Editorial
La cruz de cada día
Nos dicen las Escrituras que para ir en pos del Señor
es preciso cargar con nuestra cruz de cada día; sin este acto resulta
vano llamarnos discípulos suyos. Esa cruz, ya sabemos, es el morir de
cada jornada a nuestro propio yo, para que otros tengan vida. Es aceptar
el sufrimiento, renunciando a las ambiciones, el orgullo, y el renegar
por aquello que nos hiere y que no podemos cambiar, porque está fuera de
nuestras fuerzas o alcance hacerlo.
En un mundo que nos enseña a aspirar al bienestar, sin pensar en el
sufrimiento que, inexorablemente, encontraremos en el camino, resulta
harto difícil que otros, mundanos por educación más que por convicción,
comprendan el sufrimiento que, voluntariamente, el cristiano decide
aceptar. Lo que unos tienen por aberración, los seguidores de Cristo lo
tenemos por instrumento de salvación en la emulación del hombre de
Galilea.
Gran misterio resulta, entonces, la aceptación de la carga diaria de la
cruz, porque en este sublime acto se manifiesta la Resurrección del Hijo
del Hombre, que entregó su vida por la salvación del mundo. Aceptar
nuestra cruz de cada día implica amarla. No es un mero signo ritual ni,
mucho menos, la resignación desesperanzada de quien no puede hacer nada
ni espera en nada. Llevar la cruz cotidiana es mucho más que eso; es
hacernos uno con Cristo, y Cristo hacerse uno en nosotros.
La locura de la cruz, si la comprendemos en la dimensión de la enseñanza
de Jesús, es ganar la vida y hallar la felicidad en la voluntad de Dios
Padre, que no es otra que conocerlo a Él y creer en su Enviado. Si
aprendemos a vivir con la aceptación voluntaria y amorosa de nuestra
cruz de cada día, el Señor la hará gloriosa, y nada ni nadie nos podrá
separar nunca de su amor.
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