Editorial
Día del recluso
El día 24 de septiembre está dedicado a los privados
de libertad, con el fin de reflexionar sobre el tratamiento que reciben
por parte de la sociedad. Es, también, la fiesta de Nuestra Señora de La
Merced, a quien la Iglesia tiene por patrona de los reclusos, como
invitándonos a ver con caridad y misericordia al detenido, sin
detenernos a juzgar sobre su maldad o su delito, sino en su condición de
persona humana.
Tratar con humanidad al privado de libertad no significa, en manera
alguna, eximirlo de su culpa o justificar su delito, ni mucho menos
callar ante la tortura o el trato cruel e inhumano. Si alguno, que lo
hay, comete un delito atroz, no es devolviendo mal por mal que se hace
justicia, porque nos pondríamos en el mismo lugar del criminal.
Por eso, nuestras cárceles deben ser centros donde el cumplimiento de la
pena o la prisión preventiva, sean lugares que muestren el lado humano
de la sociedad. Los reclusos deben ser clasificados por categoría, según
edad y falta cometida, alojados en celdas salubres, y sometidos a un
régimen de trabajo, descanso, entretenimiento y educación que les
permita reencontrarse con su humanidad.
Y en esa tarea de humanización de las cárceles, no olvidar el derecho de
los privados de libertad a practicar su fe, derecho que se ve conculcado
con mucha frecuencia, al ponerse una y mil trabas para su asistencia
espiritual; situación ésta que ha empeorado en los últimos años. Pero
confianza tenemos en que, por humanidad y amor al prójimo, las
condiciones mejoren y los centros penitenciarios dejen de ser el sitio
infernal que hasta ahora hemos conocido.
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