A TIRO DE PIEDRA
El avión del Papa
Los jefes de estado suelen
viajar a menudo, especialmente en la actualidad, cuando se multiplican
las reuniones y los encuentros entre gobernantes. El Papa, a quien se le
reconoce el estatus de jefe de estado, también suele viajar, aunque no
tiene avión particular, ni El Vaticano tiene fuerza aérea.
Juan Pablo II, a quien se le conoció como el Papa viajero, acumuló más
horas de vuelo de la que puede soñar un jefe de estado. Viajaba, como
los otros pontífices, en un vuelo fletado de Alitalia. Dos cosas
distinguen a cada Santo Padre cuando viaja: no usa avión propio, y lo
acompañan periodistas que dan fe de la transparencia de su viaje.
Periodistas que son de diferente creencia y, en más de un caso, ateos o
no creyentes.
Contrario a los políticos, que exigen viajar en avión particular, los
papas prescinden de esta vanalidad. Lo mismo pudieran hacer los
gobernantes del mundo o, al menos, los de las naciones pobres. A
excepción de la reina de Inglaterra, que tampoco viaja en jet privado,
no conozco de ningún caso representativo de un jefe de estado de alto
perfil que lo haga. El Papa y la Reina inglesa comparten esta actitud.
¿Habrá entre nuestras pequeñas naciones centroamericanas algún
gobernante con tanta prominencia como el Santo Padre y la reina Isabel
II? Si estas dos figuras mundiales, que acaparan la atención adonde van,
viajan en avión de aerolínea, ¿por qué no pueden hacerlo nuestros
políticos?
El costo de mantener un avión ejecutivo, para gobernantes y altos
funcionarios, es grande. Tanto en tierra como en vuelo, cuesta mucho
dinero. El mantenimiento, la tripulación, el combustible, el peaje en
los aeropuertos, las reparaciones, la custodia, sin olvidar el precio de
compra, comprometen cuantiosos recursos fiscales. Sería más agradable
ver a los presidentes aterrizar en las aeronaves de su línea aérea
nacional como, por ejemplo: Taca, Lacsa, Avianca, o Copa, que en los
millonarios “learjet” que solemos ver en las noticias, cuando asisten a
las cumbres presidenciales, aunque alguno que otro llega en el avión de
su fuerza aérea, emulando al “Air Force One” del presidente de los
Estados Unidos.
Gastarse decenas de millones en un jet ejecutivo, ya sea usado o nuevo,
es un acto innecesario. Ningún país centroamericano puede justificar un
desembolso de esa índole, este o no en el Parlacen, o quiera salirse.
Las distancias internas no son muy largas, ni las grandes distancias son
cubiertas por la autonomía de vuelo de todos los jet ejecutivos. Basta,
en lo nacional, con un helicóptero o un bimotor, que son más económicos
que un jet. Si es por el interés nacional, los aviones ejecutivos
presidenciales en los países de la región carecen de justificación
legítima.
Queda al criterio de cada gobernante el gastarse la plata de los
contribuyentes en esos juguetes caros; y, aunque utilicen el suyo
propio, siempre quedará el sabor amargo de ver a un mandatario que no
diferencia entre lo que es de él y lo que pertenece al estado, ya sea a
través de un hecho material o uno intangible.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
Volver |