La Voz del Pastor

Mons. Carlos María Ariz, c.m.f.
Obispo Emérito de Colón
San Francisco de Asís
Al celebrar la fiesta de san Francisco de Asís
pedimos a Dios la gracia de poder contemplar a los Santos sin caer en el
error de proyectar sus rostros sobre nuestras preocupaciones materiales,
nuestra forma de ver las cosas, nuestra sensibilidad o incluso nuestro
sentimentalismo.
Por el contrario, tenemos que permitir que, desde sus rostros, emane
justamente la luz que deben y quieren reflejar.
Queremos contemplar hoy el rostro de san Francisco de Asís, ese rostro
con el que todos, incluso los no creyentes, se han encariñado con
facilidad, debido a los múltiples elementos delicados, poéticos y
humanos, propios de la paz y del verdadero amor; el amor a la
naturaleza, la pasión por la pobreza, las exigencias de la paz.
En la Historia de la Iglesia es posible que no haya existido un momento
tan decadente y peligroso como cuando Francisco vino al mundo, en el año
1181. El siglo de Francisco recibió la denominación de “siglo de
hierro”, y la Iglesia se encontraba abrumada, casi vencida por los
problemas, las humillaciones y los pecados. Se decía: “La Iglesia se
encontraba en tal estado de humillación que si Jesús no hubiese
intervenido enviando una prole con espíritu de pobreza habría tenido que
padecer un juicio mortal”.
Francisco es el hombre más parecido a Cristo que ha venido al mundo.
Esto, de por sí es un juicio que tendríamos que dejar a Dios, porque
solo Él conoce lo más íntimo de las conciencias; pero es un juicio
acertado si se piensa en la impresión que Francisco causó en sus
contemporáneos y en toda la esperanza que este hombre, tan sencillo y
pobre, supo despertar.
El 15 de julio de 1228, ni siquiera habían pasado dos años de su muerte
cuando el papa Gregorio IX lo proclamó santo y fijó su fiesta el 4 de
octubre.
Los términos y las expresiones utilizadas por sus biógrafos para
referirse a él son bíblicos: “La gracia de Dios, nuestro Salvador, ha
aparecido recientemente en su siervo Francisco”, escribió san
Buenaventura acerca de su nacimiento. “Os anunciamos un gran gozo, nunca
se había oído un portento similar en el mundo, salvo en el Hijo de Dios
que es Cristo Nuestro Señor”, decía el hermano León en la carta
apostólica que anunciaba a los demás hermanos la muerte de Francisco.
Si seguimos la lectura de su Testamento, podremos encontrar las
siguientes palabras: El Señor me dio tanta fe en las Iglesias que yo
simplemente rezaba y decía: Te adoramos, Jesús Nuestro Señor, en todas
las iglesias que hay en el mundo entero y Te bendecimos porque con tu
Santa Cruz has redimido al mundo”.
Cuando Jesucristo le dijo: “Ve y reconstruye mi Iglesia que, como ves,
está en ruinas”, Francisco tomó esas palabras al pie de la letra: vio
tres pequeñas iglesias: San Damián, San Pedro y la Porciúncula, que se
estaban desmoronando y se dijo: “Voy a entregar a mi Dios el precio de
mi sudor”, por lo que se dispuso a reconstruirlas. Pero esto no lo hizo
únicamente porque se equivocó al interpretar la palabra de Cristo, sino
sobre todo porque se sintió lleno realmente de “tanta fe en las
iglesias” en las que se adoraba a Dios, las iglesias materiales, en su
concreción más humilde, las iglesias de piedra, por las que valía la
pena que entregara su tiempo y sus esfuerzos.
Francisco quiso restaurar la Iglesia, pero la Iglesia de Cristo, la que
pertenecía al Señor, de modo que sus puntos de referencia fueron
exclusivamente los que vinculan a Jesucristo a la Iglesia de una manera
concreta y perpetua: la Eucaristía, el Sacerdocio y la Sagrada
Escritura.
Hay diversos episodios en los que se refiere cómo Francisco se encontró
con unos herejes que se oponían a la Iglesia y que querían aprovecharse
de su venida, por lo que le llevaron ante el sacerdote del pueblo que
vivía en concubinato y era motivo de escándalo y le preguntaron: “¿Qué
hay que hacer con este sacerdote?” y Francisco se dirigió hacia él y le
dijo: “Yo no sé si tú eres un pecador, pero sí sé que tus manos pueden
tocar el verbo de Dios” y se arrodilló para besar las manos del
sacerdote.
Tomás de Celano decía en la Vita secunda: Todas las fibras de su ser
ardían de amor al Sacramento del Cuerpo del Señor preso de un
inconmensurable estupor… Quería que se demostrara un gran respeto por
las manos del sacerdote porque a él le ha sido conferido el divino poder
de consagrar este sacramento. En este sentido solía decir: “Si me
encontrara con un santo bajado del cielo y con un sacerdote pobrecillo,
saludaría en primer lugar al sacerdote trataría de besarle las manos y
diría: Eh, espera, san Lorenzo, porque las manos de este hombre tocan el
Verbo de vida y poseen un poder sobrehumano”.
Pero este célebre “amor franciscano” no nacía de la sensibilidad o de la
delicadez poética de Francisco, sino de su “espiritualidad”. Es
significativo que la Legenda maior titule el capítulo que recoge estos
relatos: “Cómo las Criaturas que carecen de razón parecían quererle”. Lo
contrario de lo que se suele pensar, eran las criaturas las que se
sentían amadas y atraídas por este hombre y lo reconocían y sentían su
piedad. Y Francisco las amaba porque en ellas veía al Creador de las
mismas o al Redentor del que constituían un símbolo.
Incluso sentía un gran afecto por los gusanos porque la Sagrada
Escritura decía del Señor: “Yo soy un gusano y no un hombre”, y los
retiraba del camino para que nadie los pisara. Si Francisco veía un
cordero entre cabras, se conmovía porque le hacía pensar en el Cordero
de Dios caminando entre los fariseos; si veía un corderillo muerto,
lloraba al pensar en el Cordero de Dios muerto: “Ay de mi hermano
corderillo que eres un representante de Cristo para los hombres”. Si
veía unas flores, pensaba en la flor luminosa que brota en el corazón
del invierno; si veía cortar un árbol, rezaba para que se reservase al
menos un ramo porque también Cristo había brotado como un retoño en el
viejo tronco de Jessé; y una piedra le recordaba con emoción a Cristo
como piedra angular.
El amor a las criaturas era el amor a la paternidad de Dios y a la
fraternidad de Cristo, que contenía y abrazaba todo significado.
Francisco se encontraba ya consumido por la enfermedad. No podía
soportar ni la luz del sol durante el día ni la del fuego durante la
noche. Estaba casi ciego. Y con un dolor atroz en los ojos que le
atormentaba sin pausa. Vivía en una pequeña celda infestaba de ratones
que por las noches roían su cuerpo y de día le impedían rezar e incluso
comer. Y entonces, dice su biógrafo: “Francisco sintió piedad de sí
mismo y rezó: “Señor, socórreme en mi enfermedad”. Y Dios le propuso, a
partir de entonces, “la serenidad de su reino”.
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