propia misión: «quien a vosotros recibe, a mí me
recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt
10,40); «quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a
vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza
al que me ha enviado» (Lc 10, 16). Es más, el cuarto evangelio, a la luz
del acontecimiento pascual de la muerte y resurrección, afirma con gran
fuerza y claridad: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,
21; cf. 13, 20; 17, 18). Igual que Jesús tiene una misión que recibe
directamente de Dios y que concretiza la autoridad misma de Dios (cf. Mt
7, 29; 21, 23; Mc 1, 27; 11, 28; Lc 20, 2; 24, 19), así los apóstoles
tienen una misión que reciben de Jesús. Y de la misma manera que «el
Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30) —de suerte que su
doctrina no es suya, sino de aquel que lo ha enviado (cf. Jn 7, 16)—
Jesús dice a los apóstoles: «separados de mí no podéis hacer nada» (Jn
15, 5): su misión no es propia, sino que es la misma misión de Jesús. Y
esto es posible no por las fuerzas humanas, sino sólo con el «don» de
Cristo y de su Espíritu, con el «sacramento»: «Recibid el Espíritu
Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes
se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).
Los apóstoles instituidos por el Señor llevarán a cabo su misión
llamando, de diversas formas pero todas convergentes, a otros hombres,
como Obispos, presbíteros y diáconos, para cumplir el mandato de Jesús
resucitado, que los ha enviado a todos los hombres de todos los tiempos.
El Nuevo Testamento es unánime al subrayar que es el mismo Espíritu de
Cristo el que introduce en el ministerio a estos hombres, escogidos de
entre los hermanos. Mediante el gesto de la imposición de manos (Hch 6,
6; 1 Tim 4, 14; 5, 22; 2 Tim 1, 6), que transmite el don del Espíritu,
ellos son llamados y capacitados para continuar el mismo ministerio
apostólico de reconciliar, apacentar el rebaño de Dios y enseñar (cf.
Hch 20, 28; 1 Pe 5, 2).
Por tanto, los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de
Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo
como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido
confiado. Como escribe de manera clara y precisa la primera carta de san
Pedro: «A los presbíteros que están entre vosotros les exhorto yo, como
copresbítero, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la
gloria que está para manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os está
encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios;
no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los
que os ha tocado guiar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando
aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se
marchita» (1 Pe 5, 1-4).
Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación
sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su
palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la
salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la
Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso
del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio
de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y
actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de
la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su
nombre.(27)
Al servicio de la Iglesia y del mundo
El sacerdote tiene como relación fundamental la que le une con
Jesucristo, Cabeza y Pastor. Así participa, de manera específica y
auténtica, de la «unción» y de la «misión» de Cristo (cf. Lc 4, 18-19).
Pero íntimamente unida a esta relación está la que tiene con la Iglesia.
No se trata de «relaciones» simplemente cercanas entre sí, sino unidas
interiormente en una especie de mutua inmanencia. La relación con la
Iglesia se inscribe en la única y misma relación del sacerdote con
Cristo, en el sentido de que la «representación sacramental» de Cristo
es la que instaura y anima la relación del sacerdote con la Iglesia.
En este sentido los Padres sinodales han dicho: «El sacerdote, en cuanto
que representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, se sitúa
no sólo en la Iglesia, sino también al frente de la Iglesia. El
sacerdocio, junto con la Palabra de Dios y los signos sacramentales, a
cuyo servicio está, pertenece a los elementos constitutivos de la
Iglesia. El ministerio del presbítero está totalmente al servicio de la
Iglesia; está para la promoción del ejercicio del sacerdocio común de
todo el Pueblo de Dios; está ordenado no sólo para la Iglesia
particular, sino también para la Iglesia universal (cf. Presbyterorum
Ordinis, 10), en comunión con el Obispo, con Pedro y bajo Pedro.
Mediante el sacerdocio del Obispo, el sacerdocio de segundo orden se
incorpora a la estructura apostólica de la Iglesia. Así el presbítero,
como los apóstoles, hace de embajador de Cristo (cf. 2 Cor 5, 20). En
esto se funda el carácter misionero de todo sacerdote.
Por tanto, el ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en los
Obispos, y en relación y comunión con ellos también en los presbíteros,
una referencia particular al ministerio originario de los apóstoles, al
cual sucede realmente, aunque el mismo tenga unas modalidades diversas.
De ahí que no se deba pensar en el sacerdocio ordenado como si fuese
anterior a la Iglesia, porque está totalmente al servicio de la misma;
pero tampoco como si fuera posterior a la comunidad eclesial, como si
ésta pudiera concebirse como constituida ya sin este sacerdocio.
La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en Él con su Iglesia, —en
virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del
sacerdote, o sea, en su misión o ministerio. En particular, «el
sacerdote ministro es servidor de Cristo, presente en la Iglesia
misterio, comunión y misión. Por el hecho de participar en la "unción" y
en la "misión" de Cristo, puede prolongar en la Iglesia su oración, su
palabra, su sacrificio, su acción salvífica. Y así es servidor de la
Iglesia misterio porque realiza los signos eclesiales y sacramentales de
la presencia de Cristo resucitado. Es servidor de la Iglesia comunión
porque —unido al Obispo y en estrecha relación con el presbiterio—
construye la unidad de la comunidad eclesial en la armonía de las
diversas vocaciones, carismas y servicios. Por último, es servidor de la
Iglesia misión porque hace a la comunidad anunciadora y testigo del
Evangelio».(29)
De este modo, por su misma naturaleza y misión sacramental, el sacerdote
aparece, en la estructura de la Iglesia, como signo de la prioridad
absoluta y gratuidad de la gracia que Cristo resucitado ha dado a su
Iglesia. Por medio del sacerdocio ministerial la Iglesia toma conciencia
en la fe de que no proviene de sí misma, sino de la gracia de Cristo en
el Espíritu Santo. Los apóstoles y sus sucesores, revestidos de una
autoridad que reciben de Cristo, Cabeza y Pastor, han sido puestos —con
su ministerio— al frente de la Iglesia, como prolongación visible y
signo sacramental de Cristo, que también está al frente de la Iglesia y
del mundo, como origen permanente y siempre nuevo de la salvación, Él,
que es «el salvador del Cuerpo» (Ef 5, 23)
El ministerio ordenado, por su propia naturaleza, puede ser desempeñado
sólo en la medida en que el presbítero esté unido con Cristo mediante la
inserción sacramental en el orden presbiteral, y por tanto en la medida
que esté en comunión jerárquica con el propio Obispo. El ministerio
ordenado tiene una radical «forma comunitaria» y puede ser ejercido sólo
como «una tarea colectiva».(30) Sobre este carácter de comunión del
sacerdocio ha hablado largamente el Concilio,(31) examinando claramente
la relación del presbítero con el propio Obispo, con los demás
presbíteros y con los fieles laicos.
El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión y colaboración
responsable y necesaria con el ministerio del Obispo, en su solicitud
por la Iglesia universal y por cada una de las Iglesias particulares, al
servicio de las cuales constituyen con el Obispo un único presbiterio.
Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los demás
miembros de este presbiterio, gracias al sacramento del Orden, con
vínculos particulares de caridad apostólica, de ministerio y de
fraternidad. En efecto, todos los presbíteros, sean diocesanos o
religiosos, participan en el único sacerdocio de Cristo, Cabeza y
Pastor, «trabajan por la misma causa, esto es, para la edificación del
cuerpo de Cristo, que exige funciones diversas y nuevas adaptaciones,
principalmente en estos tiempos»,(32) y se enriquece a través de los
siglos con carismas siempre nuevos.
Finalmente, los presbíteros se encuentran en relación positiva y
animadora con los laicos, ya que su figura y su misión en la Iglesia no
sustituye sino que más bien promueve el sacerdocio bautismal de todo el
Pueblo de Dios, conduciéndolo a su plena realización eclesial. Están al
servicio de su fe, de su esperanza y de su caridad. Reconocen y
defienden, como hermanos y amigos, su dignidad de hijos de Dios y les
ayudan a ejercitar en plenitud su misión específica en el ámbito de la
misión de la Iglesia.
El sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden, y el
sacerdocio común o «real» de los fieles, aunque diferentes esencialmente
entre sí y no sólo en grado,(34) están recíprocamente coordinados,
derivando ambos —de manera diversa— del único sacerdocio de Cristo. En
efecto, el sacerdocio ministerial no significa de por sí un mayor grado
de santidad respecto al sacerdocio común de los fieles; pero, por medio
de él, los presbíteros reciben de Cristo en el Espíritu un don
particular, para que puedan ayudar al Pueblo de Dios a ejercitar con
fidelidad y plenitud el sacerdocio común que les ha sido conferido.(35)
Como subraya el Concilio, «el don espiritual que los presbíteros
recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y
restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación hasta
los confines del mundo, pues cualquier ministerio sacerdotal participa
de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los
Apóstoles».(36) Por la naturaleza misma de su ministerio, deben por
tanto estar llenos y animados de un profundo espíritu misionero y «de un
espíritu genuinamente católico que les habitúe a trascender los límites
de la propia diócesis, nación o rito y proyectarse en una generosa ayuda
a las necesidades de toda la Iglesia y con ánimo dispuesto a predicar el
Evangelio en todas partes».(37)
Además, precisamente porque dentro de la Iglesia es el hombre de la
comunión, el presbítero debe ser, en su relación con todos los hombres,
el hombre de la misión y del diálogo. Enraizado profundamente en la
verdad y en la caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de
anunciar a todos su salvación, está llamado a establecer con todos los
hombres relaciones de fraternidad, de servicio, de búsqueda común de la
verdad, de promoción de la justicia y la paz. En primer lugar con los
hermanos de las otras Iglesias y confesiones cristianas; pero también
con los fieles de las otras religiones; con los hombres de buena
voluntad, de manera especial con los pobres y los más débiles, y con
todos aquellos que buscan, aun sin saberlo ni decirlo, la verdad y la
salvación de Cristo, según las palabras de Jesús, que dijo: «No
necesitan médico los que están sanos, sino los que están enfermos; no he
venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).
Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva
evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo
ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el
testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente
inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo
de vida pastoral, marcado por la profunda comunión con el Papa, con los
Obispos y entre sí, y por una colaboración fecunda con los fieles
laicos, en el respeto y la promoción de los diversos cometidos, carismas
y ministerios dentro de la comunidad eclesial.(38)
«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21).
Escuchemos una vez más estas palabras de Jesús, a la luz del sacerdocio
ministerial que hemos presentado en su naturaleza y en su misión. El
«hoy» del que habla Jesús indica el tiempo de la Iglesia, precisamente
porque pertenece a la «plenitud del tiempo», o sea, el tiempo de la
salvación plena y definitiva. La consagración y la misión de Cristo: «El
Espíritu del Señor... me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena
Nueva» (Lc 4, 18), son la raíz viva de la que brotan la consagración y
la misión de la Iglesia «plenitud» de Cristo (cf. Ef 1, 23). Con la
regeneración bautismal desciende sobre todos los creyentes el Espíritu
del Señor, que los consagra para formar un templo espiritual y un
sacerdocio santo y los envía a dar a conocer los prodigios de Aquel que,
desde las tinieblas, los ha llamado a su luz admirable (cf. 1 Pe 2,
4-10). El presbítero participa de la consagración y misión de Cristo de
un modo específico y auténtico, o sea, mediante el sacramento del Orden,
en virtud del cual está configurado en su ser con Cristo, Cabeza y
Pastor, y comparte la misión de «anunciar a los pobres la Buena
Noticia», en el nombre y en la persona del mismo Cristo.
En su Mensaje final los Padres sinodales han resumido, en pocas pero muy
ricas palabras, la «verdad», más aún el «misterio» y el «don» del
sacerdocio ministerial, diciendo: «Nuestra identidad tiene su fuente
última en la caridad del Padre. Con el sacerdocio ministerial, por la
acción del Espíritu Santo, estamos unidos sacramentalmente al Hijo,
enviado por el Padre como Sumo Sacerdote y buen Pastor. La vida y el
ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del
mismo Cristo. Ésta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la
fuente de nuestra alegría, la certeza de nuestra vida».
EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ
SOBRE MÍ
La vida espiritual del sacerdote una vocación específica a la santidad
«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu no está
simplemente sobre el Mesías, sino que lo llena, lo penetra, lo invade en
su ser y en su obrar. En efecto, el Espíritu es el principio de la
consagración y de la misión del Mesías: porque me ha ungido para
anunciar a los pobres la Buena Nueva ... (Lc 4, 18). En virtud del
Espíritu, Jesús pertenece total y exclusivamente a Dios, participa de la
infinita santidad de Dios que lo llama, elige y envía. Así el Espíritu
del Señor se manifiesta como fuente de santidad y llamada a la
santificación.
Este mismo «Espíritu del Señor» está «sobre» todo el Pueblo de Dios,
constituido como pueblo «consagrado» a Él y «enviado» por Él para
anunciar el Evangelio que salva. Los miembros del Pueblo de Dios son
«embebidos» y «marcados» por el Espíritu (cf. 1 Cor 12, 13; 2 Cor 1,
21ss; Ef 1, 13; 4, 30), y llamados a la santidad.
En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la vocación fundamental que
el Padre dirige a todos desde la eternidad: la vocación a ser «santos e
inmaculados en su presencia, en el amor», en virtud de la predestinación
«para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 4-5) .
Revelándonos y comunicándonos esta vocación, el Espíritu se hace en
nosotros principio y fuente de su realización: él, el Espíritu del Hijo
(cf.Gál 4, 6), nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes de su
vida filial, o sea, de su amor al Padre y a los hermanos. «Si vivimos
según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gál 5, 25). Con
estas palabras el apóstol Pablo nos recuerda que la existencia cristiana
es «vida espiritual», o sea, vida animada y dirigida por el Espíritu
hacia la santidad o perfección de la caridad.
La afirmación del Concilio, «todos los fieles, de cualquier estado o
condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección de la caridad»,(40) encuentra una particular aplicación
referida a los presbíteros. Éstos son llamados no sólo en cuanto
bautizados, sino también y específicamente en cuanto presbíteros, es
decir, con un nuevo título y con modalidades originales que derivan del
sacramento del Orden.
El Decreto conciliar sobre el
ministerio y vida de los presbíteros nos ofrece una síntesis rica y
alentadora sobre la «vida espiritual» de los sacerdotes y sobre el don y
la responsabilidad de hacerse «santos». «Por el sacramento del Orden se
configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la
Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia,
como cooperadores del Orden episcopal. Cierto que ya en la consagración
del bautismo —al igual que todos los fieles de Cristo— recibieron el
signo y don de tan gran vocación y gracia, a fin de que, aun con la
flaqueza humana, puedan y deban aspirar a la perfección, según la
palabra del Señor: "Vosotros, pues, sed perfectos, como es perfecto
vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48). Ahora bien, los sacerdotes están
obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que,
consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del Orden, se
convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno, para
proseguir en el tiempo la obra admirable del que, con celeste eficacia,
reintegró a todo el género humano. Por tanto, puesto que todo sacerdote
personifica de modo específico al mismo Cristo, es también enriquecido
de gracia particular para que pueda alcanzar mejor, por el servicio de
los fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la
perfección de Aquel a quien representa, y cure la flaqueza humana de la
carne la santidad de Aquel que fue hecho para nosotros pontífice "santo,
inocente, incontaminado, apartado de los pecadores" (Heb 7, 26)».(41)
El Concilio afirma, ante todo, la «común» vocación a la santidad. Esta
vocación se fundamenta en el Bautismo, que caracteriza al presbítero
como un «fiel» (Christifidelis), como un «hermano entre hermanos»,
inserto y unido al Pueblo de Dios, con el gozo de compartir los dones de
la salvación (cf. Ef 4, 4-6) y el esfuerzo común de caminar «según el
Espíritu», siguiendo al único Maestro y Señor. Recordemos la célebre
frase de San Agustín: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy
cristiano. Aquél es un nombre de oficio recibido, éste es un nombre de
gracia; aquél es un nombre de peligro, éste de salvación».(42)
Con la misma claridad el texto conciliar habla de una vocación
«específica» a la santidad, y más precisamente de una vocación que se
basa en el sacramento del Orden, como sacramento propio y específico del
sacerdote, en virtud pues de una nueva consagración a Dios mediante la
ordenación. A esta vocación específica alude también San Agustín, que, a
la afirmación «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano»,
añade esta otra: «Siendo, pues, para mí causa del mayor gozo el haber
sido rescatado con vosotros, que el haber sido puesto a la cabeza,
siguiendo el mandato del Señor, me dedicaré con el mayor empeño a
serviros, para no ser ingrato a quien me ha rescatado con aquel precio
que me ha hecho ser vuestro consiervo».(43)
El texto del Concilio va más allá, señalando algunos elementos
necesarios para definir el contenido de la «especificidad» de la vida
espiritual de los presbíteros. Son éstos elementos que se refieren a la
«consagración» propia de los presbíteros, que los configura con
Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia; los configura con la «misión»
o ministerio típico de los mismos presbíteros, la cual los capacita y
compromete para ser «instrumentos vivos de Cristo Sacerdote eterno» y
para actuar «personificando a Cristo mismo»; los configura en su «vida»
entera, llamada a manifestar y testimoniar de manera original el
«radicalismo evangélico».(44)
La configuración con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y la caridad pastoral
Mediante la consagración sacramental, el sacerdote se configura con
Jesucristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y recibe como don
una «potestad espiritual», que es participación de la autoridad con la
cual Jesucristo, mediante su Espíritu, guía la Iglesia.(45)
Gracias a esta consagración obrada por el Espíritu Santo en la efusión
sacramental del Orden, la vida espiritual del sacerdote queda
caracterizada, plasmada y definida por aquellas actitudes y
comportamientos que son propios de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la
Iglesia y que se compendian en su caridad pastoral.
La configuración con
Jesucristo, Cabeza y Pastor, y la caridad pastoral
Jesucristo es Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo. Es «Cabeza» en el sentido
nuevo y original de ser «Siervo», según sus mismas palabras: «Tampoco el
Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida
como rescate por muchos» (Mc 10, 45). El servicio de Jesús llega a su
plenitud con la muerte en cruz, o sea, con el don total de sí mismo, en
la humildad y el amor: «se despojó de sí mismo tomando condición de
siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como
hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de
cruz ...» (Flp 2, 78). La autoridad de Jesucristo Cabeza coincide pues
con su servicio, con su don, con su entrega total, humilde y amorosa a
la Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre: él es el único y
verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote y Víctima a la vez.
Este tipo concreto de autoridad, o sea, el servicio a la Iglesia, debe
animar y vivificar la existencia espiritual de todo sacerdote,
precisamente como exigencia de su configuración con Jesucristo, Cabeza y
Siervo de la Iglesia.(46) San Agustín exhortaba de esta forma a un
obispo en el día de su ordenación: «El que es cabeza del pueblo debe,
antes que nada, darse cuenta de que es servidor de muchos. Y no se
desdeñe de serlo, repito, no se desdeñe de ser el servidor de muchos,
porque el Señor de los señores no se desdeñó de hacerse nuestro
siervo».(47)
La vida espiritual de los ministros del Nuevo Testamento deberá estar
caracterizada, pues, por esta actitud esencial de servicio al Pueblo de
Dios (cf. Mt 20, 24ss,; Mc 10, 43-44), ajena a toda presunción y a todo
deseo de «tiranizar» la grey confiada (cf. 1 Pe 5, 2-3). Un servicio
llevado como Dios espera y con buen espíritu. De este modo los
ministros, los «ancianos» de la comunidad, o sea, los presbíteros,
podrán ser «modelo» de la grey del Señor que, a su vez, está llamada a
asumir ante el mundo entero esta actitud sacerdotal de servicio a la
plenitud de la vida del hombre y a su liberación integral.
La imagen de Jesucristo, Pastor de la Iglesia, su grey, vuelve a
proponer, con matices nuevos y más sugestivos, los mismos contenidos de
la imagen de Jesucristo, Cabeza y Siervo. Verifi-cándose el anuncio
profético del Mesías Salvador, cantado gozosamente por el salmista y por
el profeta Ezequiel (cf. Sal 22-23; Ez 34, 11ss), Jesús se presenta a sí
mismo como «el buen Pastor» (Jn 10, 11.14), no sólo de Israel, sino de
todos los hombres (cf. Jn 10, 16). Y su vida es una manifestación
ininterrumpida, es más, una realización diaria de su «caridad pastoral».
Él siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas,
como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36); él busca las dispersas y las
descarriadas (cf. Mt 18, 12-14) y hace fiesta al encontrarlas, las
recoge y defiende, las conoce y llama una a una (cf. Jn 10, 3), las
conduce a los pastos frescos y a las aguas tranquilas (cf. Sal 22-23),
para ellas prepara una mesa, alimentándolas con su propia vida. Esta
vida la ofrece el buen Pastor con su muerte y resurrección, como canta
la liturgia romana de la Iglesia: «Ha resucitado el buen Pastor que dio
la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya».(48)
Pedro llama a Jesús el «supremo Pastor» (1 Pe 5, 4), porque su obra y
misión continúan en la Iglesia a través de los apóstoles (cf. Jn 21,
15-17) y sus sucesores (cf.1 Pe 5, 1ss), y a través de los presbíteros.
En virtud de su consagración, los presbíteros están configurados con
Jesús, buen Pastor, y llamados a imitar y revivir su misma caridad
pastoral.
La entrega de Cristo a la Iglesia, fruto de su amor, se caracteriza por
aquella entrega origina-ria que es propia del esposo hacia su esposa,
co-mo tantas veces sugieren los textos sagrados. Jesús es el verdadero
esposo, que ofrece el vino de la salvación a la Iglesia (cf. Jn 2, 11).
Él, que es «Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuer-po» (Ef 5, 23),
«amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla,
purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y
presentársela a sí mismo resplande-ciente; sin que tenga mancha ni
arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27).
La Iglesia es, desde luego, el cuerpo en el que está presente y operante
Cristo Cabeza, pero es también la Esposa que nace, como nueva Eva, del
costado abierto del Redentor en la cruz; por esto Cristo está «al
frente» de la Iglesia, «la alimenta y la cuida» (Ef 5, 29) mediante la
entrega de su vida por ella.
El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la
Iglesia.(49) Ciertamente es siempre parte de la comunidad a la que
pertenece como creyente, junto con los otros hermanos y hermanas
convocados por el Espíritu, pero en virtud de su configuración con
Cristo, Cabeza y Pastor, se encuentra en esta situación esponsal ante la
comunidad. «En cuanto representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la
Iglesia, el sacerdote está no sólo en la Iglesia, sino también al frente
de la Iglesia».(50) Por tanto, está llamado a revivir en su vida
espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia esposa. Su vida debe
estar iluminada y orientada también por este rasgo esponsal, que le pide
ser testigo del amor de Cristo como Esposo y, por eso, ser capaz de amar
a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia
de sí mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una
especie de «celo» divino (cf. 2 Cor 11, 2), con una ternura que incluso
asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los «dolores
de parto» hasta que «Cristo no sea formado» en los fieles (cf. Gál 4,
19).
23. El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual
del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la
caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de
Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y
llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero.
El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la
total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su
imagen. «La caridad pastoral es aquella virtud con la que nosotros
imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo
aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra
el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro
modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Y
resulta particularmente exigente para nosotros...».(51)
El don de nosotros mismos, raíz y síntesis de la caridad pastoral, tiene
como destinataria la Iglesia. Así lo ha hecho Cristo «que amó a la
Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5, 25); así debe hacerlo
el sacerdote. Con la caridad pastoral, que caracteriza el ejercicio del
ministerio sacerdotal como «amoris officium», «el sacerdote, que recibe
la vocación al ministerio, es capaz de hacer de éste una elección de
amor, para el cual la Iglesia y las almas constituyen su principal
interés y, con esta espiritualidad concreta, se hace capaz de amar a la
Iglesia universal y a aquella porción de Iglesia que le ha sido
confiada, con toda la entrega de un esposo hacia su esposa». El don de
sí no tiene límites, ya que está marcado por la misma fuerza apostólica
y misionera de Cristo, el buen Pastor, que ha dicho: «también tengo
otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que
conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor»
(Jn 10, 16).
Dentro de la comunidad eclesial, la caridad pastoral del sacerdote le
pide y exige de manera particular y específica una relación personal con
el presbiterio, unido en y con el Obispo, come dice expresamente el
Concilio: «La caridad pastoral pide que, para no correr en vano,
trabajen siempre los presbíteros en vínculo de comunión con los Obispos
y con los otros hermanos en el sacerdocio».
El don de sí mismo a la Iglesia se refiere a ella como cuerpo y esposa
de Jesucristo. Por esto la caridad del sacerdote se refiere
primariamente a Jesucristo: solamente si ama y sirve a Cristo, Cabeza y
Esposo, la caridad se hace fuente, criterio, medida, impulso del amor y
del servicio del sacerdote a la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo. Ésta
ha sido la conciencia clara y profunda del apóstol Pablo, que escribe a
los cristianos de la Iglesia de Corinto: somos «siervos vuestros por
Jesús» (2 Cor 4, 5). Ésta es, sobre todo, la enseñanza explícita y
programática de Jesús, cuando confía a Pedro el ministerio de apacentar
la grey sólo después de su triple confesión de amor e incluso de un amor
de predilección: «Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me
quieres?"... Pedro... le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te
quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis ovejas"» (Jn 21, 17).
La caridad pastoral, que tiene
su fuente específica en el sacramento del Orden, encuentra su expresión
plena y su alimento supremo en la Eucaristía: «Esta caridad pastoral
—dice el Concilio— fluye ciertamente, sobre todo, del sacrificio
eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del
presbítero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir
en sí misma lo que se hace en el ara sacrificial».(55) En efecto, en la
Eucaristía es donde se representa, es decir, se hace de nuevo presente
el sacrificio de la cruz, el don total de Cristo a su Iglesia, el don de
su cuerpo entregado y de su sangre derramada, como testimonio supremo de
su ser Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia. Precisamente por
esto la caridad pastoral del sacerdote no sólo fluye de la Eucaristía,
sino que encuentra su más alta realización en su celebración, así como
también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de impregnar de
manera «sacrificial» toda su existencia.
Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico
capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote.
Gracias a la misma puede encontrar respuesta la exigencia esencial y
permanente de unidad entre la vida interior y tantas tareas y
responsabilidades del ministerio, exigencia tanto más urgente en un
contexto sociocultural y eclesial fuertemente marcado por la
complejidad, la fragmentación y la dispersión. Solamente la
concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opción
fundamental y determinante de «dar la vida por la grey» puede garantizar
esta unidad vital, indispensable para la armonía y el equilibrio
espiritual del sacerdote: «La unidad de vida —nos recuerda el Concilio—
pueden construirla los presbíteros si en el cumplimiento de su
ministerio siguieren el ejemplo de Cristo, cuyo alimento era hacer la
voluntad de Aquel que lo envió para que llevara a cabo su obra ... Así,
desempeñando el oficio de buen Pastor, en el mismo ejercicio de la
caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfección sacerdotal, que
reduzca a unidad su vida y acción».
La vida espiritual en el
ejercicio del ministerio
El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar
el Evangelio (cf. Lc 4, 18). La misión no es un elemento extrínseco o
yuxtapuesto a la consagración, sino que constituye su finalidad
intrínseca y vital: la consagración es para la misión. De esta manera,
no sólo la consagración, sino también la misión está bajo el signo del
Espíritu, bajo su influjo santificador.
Así fue en Jesús. Así fue en los apóstoles y en sus sucesores. Así es en
toda la Iglesia y en sus presbíteros: todos reciben el Espíritu como don
y llamada a la santificación en el cumplimiento de la misión y a través
de ella.
Existe por tanto una relación íntima entre la vida espiritual del
presbítero y el ejercicio de su ministerio, descrita así por el
Concilio: «Al ejercer el ministerio del Espíritu y de la justicia (cf. 2
Cor 3, 8-9), (los presbíteros) si son dóciles al Espíritu de Cristo, que
los vivifica y guía, se afirman en la vida del espíritu. Ya que por las
mismas acciones sagradas de cada día, como por todo su ministerio, que
ejercen unidos con el Obispo y los presbíteros, ellos mismos se ordenan
a la perfección de vida. Por otra parte, la santidad misma de los
presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio
ministerio».
«Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». Ésta es la
invitación, la exhortación que la Iglesia hace al presbítero en el rito
de la ordenación, cuando se le entrega las ofrendas del pueblo santo
para el sacrificio eucarístico. El «misterio», cuyo «dispensador» es el
presbítero (cf. 1 Cor 4,1), es, en definitiva, Jesucristo mismo, que en
el Espíritu Santo es fuente de santidad y llamada a la santificación. El
«misterio» requiere ser vivido por el presbítero. Por esto exige gran
vigilancia y viva conciencia. Y así, el rito de la ordenación antepone a
esas palabras la recomendación: «Considera lo que realizas». Ya
exhortaba Pablo al obispo Timoteo: «No descuides el carisma que hay en
ti» (1 Tim 4, 14; cf. 2 Tim 1, 6).
La relación entre la vida
espiritual y el ejercicio del ministerio sacerdotal puede encontrar su
explicación también a partir de la caridad pastoral otorgada por el
sacramento del Orden. El ministerio del sacerdote, precisamente porque
es una participación del ministerio salvífico de Jesucristo, Cabeza y
Pastor, expresa y revive su caridad pastoral, que es a la vez fuente y
espíritu de su servicio y del don de sí mismo. En su realidad objetiva
el ministerio sacerdotal es «amoris officium», según la ya citada
expresión de San Agustín. Precisamente esta realidad objetiva es el
fundamento y la llamada para un ethos correspondiente, que es el vivir
el amor, como dice el mismo San Agustín: «Sit amoris officium pascere
dominicum gregem». Este ethos, y también la vida espiritual, es la
acogida de la «verdad» del ministerio sacerdotal como «amoris officium»
en la conciencia y en la libertad, y por tanto en la mente y el corazón,
en las decisiones y las acciones.
25. Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a través del
ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve continuamente y
profundice cada vez más la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en
virtud de la consagración sacramental y de la configuración con Él,
Cabeza y Pastor de la Iglesia.
Esa conciencia no sólo corresponde a la verdadera naturaleza de la
misión que el sacerdote desarrolla en favor de la Iglesia y de la
humanidad, sino que influye también en la vida espiritual del sacerdote
que cumple esa misión. En efecto, el sacerdote es escogido por Cristo no
como una «cosa», sino como una «persona» No es un instrumento inerte y
pasivo, sino un «instrumento vivo», como dice el Concilio, precisamente
al hablar de la obligación de tender a la perfección. Y el mismo
Concilio habla de los sacerdotes como «compañeros y colaboradores» del
Dios «santo y santificador».
En este sentido, en el ejercicio del ministerio está profundamente
comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote.
Su relación con Jesucristo, asegurada por la consagración y
configuración del sacramento del Orden, instaura y exige en el sacerdote
una posterior relación que procede de la intención, es decir, de la
voluntad consciente y libre de hacer, mediante los gestos ministeriales,
lo que quiere hacer la Iglesia. Semejante relación tiende, por su propia
naturaleza, a hacerse lo más profunda posible, implicando la mente, los
sentimientos, la vida, o sea, una serie de «disposiciones» morales y
espirituales correspondientes a los gestos ministeriales que el
sacerdote realiza.
No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente
la celebración de los Sacramentos, recibe su eficacia salvífica de la
acción misma de Jesucristo, hecha presente en los Sacramentos. Pero por
un designio divino, que quiere resaltar la absoluta gratuidad de la
salvación, haciendo del hombre un «salvado» a la vez que un «salvador»
—siempre y sólo con Jesucristo—, la eficacia del ejercicio del
ministerio está condicionada también por la mayor o menor acogida y
participación humana.(63) En particular, la mayor o menor santidad del
ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la
celebración de los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la
caridad. Lo afirma con claridad el Concilio: «La santidad misma de los
presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio
ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios puede llevar a cabo
la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo,
Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes,
más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima
unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol:
"Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gál 2, 20)».
La conciencia de ser ministro de
Jesucristo, Cabeza y Pastor, lleva consigo también la conciencia
agradecida y gozosa de una gracia singular recibida de Jesucristo: la
gracia de haber sido escogido gratuitamente por el Señor como
«instrumento vivo» de la obra de salvación. Esta elección demuestra el
amor de Jesucristo al sacerdote. Precisamente este amor, más que
cualquier otro amor, exige correspondencia. Después de su resurrección
Jesús hace a Pedro una pregunta fundamental sobre el amor: «Simón de
Juan, ¿me amas más que éstos?». Y a la respuesta de Pedro sigue la
entrega de la misión: «Apacienta mis corderos» (Jn 21, 15). Jesús
pregunta a Pedro si lo ama, antes de entregarle su grey. Pero es, en
realidad, el amor libre y precedente de Jesús mismo el que origina su
pregunta al apóstol y la entrega de «sus» ovejas. Y así, todo gesto
ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a
madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza,
Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como
respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo. A su
vez, el crecimiento del amor a Jesucristo determina el crecimiento del
amor a la Iglesia: «Somos vuestros pastores (pascimus vobis), con
vosotros somos apacentados (pascimur vobiscum). El Señor nos dé la
fuerza de amaros hasta el punto de poder morir real o afectivamente por
vosotros (aut effectu aut affectu)».
Gracias a la preciosa enseñanza del Concilio Vaticano II, podemos
recordar las condiciones y exigencias, las modalidades y frutos de la
íntima relación que existe entre la vida espiritual del sacerdote y el
ejercicio de su triple ministerio: la Palabra, el Sacramento y el
servicio de la Caridad.
El sacerdote es, ante todo,
ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a
todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de
la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada
vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros
en Cristo. Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en tener una
gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer
su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita
acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella
penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de
sí una mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1 Cor 2, 16), de modo que
sus palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una
transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio. Solamente
«permaneciendo» en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del
Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre, superando todo
condicionamiento contrario o extraño al Evangelio (cf. Jn 8, 31-32). El
sacerdote debe ser el primer «creyente» de la Palabra, con la plena
conciencia de que las palabras de su ministerio no son «suyas», sino de
Aquel que lo ha enviado. Él no es el dueño de esta Palabra: es su
servidor. Él no es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el
Pueblo de Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar,
el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su
permanente necesidad de ser evangelizado. Él anuncia la Palabra en su
calidad de ministro, partícipe de la autoridad profética de Cristo y de
la Iglesia. Por esto, por tener en sí mismo y ofrecer a los fieles la
garantía de que transmite el Evangelio en su integridad, el sacerdote ha
de cultivar una sensibilidad, un amor y una disponibilidad particulares
hacia la Tradi-ción viva de la Iglesia y de su Magisterio, que no son
extraños a la Palabra, sino que sirven para su recta interpretación y
para custodiar su sentido auténtico.
Es sobre todo en la celebración de los Sacramentos, y en la celebración
de la Liturgia de las Horas, donde el sacerdote está llamado a vivir y
testimoniar la unidad profunda entre el ejercicio de su ministerio y su
vida espiritual: el don de gracia ofrecido a la Iglesia se hace
principio de santidad y llamada a la santificación. También para el
sacerdote el lugar verdaderamente central, tanto de su ministerio como
de su vida espiritual, es la Eucaristía, porque en ella «se contiene
todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra
Pascua y Pan vivo, que mediante su carne, vivificada y vivificante por
el Espíritu Santo, da la vida a los hombres. Así son ellos invitados y
conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas sus cosas en
unión con Él mismo».
De los diversos Sacramentos y, en particular, de la gracia específica y
propia de cada uno de ellos, la vida espiritual del presbítero recibe
unas connotaciones particulares. En efecto, se estructura y es plasmada
por las múltiples características y exigencias de los diversos
Sacramentos celebrados y vividos.
Quiero dedicar unas palabras al Sacramento de la Penitencia, cuyos
ministros son los sacerdotes, pero deben ser también sus beneficiarios,
haciéndose testigos de la misericordia de Dios por los pecadores. Repito
cuanto escribí en la Exhortación Reconciliatio et paenitentia: «La vida
espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y
religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente
práctica personal del Sacramento de la Penitencia. La celebración de la
Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos, el celo pastoral,
la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la
colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una palabra toda la
existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por
negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en
una auténtica fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un
sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote
y su ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la
Comunidad de la que es pastor»
El sacerdote está llamado a revivir la autoridad y el servicio de
Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, animando y guiando la
comunidad eclesial, o sea, reuniendo «la familia de Dios, como una
fraternidad animada en la unidad» y conduciéndola «al Padre por medio de
Cristo en el Espíritu Santo». Este «munus regendi» es una misión muy
delicada y compleja, que incluye, además de la atención a cada una de
las personas y a las diversas vocaciones, la capacidad de coordinar
todos los dones y carismas que el Espíritu suscita en la comunidad,
examinándolos y valorándolos para la edificación de la Iglesia, siempre
en unión con los Obispos. Se trata de un ministerio que pide al
sacerdote una vida espiritual intensa, rica de aquellas cualidades y
virtudes que son típicas de la persona que preside y «guía» una
comunidad; del «anciano» en el sentido más noble y rico de la palabra.
En él se esperan ver virtudes como la fidelidad, la coherencia, la
sabiduría, la acogida de todos, la afabilidad, la firmeza doctrinal en
las cosas esenciales, la libertad sobre los puntos de vista subjetivos,
el desprendimiento personal, la paciencia, el gusto por el esfuerzo
diario, la confianza en la acción escondida de la gracia que se
manifiesta en los sencillos y en los pobres (cf. Tit 1, 7-8).
Existencia sacerdotal y radicalismo evangélico
«El Espíritu del Señor sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu Santo recibido
en el sacramento del Orden es fuente de santidad y llamada a la
santificación, no sólo porque configura al sacerdote con Cristo, Cabeza
y Pastor de la Iglesia, y le confía la misión profética, sacerdotal y
real para que la lleve a cabo personificando a Cristo, sino también
porque anima y vivifica su existencia de cada día, enriqueciéndola con
dones y exigencias, con virtudes y fuerzas, que se compendian en la
caridad pastoral. Esta caridad es síntesis unificante de los valores y
de las virtudes evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su
desarrollo hasta la perfección cristiana.
Para todos los cristianos, sin
excepciones, el radicalismo evangélico es una exigencia fundamental e
irrenunciable, que brota de la llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo,
en virtud de la íntima comunión de vida con él, realizada por el
Espíritu (cf. Mt 8, 18ss; 10, 37ss; Mc 8, 34-38; 10, 17-21; Lc 9, 57ss).
Esta misma exigencia se presenta a los sacerdotes, no sólo porque están
«en» la Iglesia, sino también porque están «al frente» de ella, al estar
configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, capacitados y comprometidos
para el ministerio ordenado, vivificados por la caridad pastoral. Ahora
bien, dentro del radicalismo evangélico y como manifestación del mismo
se encuentra un rico florecimiento de múltiples virtudes y exigencias
éticas, que son decisivas para la vida pastoral y espiritual del
sacerdote, como, por ejemplo, la fe, la humildad ante el misterio de
Dios, la misericordia, la prudencia. Expresión privilegiada del
radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el
Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos,
íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza: el
sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las
finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia
del presbítero y la expresan.
«Entre las virtudes más necesarias en el ministerio de los presbíteros,
recordemos la disposición de ánimo para estar siempre prontos para
buscar no la propia voluntad, sino el cumplimiento de la voluntad de
aquel que los ha enviado (cf. Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38)». Se trata de la
obediencia, que, en el caso de la vida espiritual del sacerdote,
presenta algunas características peculiares.
Es, ante todo, una obediencia «apostólica», en cuanto que reconoce, ama
y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. En verdad no se da
ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontífice y con el
Colegio episcopal, particularmente con el propio Obispo diocesano, hacia
los que debe observarse la «obediencia y respeto» filial, prometidos en
el rito de la ordenación.
La obediencia cristiana, auténtica, motivada y vivida rectamente sin
servilismos, ayuda al presbítero a ejercer con transparencia evangélica
la autoridad que le ha sido confiada en relación con el Pueblo de Dios:
sin autoritarismos y sin decisiones demagógicas. Sólo el que sabe
obedecer en Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la obediencia
de los demás.
La obediencia del presbítero presenta además una exigencia comunitaria;
en efecto, no se trata de la obediencia de alguien que se relaciona
individualmente con la autoridad, sino que el presbítero está
profundamente inserto en la unidad del presbiterio, que, como tal, está
llamado a vivir en estrecha colaboración con el Obispo y, a través de
él, con el sucesor de Pedro.
Este aspecto de la obediencia del sacerdote exige una gran ascesis,
tanto en el sentido de capacidad a no dejarse atar demasiado a las
propias preferencias o a los propios puntos de vista, como en el sentido
de permitir a los hermanos que puedan desarrollar sus talentos y sus
aptitudes, más allá de todo celo, envidia o rivalidad. La obediencia del
sacerdote es una obediencia solidaria, que nace de su pertenencia al
único presbiterio y que siempre dentro de él y con él aporta
orientaciones y toma decisiones corresponsables.
Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial «carácter de
pastoralidad». Es decir, se vive en un clima de constante disponibilidad
a dejarse absorber, y casi «devorar», por las necesidades y exigencias
de la grey. Es verdad que estas exigencias han de tener una justa
racionalidad, y a veces han de ser seleccionadas y controladas; pero es
innegable que la vida del presbítero está ocupada, de manera total, por
el hambre del evangelio, de la fe, la esperanza y el amor de Dios y de
su misterio, que de modo más o menos consciente está presente en el
Pueblo de Dios que le ha sido confiado.
Entre los consejos evangélicos
—dice el Concilio—, «destaca el precioso don de la divina gracia,
concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Cor 7, 7), para que
se consagren sólo a Dios con un corazón que en la virginidad y el
celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Cor 7, 32-34). Esta
perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida
en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la
caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en
el mundo».(76) En la virginidad y el celibato la castidad mantiene su
significado original, a saber, el de una sexualidad humana vivida como
auténtica manifestación y precioso servicio al amor de comunión y de
donación interpersonal. Este significado subsiste plenamente en la
virginidad, que realiza, en la renuncia al matrimonio, el «significado
esponsalicio» del cuerpo mediante una comunión y una donación personal a
Jesucristo y a su Iglesia, que prefiguran y anticipan la comunión y la
donación perfectas y definitivas del más allá: «En la virginidad el
hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas
escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia
con la esperanza de que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la
vida eterna».(77)
A esta luz se pueden comprender y apreciar más fácilmente los motivos de
la decisión multisecular que la Iglesia de Occidente tomó y sigue
manteniendo —a pesar de todas las dificultades y objeciones surgidas a
través de los siglos—, de conferir el orden presbiteral sólo a hombres
que den pruebas de ser llamados por Dios al don de la castidad en el
celibato absoluto y perpetuo.
Los Padres sinodales han expresado con claridad y fuerza su pensamiento
con una Proposición importante, que merece ser transcrita íntegra y
literalmente: «Quedando en pie la disciplina de las Iglesias Orientales,
el Sínodo, convencido de que la castidad perfecta en el celibato
sacerdotal es un carisma, recuerda a los presbíteros que ella constituye
un don inestimable de Dios a la Iglesia y representa un valor profético
para el mundo actual.
Este Sínodo afirma nuevamente y
con fuerza cuanto la Iglesia Latina y algunos ritos orientales
determinan, a saber, que el sacerdocio se confiera solamente a aquellos
hombres que han recibido de Dios el don de la vocación a la castidad
célibe (sin menoscabo de la tradición de algunas Iglesias orientales y
de los casos particulares del clero casado proveniente de las
conversiones al catolicismo, para los que se hace excepción en la
encíclica de Pablo VI sobre el celibato sacerdotal, n. 42). El Sínodo no
quiere dejar ninguna duda en la mente de nadie sobre la firme voluntad
de la Iglesia de mantener la ley que exige el celibato libremente
escogido y perpetuo para los candidatos a la ordenación sacerdotal en el
rito latino. El Sínodo solicita que el celibato sea presentado y
explicado en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual, como
precioso don dado por Dios a su Iglesia y como signo del Reino que no es
de este mundo, signo también del amor de Dios a este mundo, y del amor
indiviso del sacerdote a Dios y al Pueblo de Dios, de modo que el
celibato sea visto como enriquecimiento positivo del sacerdocio».
Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la motivación
teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato. En cuanto ley, ella
expresa la voluntad de la Iglesia, antes aún que la voluntad que el
sujeto manifiesta con su disponibilidad. Pero esta voluntad de la
Iglesia encuentra su motivación última en la relación que el celibato
tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con
Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de
Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo
como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso el celibato
sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa
el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor.
Para una adecuada vida
espiritual del sacerdote es preciso que el celibato sea considerado y
vivido no como un elemento aislado o puramente negativo, sino como un
aspecto de una orientación positiva, específica y característica del
sacerdote: él, dejando padre y madre, sigue a Jesús, buen Pastor, en una
comunión apostólica, al servicio del Pueblo de Dios. Por tanto, el
celibato ha de ser acogido con libre y amorosa decisión, que debe ser
continuamente renovada, como don inestimable de Dios, como «estímulo de
la caridad pastoral», como participación singular en la paternidad de
Dios y en la fecundidad de la Iglesia, como testimonio ante el mundo del
Reino escatológico. Para vivir todas las exigencias morales, pastorales
y espirituales del celibato sacerdotal es absolutamente necesaria la
oración humilde y confiada, como nos recuerda el Concilio: «Cuanto más
imposible se considera por no pocos hombres la perfecta continencia en
el mundo de hoy, tanto más humilde y perseverantemente pedirán los
presbíteros, a una con la Iglesia, la gracia de la fidelidad, que nunca
se niega a los que la piden, empleando, al mismo tiempo, todos los
medios sobrenaturales y naturales, que están al alcance de todos».(80)
Será la oración, unida a los Sacramentos de la Iglesia y al esfuerzo
ascético, los que infundan esperanza en las dificultades, perdón en las
faltas, confianza y ánimo en el volver a comenzar.
De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado una descripción
muy concisa y profunda, presentándola como «sumisión de todos los bienes
al Bien supremo de Dios y de su Reino». En realidad, sólo el que
contempla y vive el misterio de Dios como único y sumo Bien, como
verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y vivir la pobreza, que
no es ciertamente desprecio y rechazo de los bienes materiales, sino el
uso agradecido y cordial de estos bienes y, a la vez, la gozosa renuncia
a ellos con gran libertad interior, esto es, hecha por Dios y
obedeciendo sus designios.
La pobreza del sacerdote, en
virtud de su configuración sacramental con Cristo, Cabeza y Pastor,
tiene características «pastorales» bien precisas, en las que se han
fijado los Padres sinodales, recordando y desarrollando las enseñanzas
conciliares. Afirman, entre otras cosas: «Los sacerdotes, siguiendo el
ejemplo de Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre por nuestro amor
(cf. 2 Cor 8, 9), deben considerar a los pobres y a los más débiles como
confiados a ellos de un modo especial y deben ser capaces de testimoniar
la pobreza con una vida sencilla y austera, habituados ya a renunciar
generosamente a las cosas superfluas (Optatam totius, 9; C.I.C., can.
282)».
Es verdad que «el obrero merece su salario» (Lc 10, 7) y que «el Señor
ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio» (1
Cor 9, 14); pero también es verdad que este derecho del apóstol no puede
absolutamente confundirse con una especie de pretensión de someter el
servicio del evangelio y de la Iglesia a las ventajas e intereses que
del mismo puedan derivarse. Sólo la pobreza asegura al sacerdote su
disponibilidad a ser enviado allí donde su trabajo sea más útil y
urgente, aunque comporte sacrificio personal. Ésta es una condición y
una premisa indispensable a la docilidad que el apóstol ha de tener al
Espíritu, el cual lo impulsa para «ir», sin lastres y sin ataduras,
siguiendo sólo la voluntad del Maestro (cf. Lc 9, 57-62; Mc 10, 17-22).
Inserto en la vida de la comunidad y responsable de la misma, el
sacerdote debe ofrecer también el testimonio de una total
«transparencia» en la administración de los bienes de la misma
comunidad, que no tratará jamás como un patrimonio propio, sino como
algo de lo que debe rendir cuentas a Dios y a los hermanos, sobre todo a
los pobres. Además, la conciencia de pertenecer al único presbiterio lo
llevará a comprometerse para favorecer una distribución más justa de los
bienes entre los hermanos, así como un cierto uso en común de los bienes
(cf. Hch 2, 42-47).
La libertad interior, que la
pobreza evangélica custodia y alimenta, prepara al sacerdote para estar
al lado de los más débiles; para hacerse solidario con sus esfuerzos por
una sociedad más justa; para ser más sensible y más capaz de comprensión
y de discernimiento de los fenómenos relativos a los aspectos económicos
y sociales de la vida; para promover la opción preferencial por los
pobres; ésta, sin excluir a nadie del anuncio y del don de la salvación,
sabe inclinarse ante los pequeños, ante los pecadores, ante los
marginados de cualquier clase, según el modelo ofrecido por Jesús en su
ministerio profético y sacerdotal (cf. Lc 4, 18).
No hay que olvidar el significado profético de la pobreza sacerdotal,
particularmente urgente en las sociedades opulentas y de consumo, pues
«el sacerdote verdaderamente pobre es ciertamente un signo concreto de
la separación, de la renuncia y de la no sumisión a la tiranía del mundo
contemporáneo, que pone toda su confianza en el dinero y en la seguridad
material».
Jesucristo, que en la cruz lleva a perfección su caridad pastoral con un
total despojo exterior e interior, es el modelo y fuente de las virtudes
de obediencia, castidad y pobreza que el sacerdote está llamado a vivir
como expresión de su amor pastoral por los hermanos. Como escribe San
Pablo a los Filipenses, el sacerdote debe tener «los mismos
sentimientos» de Jesús, despojándose de su propio «yo», para encontrar,
en la caridad obediente, casta y pobre, la vía maestra de la unión con
Dios y de la unidad con los hermanos (cf. Flp 2, 5)
Pertenencia y dedicación a la
Iglesia particular
Como toda vida espiritual auténticamente cristiana, también la del
sacerdote posee una esencial e irrenunciable dimensión eclesial: es
participación en la santidad de la misma Iglesia, que en el Credo
profesamos como «Comunión de los Santos». La santidad del cristiano
deriva de la de la Iglesia, la expresa y al mismo tiempo la enriquece.
Esta dimensión eclesial reviste modalidades, finalidades y significados
particulares en la vida espiritual del presbítero, en razón de su
relación especial con la Iglesia, basándose siempre en su configuración
con Cristo, Cabeza y Pastor, en su ministerio ordenado, en su caridad
pastoral.
En esta perspectiva es necesario considerar como valor espiritual del
presbítero su pertenencia y su dedicación a la Iglesia particular, lo
cual no está motivado solamente por razones organizativas y
disciplinares; al contrario, la relación con el Obispo en el único
presbiterio, la coparticipación en su preocupación eclesial, la
dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios en las condiciones
concretas históricas y ambientales de la Iglesia particular, son
elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la configuración
propia del sacerdote y de su vida espiritual. En este sentido la
«incardinación» no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que
comporta también una serie de actitudes y de opciones espirituales y
pastorales, que contribuyen a dar una fisonomía específica a la figura
vocacional del presbítero.
Es necesario que el sacerdote tenga la conciencia de que su «estar en
una Iglesia particular» constituye, por su propia naturaleza, un
elemento calificativo para vivir una espiritualidad cristiana. Por ello,
el presbítero encuentra, precisamente en su pertenencia y dedicación a
la Iglesia particular, una fuente de significados, de criterios de
discernimiento y de acción, que configuran tanto su misión pastoral,
como su vida espiritual.
En el caminar hacia la
perfección pueden ayudar también otras inspiraciones o referencias a
otras tradiciones de vida espiritual, capaces de enriquecer la vida
sacerdotal de cada uno y de animar el presbiterio con ricos dones
espirituales. Es éste el caso de muchas asociaciones eclesiales
—antiguas y nuevas—, que acogen en su seno también a sacerdotes: desde
las sociedades de vida apostólica a los institutos seculares
presbiterales; desde las varias formas de comunión y participación
espiritual a los movimientos eclesiales. Los sacerdotes que pertenecen a
Órdenes y a Congregaciones religiosas son una riqueza espiritual para
todo el presbiterio diocesano, al que contribuyen con carismas
específicos y ministerios especializados; con su presencia estimulan la
Iglesia particular a vivir más intensamente su apertura universal.
La pertenencia del sacerdote a la Iglesia particular y su dedicación,
hasta el don de la propia vida, para la edificación de la Iglesia —«in
persona Christi», Cabeza y Pastor—, al servicio de toda la comunidad
cristiana, en cordial y filial relación con el Obispo, han de ser
favorecidas por todo carisma que forme parte de una existencia
sacerdotal o esté cercano a la misma.
Para que la abundancia de los dones del Espíritu Santo sea acogida con
gozo y dé frutos para gloria de Dios y bien de la Iglesia entera, se
exige por parte de todos, en primer lugar, el conocimiento y
discernimiento de los carismas propios y ajenos, y un ejercicio de los
mismos acompañado siempre por la humildad cristiana, la valentía de la
autocrítica y la intención —por encima de cualquier otra preocupación—,
de ayudar a la edificación de toda la comunidad, a cuyo servicio está
puesto todo carisma particular. Se pide, además, a todos un sincero
esfuerzo de estima recíproca, de respeto mutuo y de valoración
coordinada de todas las diferencias positivas y justificadas, presentes
en el presbiterio. Todo esto forma parte también de la vida espiritual y
de la constante ascesis del sacerdote.
La pertenencia y dedicación a una Iglesia particular no circunscriben la
actividad y la vida del presbítero, pues, dada la misma naturaleza de la
Iglesia particular y del ministerio sacerdotal, aquellas no pueden
reducirse a estrechos límites. El Concilio enseña sobre esto: «El don
espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los
prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal
y amplísima de salvación "hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8),
pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud
universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles».
Se sigue de esto que la vida espiritual de los sacerdotes debe estar
profundamente marcada por el anhelo y el dinamismo misionero.
Corresponde a ellos, en el ejercicio del ministerio y en el testimonio
de su vida, plasmar la comunidad que se les ha confiado para que sea una
comunidad auténticamente misionera. Como he señalado en la encíclica
Redemptoris missio, «todos los sacerdotes deben de tener corazón y
mentalidad de misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia
y del mundo, atentos a los más lejanos y, sobre todo, a los grupos no
cristianos del propio ambiente. Que en la oración y, particularmente, en
el sacrificio eucarístico sientan la solicitud de toda la Iglesia por la
humanidad entera».
Si este espíritu misionero anima generosamente la vida de los
sacerdotes, será fácil la respuesta a una necesidad cada día más grave
en la Iglesia, que nace de una desigual distribución del clero. En este
sentido ya el Concilio se mostró preciso y enérgico: «Recuerden, pues,
los presbíteros que deben llevar en su corazón la solicitud por todas
las Iglesias. Por tanto, los presbíteros de aquellas diócesis que son
más ricas en abundancia de vocaciones, muéstrense de buen grado
dispuestos, con permiso o por exhortación de su propio Obispo, a ejercer
su ministerio en regiones, misiones u obras que padecen escasez de
clero»
«Renueva en sus corazones el
Espíritu de santidad»
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar
a los pobres la Buena Nueva...» (Lc 4, 18). Jesús hace resonar también
hoy en nuestro corazón de sacerdotes las palabras que pronunció en la
sinagoga de Nazaret. Efectivamente, nuestra fe nos revela la presencia
operante del Espíritu de Cristo en nuestro ser, en nuestro actuar y en
nuestro vivir, tal como lo ha configurado, capacitado y plasmado el
sacramento del Orden. Ciertamente, el Espíritu del Señor es el gran
protagonista de nuestra vida espiritual. Él crea el «corazón nuevo», lo
anima y lo guía con la «ley nueva» de la caridad, de la caridad
pastoral. Para el desarrollo de la vida espiritual es decisiva la
certeza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu
Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad.
La conciencia del don infunde y sostiene la confianza indestructible del
sacerdote en las dificultades, en las tentaciones, en las debilidades
con que puede encontrarse en el camino espiritual.
Vuelvo a proponer a todos los sacerdotes lo que, en otra ocasión, dije a
un numeroso grupo de ellos, «La vocación sacerdotal es esencialmente una
llamada a la santidad, que nace del sacramento del Orden. La santidad es
intimidad con Dios, es imitación de Cristo, pobre, casto, humilde; es
amor sin reservas a las almas y donación a su verdadero bien; es amor a
la Iglesia que es santa y nos quiere santos, porque ésta es la misión
que Cristo le ha encomendado. Cada uno de vosotros debe ser santo,
también para ayudar a los hermanos a seguir su vocación a la santidad...
»¿Cómo no reflexionar... sobre la función esencial que el Espíritu Santo
ejerce en la específica llamada a la santidad, propia del ministerio
sacerdotal? Recordemos las palabras del rito de la Ordenación
sacerdotal, que se consideran centrales en la fórmula sacramental: "Te
pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la
dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de
santidad; reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado y sean, con su
conducta, ejemplo de vida".
»Mediante la Ordenación, amadísimos hermanos, habéis recibido el mismo
Espíritu de Cristo, que os hace semejantes a Él, para que podáis actuar
en su nombre y vivir en vosotros sus mismos sentimientos. Esta íntima
comunión con el Espíritu de Cristo, a la vez que garantiza la eficacia
de la acción sacramental que realizáis "in persona Christi", debe
expresarse también en el fervor de la oración, en la coherencia de vida,
en la caridad pastoral de un ministerio dirigido incansablemente a la
salvación de los hermanos. Requiere, en una palabra, vuestra
santificación personal.
VENID Y LO VERÉIS
La vocación sacerdotal en la pastoral de la Iglesia: Buscar, seguir,
permanecer
«Venid y lo veréis» (Jn 1, 39). De esta manera responde Jesús a los dos
discípulos de Juan el Bautista, que le preguntaban donde vivía. En estas
palabras encontramos el significado de la vocación.
Así cuenta el evangelista la llamada a Andrés y a Pedro: «Al día
siguiente, Juan se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus
discípulos. De pronto vio a Jesús, que pasaba por allí, y dijo: "¡Éste
es el cordero de Dios!" Los dos discípulos le oyeron decir esto y
siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, viendo que lo seguían, les
preguntó: "¿Qué buscáis?" Ellos contestaron: "Rabbí, (que quiere decir
Maestro) ¿dónde vives?" Él les respondió: "Venid y lo veréis". Se fueron
con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él. Eran como las
cuatro de la tarde. Uno de los dos que siguieron a Jesús era Andrés, el
hermano de Simón Pedro. Encontró Andrés en primer lugar a su propio
hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir
Cristo)". Y lo llevó a Jesús. Jesús, al verlo, le dijo: "Tú eres Simón,
hijo de Juan: en adelante te llamarás Cefas, (es decir, Pedro)"» (Jn 1,
35-42).
Esta página del Evangelio es una de tantas de la Biblia en las que se
describe el «misterio» de la vocación; en nuestro caso, el misterio de
la vocación a ser apóstoles de Jesús. La página de san Juan, que tiene
también un significado para la vocación cristiana como tal, adquiere un
valor simbólico para la vocación sacerdotal. La Iglesia, como comunidad
de los discípulos de Jesús, está llamada a fijar su mirada en esta
escena que, de alguna manera, se renueva continuamente en la historia.
Se le invita a profundizar el sentido original y personal de la vocación
al seguimiento de Cristo en el ministerio sacerdotal y el vínculo
inseparable entre la gracia divina y la responsabilidad humana contenido
y revelado en esas dos palabras que tantas veces encontramos en el
Evangelio: ven y sígueme (cf. Mt 19, 21). Se le invita a interpretar y
recorrer el dinamismo propio de la vocación, su desarrollo gradual y
concreto en las fases del buscar a Jesús, seguirlo y permanecer con Él.
La Iglesia encuentra en este
Evangelio de la vocación el modelo, la fuerza y el impulso de su
pastoral vocacional, o sea, de su misión destinada a cuidar el
nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones, en
especial de las vocaciones al sacerdocio. Precisamente porque «la falta
de sacerdotes es ciertamente la tristeza de cada Iglesia»,(92) la
pastoral vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo,
vigoroso y más decidido compromiso por parte de todos los miembros de la
Iglesia, con la conciencia de que no es un elemento secundario o
accesorio, ni un aspecto aislado o sectorial, como si fuera algo sólo
parcial, aunque importante, de la pastoral global de la Iglesia. Como
han afirmado repetidamente los Padres sinodales, se trata más bien de
una actividad íntimamente inserta en la pastoral general de cada Iglesia
particular,(93) de una atención que debe integrarse e identificarse
plenamente con la lla mada "cura de almas" ordinaria,(94) de una
dimensión connatural y esencial de la pastoral eclesial, o sea, de su
vida y de su misión.(95)
La dimensión vocacional es esencial y connatural a la pastoral de la
Iglesia. La razón se encuentra en el hecho de que la vocación define, en
cierto sentido, el ser profundo de la Iglesia, incluso antes que su
actuar. En el mismo vocablo de Iglesia (Ecclesia) se indica su fisonomía
vocacional íntima, porque es verdaderamente «convocatoria», esto es,
asamblea de los llamados: «Dios ha convocado la asamblea de aquellos que
miran en la fe a Jesús, autor de la salvación y principio de unidad y de
paz, y así ha constituido la Iglesia, para que sea para todos y para
cada uno el sacramento visible de esta unidad salvífica».(96)
Una lectura propiamente teológica de la vocación sacerdotal y de su
pastoral, puede nacer sólo de la lectura del misterio de la Iglesia como
mysterium vocationis.
La Iglesia y el don de la
vocación
Toda vocación cristiana encuentra su fundamento en la elección gratuita
y precedente de parte del Padre, «que desde lo alto del cielo nos ha
bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales. Él
nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos
su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado de su
amor, él nos destinó de antemano, conforme al beneplácito de su
voluntad, a ser adoptados como hijos suyos, por medio de Jesucristo» (Ef
1, 3-5).
Toda vocación cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin embargo nunca
se concede fuera o independientemente de la Iglesia, sino que siempre
tiene lugar en la Iglesia y mediante ella, porque, como nos recuerda el
Concilio Vaticano II, «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los
hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino
constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera
santamente».(97)
La Iglesia no sólo contiene en sí todas las vocaciones que Dios le
otorga en su camino de salvación, sino que ella misma se configura como
misterio de vocación, reflejo luminoso y vivo del misterio de la
Santísima Trinidad. En realidad la Iglesia, «pueblo congregado por la
unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»,(98) lleva en sí el
misterio del Padre que, sin ser llamado ni enviado por nadie (cf.Rom 11,
33-35), llama a todos para santificar su nombre y cumplir su voluntad;
ella custodia dentro de sí el misterio del Hijo, llamado por el Padre y
enviado para anunciar a todos el Reino de Dios, y que llama a todos a su
seguimiento; y es depositaria del misterio del Espíritu Santo que
consagra para la misión a los que el Padre llama mediante su Hijo
Jesucristo.
La Iglesia, que por propia naturaleza es «vocación», es generadora y
educadora de vocaciones. Lo es en su ser de «sacramento», en cuanto
«signo» e «instrumento» en el que resuena y se cumple la vocación de
todo cristiano; y lo es en su actuar, o sea, en el desarrollo de su
ministerio de anuncio de la Palabra, de celebración de los Sacramentos y
de servicio y testimonio de la caridad.
Ahora se puede comprender mejor
la esencial dimensión eclesial de la vocación cristiana: ésta no sólo
deriva «de» la Iglesia y de su mediación, no sólo se reconoce y se
cumple «en» la Iglesia, sino que —en el servicio fundamental de Dios— se
configura necesariamente como servicio «a» la Iglesia. La vocación
cristiana, en todas sus formas, es un don destinado a la edificación de
la Iglesia, al crecimiento del Reino de Dios en el mundo.(99)
Esto que decimos de toda vocación cristiana se realiza de un modo
específico en la vocación sacerdotal. Ésta es una llamada, a través del
sacramento del Orden recibido en la Iglesia, a ponerse al servicio del
Pueblo de Dios con una peculiar pertenencia y configuración con
Jesucristo y que da también la autoridad para actuar en su nombre «et in
persona» de quien es Cabeza y Pastor de la Iglesia.
En esta perspectiva se comprende lo que manifiestan los Padres
sinodales: «La vocación de cada uno de los presbíteros existe en la
Iglesia y para la Iglesia, y se realiza para ella. De ahí se sigue que
todo presbítero recibe del Señor la vocación a través de la Iglesia como
un don gratuito, una gratia gratis data (charisma). Es tarea del Obispo
o del superior competente no sólo examinar la idoneidad y la vocación
del candidato, sino también reconocerla. Este elemento eclesiástico
pertenece a la vocación, al ministerio presbiteral como tal. El
candidato al presbiterado debe recibir la vocación sin imponer sus
propias condiciones personales, sino aceptando las normas y condiciones
que pone la misma Iglesia, por la responsabilidad que a ella
compete».(100)
El diálogo vocacional: iniciativa de Dios y respuesta del hombre
36. La historia de toda vocación sacerdotal, como también de toda
vocación cristiana, es la historia de un inefable diálogo entre Dios y
el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que
responde a Dios en el amor. Estos dos aspectos inseparables de la
vocación, el don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre,
aparecen de manera clara y eficaz en las brevísimas palabras con las que
el evangelista san Marcos presenta la vocación de los doce: Jesús «subió
a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron a él» (3, 13).
Por un lado está la decisión absolutamente libre de Jesús y por otro, el
«venir» de los doce, o sea, el «seguir» a Jesús.
La intervención libre y gratuita de Dios que llama es absolutamente
prioritaria, anterior y decisiva. Es suya la iniciativa de llamar. Por
ejemplo, ésta es la experiencia del profeta Jeremías: «El Señor me habló
así: "Antes de formarte en el vientre te conocí; antes que salieras del
seno te consagré, te constituí profeta de las naciones"» (Jr 1, 4-5). Y
es la misma verdad presentada por el apóstol Pablo, que fundamenta toda
vocación en la elección eterna en Cristo, hecha «antes de la creación
del mundo» y «conforme al beneplácito de su voluntad» (Ef 1, 4. 5). La
primacía absoluta de la gracia en la vocación encuentra su proclamación
perfecta en la palabra de Jesús: «No me elegisteis vosotros a mí, sino
que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis
fruto y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).
Si la vocación sacerdotal testimonia, de manera inequívoca, la primacía
de la gracia, la decisión libre y soberana de Dios de llamar al hombre
exige respeto absoluto, y en modo alguno puede ser forzada por presiones
humanas, ni puede ser sustituida por decisión humana alguna. La vocación
es un don de la gracia divina y no un derecho del hombre, de forma que
«nunca se puede considerar la vida sacerdotal como una promoción
simplemente humana, ni la misión del ministro como un simple proyecto
personal». De este modo, queda excluida radicalmente toda vanagloria y
presunción por parte de los llamados (cf. Heb 5, 4 ss) los cuales han de
sentir profundamente una gratitud admirada y conmovida, una confianza y
una esperanza firmes, porque saben que están apoyados no en sus propias
fuerzas, sino en la fidelidad incondicional de Dios que llama.
«Llamó a los que él quiso y vinieron a él» (Mc 3, 13). Este «venir», que
se identifica con el «seguir» a Jesús, expresa la respuesta libre de los
doce a la llamada del Maestro. Así sucede con Pedro y Andrés; les dijo:
«'Venid conmigo y os haré pescadores de hombres'. Y ellos al instante,
dejaron las redes y le siguieron» (Mt 4, 19-20). Idéntica fue la
experiencia de Santiago y Juan (cf. Mt 4, 21-22). Así sucede siempre: en
la vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios y la exaltación de
la libertad del hombre; la adhesión a la llamada de Dios y su entrega a
Él.
Gracia y libertad no se oponen
entre sí. Al contrario, la gracia anima y sostiene la libertad humana,
liberándola de la esclavitud del pecado (cf. Jn 8, 34-36), sanándola y
elevándola en sus capacidades de apertura y acogida del don de Dios. Y
si no se puede atentar contra la iniciativa absolutamente gratuita de
Dios que llama, tampoco se puede atentar contra la extrema seriedad con
la que el hombre es desafiado en su libertad. Así, al «ven y sígueme» de
Jesús, el joven rico contesta con el rechazo, signo —aunque sea
negativo— de su libertad: «Pero él, abatido por estas palabras, se
marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10, 22).
Por tanto, la libertad es esencial para la vocación, una libertad que en
la respuesta positiva se califica como adhesión personal profunda, como
donación de amor —o mejor como re-donación al Donador: Dios que llama—,
esto es, como oblación. «A la llamada —decía Pablo VI— corresponde la
respuesta. No puede haber vocaciones, si no son libres, es decir, si no
son ofrendas espontáneas de sí mismo, conscientes, generosas, totales...
Oblaciones; éste es prácticamente el verdadero problema... Es la voz
humilde y penetrante de Cristo, que dice, hoy como ayer y más que ayer:
ven. La libertad se sitúa en su raíz más profunda: la oblación, la
generosidad y el sacrificio».
La oblación libre, que constituye el núcleo íntimo y más precioso de la
respuesta del hombre a Dios que llama, encuentra su modelo incomparable,
más aún, su raíz viva, en la oblación libérrima de Jesucristo —primero
de los llamados— a la voluntad del Padre: «Por eso, al entrar en este
mundo, dice Cristo: "No has querido sacrificio ni oblación, pero me has
formado un cuerpo ... Entonces yo dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad"» (Heb 10, 5.7).
En íntima unión con Cristo, María, la Virgen Madre, ha sido la criatura
que más ha vivido la plena verdad de la vocación, porque nadie como Ella
ha respondido con un amor tan grande al amor inmenso de Dios.(103)
«Abatido por estas palabras, se
marchó entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10, 22). El joven
rico del Evangelio, que no sigue la llamada de Jesús, nos recuerda los
obstáculos que pueden bloquear o apagar la respuesta libre del hombre:
no sólo los bienes materiales pueden cerrar el corazón humano a los
valores del espíritu y a las exigencias radicales del Reino de Dios,
sino que también algunas condiciones sociales y culturales de nuestro
tiempo pueden representar no pocas amenazas e imponer visiones desviadas
y falsas sobre la verdadera naturaleza de la vocación, haciendo
difíciles, cuando no imposibles, su acogida y su misma comprensión.
Muchos tienen una idea de Dios tan genérica y confusa que deriva en
formas de religiosidad sin Dios, en las cuales la voluntad de Dios se
concibe como un destino inmutable e inevitable, al que el hombre debe
simplemente adaptarse y resignarse con total pasividad. Pero no es éste
el rostro de Dios, que Jesucristo ha venido a revelarnos. En efecto,
Dios es el Padre que, con amor eterno y precedente, llama al hombre y lo
sitúa en un maravilloso y permanente diálogo con Él, invitándolo a
compartir su misma vida divina como hijo. Es cierto que, con una visión
equivocada de Dios, el hombre no puede reconocer ni siquiera la verdad
sobre sí mismo, de tal forma que la vocación no puede ser ni percibida
ni vivida en su valor auténtico; puede ser sentida solamente como un
peso impuesto e insoportable.
También algunas ideas equivocadas sobre el hombre, sostenidas con
frecuencia con aparentes argumentos filosóficos o «científicos», inducen
a veces al hombre a interpretar la propia existencia y libertad como
totalmente determinadas y condicionadas por factores externos de orden
educativo, psicológico, cultural o ambiental. Otras veces se entiende la
libertad en términos de absoluta autonomía pretendiendo que sea la única
e inexplorable fuente de opciones personales y considerándola a toda
costa como afirmación de sí mismo. Pero, de ese modo, se cierra el
camino para entender y vivir la vocación como libre diálogo de amor, que
nace de la comunicación de Dios al hombre y se concluye con el don
sincero de sí, por parte del hombre.
En el contexto actual no falta
tampoco la tendencia a concebir la relación del hombre con Dios de un
modo individualista e intimista, como si la llamada de Dios llegase a
cada persona por vía directa, sin mediación comunitaria alguna, y
tuviese como meta una ventaja, o la salvación misma de cada uno de los
llamados y no la dedicación total a Dios en el servicio a la comunidad.
Encontramos así otra amenaza, más profunda y a la vez más sutil, que
hace imposible reconocer y aceptar con gozo la dimensión eclesial
inscrita originariamente en toda vocación cristiana, y en particular en
la vocación presbiteral. En efecto, como nos recuerda el Concilio, el
sacerdocio ministerial adquiere su auténtico significado y realiza la
plena verdad de sí mismo en el servir y hacer crecer la comunidad
cristiana y el sacerdocio común de los fieles.(104)
El contexto cultural al que aludimos, cuyo influjo no está ausente entre
los mismos cristianos y especialmente entre los jóvenes, ayuda a
comprender la difusión de la crisis de las mismas vocaciones
sacerdotales, originadas y acompañadas por crisis de fe más radicales.
Lo han declarado explícitamente los Padres sinodales, reconociendo que
la crisis de las vocaciones al presbiterado tiene profundas raíces en el
ambiente cultural y en la mentalidad y praxis de los cristianos.
De aquí la urgencia de que la pastoral vocacional de la Iglesia se
dirija decididamente y de modo prioritario hacia la reconstrucción de la
«mentalidad cristiana», tal como la crea y sostiene la fe. Más que nunca
es necesaria una evangelización que no se canse de presentar el
verdadero rostro de Dios —el Padre que en Jesucristo nos llama a cada
uno de nosotros— así como el sentido genuino de la libertad humana como
principio y fuerza del don responsable de sí mismo. Solamente de esta
manera se podrán sentar las bases indispensables para que toda vocación,
incluida la sacerdotal, pueda ser percibida en su verdad, amada en su
belleza y vivida con entrega total y con gozo profundo.
Contenidos y medios de la
pastoral vocacional
Ciertamente la vocación es un misterio inescrutable que implica la
relación que Dios establece con el hombre, como ser único e irrepetible,
un misterio percibido y sentido como una llamada que espera una
respuesta en lo profundo de la conciencia, esto es, en aquel «sagrario
del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena
en la propia intimidad».(106) Pero esto no elimina la dimensión
comunitaria y, más en concreto, eclesial de la vocación: la Iglesia está
realmente presente y operante en la vocación de cada sacerdote.
En el servicio a la vocación sacerdotal y a su camino, o sea, al
nacimiento, discernimiento y acompañamiento de la vocación, la Iglesia
puede encontrar un modelo en Andrés, uno de los dos primeros discípulos
que siguieron a Jesús. Es el mismo Andrés el que va a contar a su
hermano lo que le había sucedido: «Hemos encontrado al Mesías (que
quiere decir el Cristo)» (Jn 1, 41). Y la narración de este
«descubrimiento» abre el camino al encuentro: «Y lo llevó a Jesús» (Jn
1, 42). No hay ninguna duda sobre la iniciativa absolutamente libre ni
sobre la decisión soberana de Jesús: es Jesús el que llama a Simón y le
da un nuevo nombre: «Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: "Tú eres
Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que quiere decir Pedro)"»
(Jn 1, 42). Pero también Andrés ha tenido su iniciativa: ha favorecido
el encuentro del hermano con Jesús.
«Y lo llevó a Jesús». Éste es el núcleo de toda la pastoral vocacional
de la Iglesia, con la que cuida del nacimiento y crecimiento de las
vocaciones, sirviéndose de los dones y responsabilidades, de los
carismas y del ministerio recibidos de Cristo y de su Espíritu. La
Iglesia, como pueblo sacerdotal, profético y real, está comprometida en
promover y ayudar el nacimiento y la maduración de las vocaciones
sacerdotales con la oración y la vida sacramental, con el anuncio de la
Palabra y la educación en la fe, con la guía y el testimonio de la
caridad.
En su dignidad y responsabilidad
de pueblo sacerdotal, la Iglesia encuentra en la oración y en la
celebración de la liturgia los momentos esenciales y primarios de la
pastoral vocacional. En efecto, la oración cristiana, alimentándose de
la Palabra de Dios, crea el espacio ideal para que cada uno pueda
descubrir la verdad de su ser y la identidad del proyecto de vida,
personal e irrepetible, que el Padre le confía. Por eso es necesario
educar, especialmente a los muchachos y a los jóvenes, para que sean
fieles a la oración y meditación de la Palabra de Dios. En el silencio y
en la escucha podrán percibir la llamada del Señor al sacerdocio y
seguirla con prontitud y generosidad.
La Iglesia debe acoger cada día la invitación persuasiva y exigente de
Jesús, que nos pide que «roguemos al dueño de la mies que envíe obreros
a su mies» (Mt 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia
hace, antes que nada, una humilde profesión de fe, pues al rogar por las
vocaciones —mientras toma conciencia de su gran urgencia para su vida y
misión— reconoce que son un don de Dios y, como tal, hay que pedirlo con
súplica incesante y confiada. Ahora bien, esta oración, centro de toda
la pastoral vocacional, debe comprometer no sólo a cada persona sino
también a todas las comunidades eclesiales. Nadie duda de la importancia
de cada una de las iniciativas de oración y de los momentos especiales
reservados a ésta —comenzando por la Jornada Mundial anual por las
Vocaciones— así como el compromiso explícito de personas y grupos
particularmente sensibles al problema de las vocaciones sacerdotales.
Pero hoy, la espera suplicante de nuevas vocaciones debe ser cada vez
más una práctica constante y difundida en la comunidad cristiana y en
toda realidad eclesial. Así se podrá revivir la experiencia de los
apóstoles, que en el Cenáculo, unidos con María, esperan en oración la
venida del Espíritu (cf. Hch 1, 14), que no dejará de suscitar también
hoy en el Pueblo de Dios «dignos ministros del altar, testigos valientes
y humildes del Evangelio».
También la liturgia, culmen y
fuente de la vida de la Iglesia(108) y, en particular, de toda oración
cristiana, tiene un papel indispensable así como una incidencia
privilegiada en la pastoral de las vocaciones. En efecto, la liturgia
constituye una experiencia viva del don de Dios y una gran escuela de la
respuesta a su llamada. Como tal, toda celebración litúrgica, y sobre
todo la eucarística, nos descubre el verdadero rostro de Dios; nos pone
en comunicación con el misterio de la Pascua, o sea, con la «hora» por
la que Jesús vino al mundo y hacia la que se encaminó libre y
voluntariamente en obediencia a la llamada del Padre (cf. Jn 13, 1); nos
manifiesta el rostro de la Iglesia como pueblo de sacerdotes y comunidad
bien compacta en la variedad y complementariedad de los carismas y
vocaciones. El sacrificio redentor de Cristo, que la Iglesia celebra
sacramentalmente, da un valor particularmente precioso al sufrimiento
vivido en unión con el Señor Jesús. Los Padres sinodales nos han
invitado a no olvidar nunca que «a través de la oblación de los
sufrimientos, tan frecuentes en la vida de los hombres, el cristiano
enfermo se ofrece a sí mismo como víctima a Dios, a imagen de Cristo,
que se inmoló a sí mismo por todos nosotros (cf. Jn 17, 19)», y que «el
ofrecimiento de los sufrimientos con esta intención es de gran provecho
para la promoción de las vocaciones».(109)
39. En el ejercicio de su misión profética, la Iglesia siente como
urgente e irrenunciable el deber de anunciar y testimoniar el sentido
cristiano de la vocación: lo que podríamos llamar «el Evangelio de la
vocación». También en este campo descubre la urgencia de las palabras
del apóstol: «¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Cor 9, 16). Esta
exclamación resuena principalmente para nosotros pastores y se refiere,
juntamente con nosotros, a todos los educadores en la Iglesia. La
predicación y la catequesis deben manifestar siempre su intrínseca
dimensión vocacional: la Palabra de Dios ilumina a los creyentes para
valorar la vida como respuesta a la llamada de Dios y los acompaña para
acoger en la fe el don de la vocación personal.
Pero todo esto, aun siendo
importante y esencial, no basta. Es necesaria una predicación directa
sobre el misterio de la vocación en la Iglesia, sobre el valor del
sacerdocio ministerial, sobre su urgente necesidad para el Pueblo de
Dios. Una catequesis orgánica y difundida a todos los niveles en la
Iglesia, además de disipar dudas y contrastar ideas unilaterales o
desviadas sobre el ministerio sacerdotal, abre los corazones de los
creyentes a la espera del don y crea condiciones favorables para el
nacimiento de nuevas vocaciones. Ha llegado el tiempo de hablar
valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una
forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores,
especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo
explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real
para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades
necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles o
limitar su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el
momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una
respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y
la de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad,
demuestran ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la
palabra de un sacerdote; no sólo de la palabra sino también de la
cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso, capaz de motivar
interrogantes y conducir a decisiones incluso definitivas.
Como Pueblo real, la Iglesia se sabe enraizada y animada por la «ley del
Espíritu que da la vida» (Rom 8, 2), que es esencialmente la ley regia
de la caridad (cf. Sant 2, 8) o la ley perfecta de la libertad (cf. Sant
1, 25). Por eso cumple su misión cuando orienta a cada uno de los fieles
a descubrir y vivir la propia vocación en la libertad y a realizarla en
la caridad.
En su misión educativa, la Iglesia procura con especial atención
suscitar en los niños, adolescentes y jóvenes el deseo y la voluntad de
un seguimiento integral y atrayente de Jesucristo. La tarea educativa,
que corresponde también a la comunidad cristiana como tal, debe
dirigirse a cada persona.
Dios con su llamada toca el
corazón de cada hombre, y el Espíritu, que habita en lo íntimo de cada
discípulo (cf. 1 Jn 3, 24), es infundido a cada cristiano con carismas
diversos y con manifestaciones particulares. Por tanto, cada uno ha de
ser ayudado para poder acoger el don que se le ha dado a él en
particular, como persona única e irrepetible, y para escuchar las
palabras que el Espíritu de Dios le dirige.
En esta perspectiva, la atención a las vocaciones al sacerdocio se debe
concretar también en una propuesta decidida y convincente de dirección
espiritual. Es necesario redescubrir la gran tradición del
acompañamiento espiritual individual, que ha dado siempre tantos y tan
preciosos frutos en la vida de la Iglesia. En determinados casos y bajo
precisas condiciones, este acompañamiento podrá verse ayudado, pero
nunca sustituido, con formas de análisis o de ayuda psicológica.
Invítese a los niños, los adolescentes y los jóvenes a descubrir y
apreciar el don de la dirección espiritual, a buscarlo y experimentarlo,
a solicitarlo con insistencia confiada a sus educadores en la fe. Por su
parte, los sacerdotes sean los primeros en dedicar tiempo y energías a
esta labor de educación y de ayuda espiritual personal. No se
arrepentirán jamás de haber descuidado o relegado a segundo plano otras
muchas actividades también buenas y útiles, si esto lo exigía la
fidelidad a su ministerio de colaboradores del Espíritu en la
orientación y guía de los llamados.
Finalidad de la educación del cristiano es llegar, bajo el influjo del
Espíritu, a la «plena madurez de Cristo» (Ef 4, 13). Esto se verifica
cuando, imitando y compartiendo su caridad, se hace de toda la vida
propia un servicio de amor (cf. Jn 13, 14-15), ofreciendo un culto
espiritual agradable a Dios (cf. Rom 12, 1) y entregándose a los
hermanos. El servicio de amor es el sentido fundamental de toda
vocación, que encuentra una realización específica en la vocación del
sacerdote. En efecto, él es llamado a revivir, en la forma más radical
posible, la caridad pastoral de Jesús, o sea, el amor del buen Pastor,
que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11)
Todos somos responsables de las vocaciones sacerdotales
La vocación sacerdotal es un don de Dios, que constituye ciertamente un
gran bien para quien es su primer destinatario. Pero es también un don
para toda la Iglesia, un bien para su vida y misión. Por eso la Iglesia
está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es
responsable del nacimiento y de la maduración de las vocaciones
sacerdotales. En consecuencia, la pastoral vocacional tiene como sujeto
activo, como protagonista, a la comunidad eclesial como tal, en sus
diversas expresiones: desde la Iglesia universal a la Iglesia particular
y, análogamente, desde ésta a la parroquia y a todos los estamentos del
Pueblo de Dios.
Es muy urgente, sobre todo hoy, que se difunda y arraigue la convicción
de que todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la
responsabilidad de cuidar las vocaciones. El Concilio Vaticano II ha
sido muy explícito al afirmar que «el deber de fomentar las vocaciones
afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo, ante
todo, con una vida plenamente cristiana». Solamente sobre la base de
esta convicción, la pastoral vocacional podrá manifestar su rostro
verdaderamente eclesial, desarrollar una acción coordinada, sirviéndose
también de organismos específicos y de instrumentos adecuados de
comunión y de corresponsabilidad.
La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las vocaciones
sacerdotales es del Obispo, que está llamado a vivirla en primera
persona, aunque podrá y deberá suscitar abundantes tipos de
colaboraciones. A él, que es padre y amigo en su presbiterio, le
corresponde, ante todo, la solicitud de dar continuidad al carisma y al
ministerio presbiteral, incorporando a él nuevos miembros con la
imposición de las manos. Él se preocupará de que la dimensión vocacional
esté siempre presente en todo el ámbito de la pastoral ordinaria, es
más, que esté plenamente integrada y como identificada con ella. A él
compete el deber de promover y coordinar las diversas iniciativas
vocacionales.
El Obispo sabe que puede contar
ante todo con la colaboración de su presbiterio. Todos los sacerdotes
son solidarios y corresponsables con él en la búsqueda y promoción de
las vocaciones presbiterales. En efecto, como afirma el Concilio, «a los
sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, atañe procurar, por sí mismos
o por otros, que cada uno de los fieles sea llevado en el Espíritu Santo
a cultivar su propia vocación». «Este deber pertenece a la misión misma
sacerdotal, por la que el presbítero se hace ciertamente partícipe de la
solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten
operarios en el Pueblo de Dios». La vida misma de los presbíteros, su
entrega incondicional a la grey de Dios, su testimonio de servicio
amoroso al Señor y a su Iglesia —un testimonio sellado con la opción por
la cruz, acogida en la esperanza y en el gozo pascual—, su concordia
fraterna y su celo por la evangelización del mundo, son el factor
primero y más persuasivo de fecundidad vocacional.
Una responsabilidad particularísima está confiada a la familia
cristiana, que en virtud del sacramento del matrimonio participa, de
modo propio y original, en la misión educativa de la Iglesia, maestra y
madre. Como han afirmado los Padres sinodales, «la familia cristiana,
que es verdaderamente "como iglesia doméstica" (Lumen gentium, 11), ha
ofrecido siempre y continúa ofreciendo las condiciones favorables para
el nacimiento de las vocaciones. Y puesto que hoy la imagen de la
familia cristiana está en peligro, se debe dar gran importancia a la
pastoral familiar, de modo que las mismas familias, acogiendo
generosamente el don de la vida humana, formen "como un primer
seminario" (Optatam totius, 2) en el que los hijos puedan adquirir,
desde el comienzo, el sentido de la piedad y de la oración y el amor a
la Iglesia». En continuidad y en sintonía con la labor de los padres y
de la familia está la escuela, llamada a vivir su identidad de
«comunidad educativa» incluso con una propuesta cultural capaz de
iluminar la dimensión vocacional como valor propio y fundamental de la
persona humana.
En este sentido, si es oportunamente enriquecida de espíritu cristiano
(sea a través de presencias eclesiales significativas en la escuela
estatal, según las diversas legislaciones nacionales, sea sobre todo en
el caso de la escuela católica), puede infundir «en el alma de los
muchachos y de los jóvenes el deseo de cumplir la voluntad de Dios en el
estado de vida más idóneo a cada uno, sin excluir nunca la vocación al
ministerio sacerdotal».(119)
También los fieles laicos, en particular los catequistas, los
profesores, los educadores, los animadores de la pastoral juvenil, cada
uno con los medios y modalidades propios, tienen una gran importancia en
la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Cuanto más profundicen en el
sentido de su propia vocación y misión en la Iglesia, tanto más podrán
reconocer el valor y el carácter insustituible de la vocación y de la
misión sacerdotal.
En el ámbito de las comunidades diocesanas y parroquiales hay que
apreciar y promover aquellos grupos vocacionales, cuyos miembros ofrecen
su ayuda de oración y de sufrimiento por las vocaciones sacerdotales y
religiosas, así como su apoyo moral y material.
También hay que mencionar aquí a los numerosos grupos, movimientos y
asociaciones de fieles laicos que el Espíritu Santo hace surgir y crecer
en la Iglesia, con vistas a una presencia cristiana más misionera en el
mundo. Estas diversas agrupaciones de laicos están resultando un campo
particularmente fértil para el nacimiento de vocaciones consagradas y
son ambientes propicios de oferta y crecimiento vocacional. En efecto,
no pocos jóvenes, precisamente en el ambiente de estas agrupaciones y
gracias a ellas, han sentido la llamada del Señor a seguirlo en el
camino del sacerdocio ministerial y han respondido a ella con
generosidad.(120) Por consiguiente, hay que valorarlas para que, en
comunión con toda la Iglesia y para el crecimiento de ésta, presten su
colaboración específica al desarrollo de la pastoral vocacional.
Vivir, como los apóstoles, en
el seguimiento de Cristo
Subió al monte y llamó a los que él quiso: y vinieron donde él.
Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar
con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).
«Que estuvieran con él». No es difícil entender el significado de estas
palabras, esto es, «el acompañamiento vocacional» de los apóstoles por
parte de Jesús. Después de haberlos llamado y antes de enviarlos, es
más, para poder mandarlos a predicar, Jesús les pide un «tiempo» de
formación, destinado a desarrollar una relación de comunión y de amistad
profundas con Él. Dedica a ellos una catequesis más intensa que al resto
de la gente (cf. Mt 13, 11) y quiere que sean testigos de su oración
silenciosa al Padre (cf. Jn 17, 1-26; Lc 22, 39-45).
En su solicitud por las vocaciones sacerdotales la Iglesia de todos los
tiempos se inspira en el ejemplo de Cristo. Han sido —y en parte lo son
todavía— muy diversas las formas concretas con las que la Iglesia se ha
dedicado a la pastoral vocacional, destinada no sólo a discernir, sino
también a «acompañar» las vocaciones al sacerdocio. Pero el espíritu que
debe animarlas y sostenerlas es idéntico: el de promover al sacerdocio
solamente los que han sido llamados y llevarlos debidamente preparados,
esto es, mediante una respuesta consciente y libre que implica a toda la
persona en su adhesión a Jesucristo, que llama a su intimidad de vida y
a participar en su misión salvífica. En este sentido el Seminario en sus
diversas formas y, de modo análogo, la casa de formación de los
sacerdotes religiosos, antes que ser un lugar o un espacio material,
debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera
que favorezca y asegure un proceso formativo, de manera que el que ha
sido llamado por Dios al sacerdocio pueda llegar a ser, con el
sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo, Cabeza y Pastor de
la Iglesia. Los Padres sinodales, en su Mensaje final, han expuesto de
forma inmediata y profunda el significado original y específico de la
formación de los candidatos al sacerdocio, diciendo que «vivir en el
seminario, escuela del Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo
como los apóstoles; es dejarse educar por Él para el servicio del Padre
y de los hombres, bajo la conducción del Espíritu Santo. Más aún, es
dejarse configurar con Cristo, buen Pastor, para un mejor servicio
sacerdotal en la Iglesia y en el mundo.
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