La Voz del Pastor

Mons. José Domingo Ulloa
Obispo Auxiliar
Día del Migrante
Cada año la Iglesia universal dedica un día especial
a la reflexión sobre el fenómeno migratorio en el mundo, a fin de
promover la sensibilización y la concientización entre la población,
sobre los derechos humanos de las personas que por diversas
circunstancias se ven obligadas a dejar su tierra y su familia, en busca
de un futuro menos incierto.
La historia de esta iniciativa se remonta a la época de Pío X cuando la
entonces Congregación Consistorial, hoy llamada Congregación de los
Obispos, pidió a los obispos italianos establecer en 1914, un domingo
dedicado a la oración, la reflexión y la recaudación de fondos para el
servicio pastoral en ésta área. En 1952 el Papa Pío XII emitió la
Constitución Apostólica “Exul Familia” sobre la Pastoral de las
Migraciones y la extensión de este servicio a toda la Iglesia Universal.
La Instrucción De Pastorali Migratorum Cura, de 1969, reelabora la
materia de las migraciones a la luz del Concilio Vaticano II y señala a
las Conferencias episcopales de cada país, el deber de establecer la
celebración correspondiente según el periodo y lo que las circunstancias
locales sugieran. Y desde 1974, el Santo Padre comenzó a enviar un
mensaje para la celebración de la Jornada del Migrante y en 1985, esta
reflexión fue firmada expresamente por el Sumo Pontífice lo que
significó una señal de la importancia que la Iglesia atribuye a las
migraciones.
En América Latina la mayor parte de los países han elegido el mes de
Septiembre para celebrar este día, porque se asocia al Mes de la Biblia,
puesto que el Pueblo de Israel fue peregrino y vivió la experiencia de
ser extranjero.
Así el Día del Migrante viene a resaltar la urgencia de considerar a las
personas que emigran, quienes, desde la iluminación bíblica, son las más
necesitadas: los pobres, las viudas y los extranjeros. Todo hombre, en
tanto ciudadano responsable, justo y solidario y, más aún todo cristiano
tiene el deber de prestar atención a todos los hombres y mujeres de esta
tierra.
Por eso, es importante conocer las distintas problemáticas que se juegan
en nuestro mundo complejo y en nuestra sociedad contemporánea, como ésta
de la migración que se siente, cada vez más al inicio de este nuevo
siglo, en la economía de mercado laboral, en la apertura de las
fronteras, en la economía nacional e internacional, etc.
Consagrar un día para los migrantes es tomar conciencia del sufrimiento
de cada uno de ellos, es tomar el tiempo para la escucha del que es tal
vez más pobre, en cualquier caso, o más escaso que nosotros, en un
momento dado.
El Día del Migrante, es propicio para enterarnos de que hoy día cada vez
más, aumenta el número de mujeres que abandonan a sus hijos y su vida
familiar para buscar los medios de poder proporcionar los recursos que
necesitan para vivir más dignamente; es ver el sacrificio de tantos
estudiantes que se exilian para asegurar, no sólo su futuro personal,
sino también un trabajo de calidad para el futuro de su familia, de su
terruño.
Por eso hoy no se puede ignorar los desplazamientos humanos, porque, la
realidad migratoria en nuestro país, como en el mundo es fomentada por
la brecha cada vez mayor entre países ricos y pobres. Así quien, asume
la condición de migrante no solo cruza el espacio físico del campo a la
ciudad, entre ciudades, o de una frontera entre países. Sino que cruza
la frontera de su propia dignidad, buscando con esperanza de mejorar su
nivel de vida, así como el de su familia.
Esta dolorosa realidad que vemos en el desarraigo, la soledad, y en
muchos casos la desintegración de la familia, así como la indiferencia
que viven muchos migrantes. Nos deberían motivar a desarrollar actitudes
promigrantes donde haya: dolor – consuelo; desarraigo – integración;
soledad – amistad; indiferencia - actitud solidaria; explotación -
ejercicio de sus derechos.
Como cristianos debemos dar una respuesta creativa y dinámica ya que el
fenómeno de la movilidad humana nunca es el mismo. Por eso somos todos
llamados a ser discípulos y misioneros, ayudando por ejemplo, a conocer
los instrumentos legales que un migrante tiene como sujeto de derechos y
deberes, visualizando sus problemáticas, sin ser objeto por esto: de mal
trato, discriminación, racismo o xenofobia.
De esta forma, todos dentro del Reino de Dios somos ciudadanos
constructores de unidad. Nuestras diferencias deben crear unidad en la
diversidad, ellas deben ser fortaleza de nuestra riqueza como
manifestación de la presencia de Dios en el mundo, “a imagen y semejanza
suya”.
Y qué decir de los migrantes internos que en silencio se van moviendo
del campo a la ciudad o entre ciudades porque son expulsados de sus
lugares de origen, por no conseguir alcanzar la satisfacción de las
necesidades básicas y de la escasa o nula proyección de un futuro para
ellos y sus hijos.
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