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El celibato sacerdotal hoy

S.S. Pablo VI
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EL CELIBATO SACERDOTAL, que la
Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva
todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una
profunda transformación de mentalidades y de estructuras.
Pero en el clima de los nuevos fermentos, se ha
manifestado también la tendencia, más aún, la expresa voluntad de
solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya
característica, cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora
problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo.
Una promesa nuestra al concilio
Este estado de cosas, que sacude la conciencia y provoca la perplejidad
en algunos sacerdotes y jóvenes aspirantes al sacerdocio y engendra
confusión en muchos fieles, nos obliga a poner un término a la dilación
para mantener la promesa que hicimos a los venerables padres del
con-cilio, a los que. declaramos nuestro propósito de dar nuevo lustre y
vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales. Entretanto,
larga y fervorosamente hemos invocado las necesarias luces y ayudas del
espíritu Paráclito, y hemos examinado, en la presencia de Dios, los
pareceres y las instancias que nos han llegado de todas partes, ante
todo de varios pastores de la Iglesia de Dios.
Amplitud y gravedad de la cuestión
La gran cuestión relativa al sagrado celibato del clero en la Iglesia se
ha presentado durante mucho tiempo a nuestro espíritu en toda su
amplitud y en toda su gravedad. Debe todavía hoy subsistir la severa y
sublimadora obligación para los que pretenden, acercarse a las sagradas
órdenes mayores? Es hoy posible, es hoy conveniente la observancia de
semejante obligación? No será ya llegado el momento para abolir el
vínculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? No podría
ser facultativa esta difícil observancia? No saldría favorecido el
ministerio sacerdotal, facilitada la aproximación ecuménica? Y si la
áurea ley del sagrado celibato debe todavía subsistir con qué razones ha
de probarse hoy que es santa conveniente? Y con qué medios puede
observarse y cómo convertirse de carga en ayuda para la vida sacerdotal?
La realidad y los problemas
Nuestra atención se ha detenido de modo particular en las objeciones que
de varias formas se han formulado o se formulan contra el mantenimiento
del sagrado celibato. Efectivamente, un tema tan importante y tan
complejo nos obliga, en virtud de nuestro servicio apostólico, a
considerar lealmente la realidad y los problemas que implica, pero
iluminándolos, como es nuestro deber y nuestra misión, con la luz de la
verdad que es Cristo, con el anhelo de cumplir en todo la voluntad de
aquel que nos ha llamado a este oficio, y de manifestarnos como
efectivamente somos ante la Iglesia, el siervo de los siervos de Dios.
OBJECIONES CONTRA EL CELIBATO SACERDOTAL
El celibato y el Nuevo Testamento
Se puede decir que nunca, como hoy, el tema del celibato eclesiástico se
ha investigado con mayor intensidad y bajo todos sus aspectos, en el
plano doctrinal, histórico, sociológico, psicológico y pastoral, y
frecuentemente con intenciones fundamentalmente rectas, aunque a veces
las palabras puedan haberlas traicionado.
Miremos honradamente las principales objeciones contra le ley del
celibato eclesiástico, unido al sacerdocio.
La primera parece que proviene de la fuente más autorizada: el Nuevo
Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los
apóstoles, no exige el celibato de los sagrados ministros, sino que más
bien o propone como obediencia libre a una especial vocación o a un
especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición
previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los
que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim
3, 2-5; Tit 1, 5-6).
Los padres de la iglesia
La íntima relación que los padres de la iglesia y los escritores
eclesiásticos establecieron a lo largo de los siglos, entre la vocación
al sacerdocio ministerial la sagrada virginidad encuentra su origen en
mentalidades y situaciones históricas muy diversas de las nuestras.
Muchas veces en los textos patrísticos se recomienda al clero, más que
el celibato, la abstinencia con el uso del matrimonio, y las razones que
se aducen en favor de la castidad perfecta de los sagrados ministros
parecen a veces inspiradas en un excesivo pesimismo sobre la condición
humana de la carne, o en una particular concepción de la pureza
necesaria para el contacto con las cosas sagradas. Además los argumentos
ya no estarían en armonía con todos los ambientes socioculturales, donde
la Iglesia está llamada hoy a actuar, por medio de sus sacerdotes.
Vocación y celibato
Una dificultad que muchos notan consiste en el hecho de que con la
disciplina vigente del celibato se hace coincidir el carisma de la
vocación sacerdotal con el carisma de la perfecta castidad, como estado
de vida del ministro de Dios; y por eso se preguntan si es justo alejar
del sacerdocio a los que tendrían vocación ministerial, sin tener la de
la vida célibe.
El celibato y la escasez de clero
Mantener el celibato sacerdotal en la Iglesia traería además un daño
gravísimo, allí donde la escasez numérica del clero, dolorosamente
reconocida y lamentada por el mismo concilio (2), provoca situaciones
dramáticas, obstaculizando la plena realización del plan divino de la
salvación y poniendo a veces en peligro la misma posibilidad del primer
anuncio del evangelio. Efectivamente, esta penuria de clero que
preocupa, algunos la atribuyen al peso de la obligación del celibato.
Sombras en el celibato
No faltan tampoco quienes están convencidos de que un sacerdocio con el
matrimonio no sólo quitaría la ocasión de infidelidades, desórdenes y
dolorosas defecciones, que hieren y llenan de dolor a toda la Iglesia,
sino que permitiría a los ministros de Cristo dar un testimonio más
completo de vida cristiana, incluso en el campo de la familia, del cual
su estado actual los excluye.
Violencia a la naturaleza?
Hay también quien insiste en la afirmación según la cual el sacerdote,
en virtud de su celibato, se encuentra en una situación física y
psicológica antinatural, dañosa al equilibrio y a la maduración de su
personalidad humana. Así sucede –dicen– que a menudo el sacerdote se
agote y carezca de calor humano, de una plena comunión de vida y de
destino con el resto de sus hermanos, y se vea forzado a una soledad que
es fuente de amargura y de desaliento. Todo esto no indica acaso una
injusta violencia y un injustificable desprecio de valores humanos que
se derivan de la obra divina de la creación, y que se integran en la
obra de la redención, realizada por Cristo?
Formación inadecuada
Observando además el modo como un candidato al sacerdocio llega a la
aceptación de un compromiso tan gravoso, se alega que en la práctica es
el resultado de una actitud pasiva, causada muchas veces por una
formación no del todo adecuada y respetuosa de la libertad humana, más
bien que el resultado de una decisión auténticamente personal; ya que el
grado de conocimiento y de autodecisión del joven y su madurez
psicofísica son bastante inferiores, y en todo caso desproporcionadas
respecto a la entidad, a las dificultades objetivas y a la duración del
compromiso que toma sobre sí.
EL VERDADERO PUNTO DE VISTA
No ignoramos que se pueden proponer también otras objeciones contra el
sagrado celibato. Es este un tema muy complejo que toca en lo vivo la
concepción habitual de la vida y que introduce en ella la luz superior,
que proviene de la divina revelación; una serie interminable de
dificultades se presentará a los que "no... entienden esta palabra" (Mt
19, 11), no conocen u olvidan el "don de Dios" (cf. Jn 4, 10) y no saben
cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cual
su admirable eficacia, su exuberante plenitud.
Testimonio del pasado y del presente
Semejante coro de objeciones parece que sofocaría la voz secular y
solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del
testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles
ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo
exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo. No, esta
voz es también ahora fuerte y serena; no viene solamente del pasado,
sino también del presente. En nuestro cuidado de observar siempre la
realidad, no podemos cerrar los ojos ante esta magnífica y sorprendente
realidad; hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las
partes del mundo, innumerables ministros sagrados –subdiáconos,
diáconos, presbíteros, obispos– que viven de modo intachable el celibato
voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos por menos de
contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y
aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la
perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la
vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio
pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con
ejemplar integridad y también con relativa facilidad. Este grandioso
fenómeno prueba una, singular realidad del reino de Dios, que vive en el
seno de la sociedad moderna, a la que presta humilde y benéfico servicio
de "luz del mundo" y de "sal de la tierra" (cf. Mt 5, 13-114). No
podemos silenciar nuestra admiración; en todo ello sopla, sin duda
ninguna, el espíritu de Cristo.
Confirmación de la validez del celibato
Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe también
hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe
sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único
y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio
de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la
comunidad de los fieles, como en la profana.
La potestad de la Iglesia
Ciertamente, el carisma de la vocación sacerdotal, enderezado al culto
divino y al servicio religioso y pastoral. del pueblo de Dios, es
distinto del carisma que induce a la elección del celibato como estado
de vida consagrada (cf. n. 5, 7); mas, la vocación sacerdotal, aunque
divina en su inspiración, no viene a ser definitiva y operante sin la
prueba y la aceptación de quien en la Iglesia tiene la potestad y la
responsabilidad del ministerio para la comunidad eclesial; y por
consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los
tiempos y los lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y cuáles
sus requisitos, para que puedan considerarse idóneos para el servicio
religioso y pastoral de la Iglesia misma.
Propósito de la encíclica
Con espíritu de fe, consideramos, por lo mismo favorable la ocasión que
nos ofrece la divina providencia para ilustrar nuevamente y de una
manera más adaptada a los hombres de nuestro tiempo, las razones
profundas del sagrado celibato, ya que, si las dificultades contra la fe
"pueden estimular el espíritu a una más cuidadosa y profunda
inteligencia de la misma", no acontece de otro modo con la disciplina
eclesiástica, que dirige la vida de los creyentes.
Nos mueve el gozo de contemplar en esta ocasión y desde este punto, de
vista la divina riqueza y belleza de la Iglesia de Cristo, no siempre
inmediatamente descifrable a los ojos humanos, porque es obra del amor
del que es cabeza divina de la Iglesia, y porque se manifiesta en
aquella perfección de santidad (cf. Ef 5, 25-27), que asombra al
espíritu humano y encuentra insuficientes las fuerzas del ser humano
para dar razón de ella.
Aspectos doctrinales
LAS RAZONES DEL CELIBATO SACERDOTAL
El concilio y el celibato
Ciertamente, como ha declarado el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II,
la virginidad "no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio,
como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición
de las Iglesias Orientales", pero el mismo sagrado concilio no ha dudado
confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente
del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la
‘justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con
íntimo y generoso fervor los dones divinos.
Argumentos antiguos puestos a nueva luz
No es la primera vez que se reflexiona sobre la "múltiple conveniencia"
(1. c.) del celibato para los ministros de Dios; y aunque las razones
aducidas han sido diversas, según la diversa mentalidad y las diversas
situaciones, han estado siempre inspiradas en consideraciones
específicamente cristianas, en el fondo de las cuales late la intuición
de motivos más profundos. Estos motivos pueden venir a mejor luz, no sin
el influjo del Espíritu Santo, prometido por Cristo a los suyos para el
conocimiento de las cosas venideras (cf. Jn 16,. 13) y para hacer
progresar en el pueblo de Dios la inteligencia del misterio de Cristo y
de la Iglesia, sirviéndose también de la experiencia procurada por una
penetración mayor de las cosas espirituales a través de los siglos.
SIGNIFICADO CRISTOLÓGICO DEL CELIBATO
La novedad de Cristo
El sacerdocio cristiano, que es nuevo, solamente puede ser
comprendido a la luz de la novedad de Cristo, pontífice sumo y eterno
sacerdote, que ha instituido el sacerdocio ministerial, como real
participación de su único sacerdocio. El ministro de. Cristo y
administrador de los misterios de Dios (1 Cor 4, 1) tiene por
consiguiente en él también el modelo directo y el supremo ideal (cf. 1.
Cor 11, 1). El Señor Jesús, unigénito de Dios, enviado por el Padre al
mundo, se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la
muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento (Jn 3, 5; Tit
3, 5), entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la
voluntad del Padre (Jn 4, 34; 17, 4), Jesús realizó mediante su misterio
pascual esta nueva creación (2 Cor 5, 17; Gál 6, 15), introduciendo en
el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que
transforma la misma condición terrena de la humanidad (cf. Gál 3, 28).
Matrimonio y celibato en la novedad de Cristo
El matrimonio, que por voluntad de Dios continúa la obra de la primera
creación (Gén 2, 18), asumido en el designio total de la salvación,
adquiere también el nuevo significado y valor.’ Efectivamente, Jesús le
ha restituido su primitiva dignidad (Mt 19, 38), lo ha honrado (cf. Jn
2, 1-11) y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso
signo de su unión con la Iglesia (Ef 5, 32). Así los cónyuges
cristianos, en el ejercicio del mutuo amor, cumpliendo sus específicos
deberes y tendiendo a la santidad que les es propia, marchan juntos
hacia la patria celestial. Cristo, mediador de un testamento mas
excelente (Heb 8, 6), ha abierto también un camino nuevo, en el que la
criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada
solamente de él y de sus cosas (1 Cor 7, 33-35), manifiesta de modo más
claro y completo la realidad, profundamente innovadora, del Nuevo
Testamento.
Virginidad y sacerdocio en Cristo mediador
Cristo, Hijo único del Padre, en virtud de su misma encarnación, ha sido
constituido mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el
género humano. En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda
la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al
servicio de Dios y los hombres. Esta profunda conexión entre la
virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la
suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y
sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el
sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre.
El celibato por el reino de los cielos
Jesús, que escogió los primeros ministros de la salvación y quiso que
entrasen en la inteligencia de los misterios del reino de los cielos (Mt.
13, 11; Mc 4, 11; Lc 8, 10), cooperadores de Dios con título
especialísimo, embajadores suyos (2 Cor 5, 20), y les llamó amigos y
hermanos (Jn 15, 15; 20,. 17), por los cuales se consagró a sí mismo, a
fin de que fuesen consagrados en la verdad (Jn 17, 19), prometió una
recompensa superabundante a todo el que hubiera abandonado casa,
familia, mujer e hijos por el reino de Dios (Lc 18, 29-30). Más aún,
recomendó también, con palabras cargadas de misterio y de expectación,
una consagración todavía más perfecta al reino de los cielos por medio
de la virginidad, como consecuencia de un don especial (Mt 19, 11-12).
La respuesta a este divino carisma tiene como motivo el reino de los
cielos (Ibid...); e igualmente de este reino, del evangelio y del nombre
de Cristo (Mt 19, 29), toman su motivo las invitaciones de Jesús a las
arduas renuncias apostólicas, para una ‘participación más íntima en su
suerte (cf. Mc 7. e.).
Testimonio de Cristo
Es, pues, el misterio de la novedad de Cristo, de todo lo que él es y
significa; es la suma de los más altos ideales del evangelio, y del
reino; es una especial manifestación de la gracia que brota del misterio
pascual del redentor, lo que hace deseable y digna la elección de la
virginidad, por parte de los llamados por el Señor Jesús, con la
intención no solamente de participar de su oficio sacerdotal, sino
también de compartir con él su mismo estado de vida.
Plenitud de amor
La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que
Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Jn 15, 13; Jn 3, 16); ella
se cubre de misterio en el particular amor por las almas, a las cuales
él ha hecho sentir sus llamadas más comprometedoras (cf. Mc 1, 21). La
gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor que, cuando
es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo
irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado
celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia "como señal y
estímulo de caridad"; señal de un amor sin reservas, estímulo de una
caridad abierta a todos. Quién jamás puede ver en una vida entregada tan
enteramente y por las razones que hemos expuesto, señales de pobreza
espiritual, de egoísmo, mientras que por el contrario es, y debe ser, un
raro y por demás significativo ejemplo de vida, que tiene como motor y
fuerza el amor, en el que el hombre expresa su exclusiva grandeza? Quién
jamás podrá dudar de la plenitud moral y espiritual de una vida de tal
manera consagrada, no ya a un ideal aunque sea el más sublime, sino a
Cristo y a su obra en favor de una humanidad nueva, en todos los lugares
y en todos los tiempos?

vínculo entre el sacerdocio y el celibato, amor
único
e ilimitado hacia Cristo Señor y hacia su Iglesia
Invitación, al estudio
Esta perspectiva bíblica y teológica, que asocia nuestro sacerdocio
ministerial al de Cristo, y que, de la total y exclusiva entrega de
Cristo a su misión salvífica, saca el ejemplo y la razón de nuestra
asimilación a la forma de caridad y de sacrificio, propia de Cristo
redentor, nos parece tan fecunda y tan llena de verdades especulativas y
prácticas, que os invitamos a vosotros, venerables hermanos, invitamos a
los estudiosos de la doctrina cristiana y a los maestros de espíritu y a
todos los sacerdotes capaces de las intuiciones sobrenaturales sobre su
vocación, a perseverar en el estudio de estas perspectivas y penetrar en
sus íntimas y fecundas realidades, de suerte que el vínculo entre el
sacerdocio y el celibato aparezca cada vez mejor en su lógica luminosa y
heroica, de amor único e ilimitado hacia Cristo Señor y hacia su
Iglesia.
SIGNIFICADO ECLESIOLÓGICO DEL CELIBATO
El celibato y el amor de Cristo y del sacerdote por la Iglesia
"Apresado por Cristo Jesús" (Fil 3, 12) hasta el abandono total de sí
mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo
también en el amor, con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la
Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una
esposa gloriosa, santa e inmaculada (cf. Ef 5, 26-27).
Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros
manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y
sobrenatural fecundidad de esta unión, por la cual los hijos de Dios no
son engendrados ni por la carne, ni por la sangre (Jn 1, 13)
Unidad y armonía en la vida sacerdotal:
el ministerio de la palabra
El sacerdote, dedicándose al servicio del Señor Jesús y de su cuerpo
místico en completa libertad más facilitada gracias a su total
ofrecimiento, realiza más plenamente la unidad y la armonía de su vida
sacerdotal. Crece en él la idoneidad para oír la palabra de Dios y para
la oración. De hecho, la palabra de Dios, custodiada por la Iglesia,
suscita en el sacerdote que diariamente la medita, la vive y la anuncia
a los fieles, los ecos más vibrantes y profundos.
El oficio divino y la oración
Así, dedicado total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la
Iglesia, como Cristo (cf. Lc 2, 49; 1 Cor 7, 32-33), su ministro, a
imitación del sumo sacerdote, siempre vivo en la presencia de Dios para
interceder en favor nuestro (Heb 9, 24; 7, 25), recibe, del atento y
devoto rezo ‘del oficio divino, con el que él presta su voz a la Iglesia
que ora juntamente con su esposo, alegría e impulso incesantes, y
experimenta la necesidad de prolongar su asiduidad en la oración, que es
una función exquisitamente sacerdotal (Hech 6, 2).
El ministerio de la gracia y de la eucaristía
Y todo el resto de la vida del sacerdote adquiere mayor plenitud de
significado y de eficacia santificadora. Su especial empeño ‘en la
propia santificación encuentra efectivamente nuevos incentivos en el
ministerio de la gracia y en el ministerio de la eucaristía, en la que
se encierra todo el bien de la Iglesia actuando en persona de Cristo, el
sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar
su vida entera, que lleva las señales del holocausto.
Vida plenísima y fecunda
¿Qué otras consideraciones más podríamos hacer sobre el aumento de
capacidad, de servicio, de amor, de sacrificio del sacerdote por todo el
pueblo de Dios? Cristo ha dicho de sí: "Si el grano de trigo no cae en
la tierra y muere, quedará solo;, pero si muere, llevará mucho fruto" (Jn
12, 24). Y el apóstol Pablo no dudaba en exponerse a morir cada día,
para poseer en sus fieles una gloria en Cristo Jesús (cf. 1 Cor 14, 31).
Así el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando
al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino,
hallar la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como
él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios.
El sacerdote célibe en la comunidad de los fieles
En medio de la comunidad de los fieles, confiados a sus cuidados, el
sacerdote es Cristo presente; de ahí la suma conveniencia de que en todo
reproduzca su imagen y en particular de que siga su ejemplo, en su vida
íntima lo mismo que en su vida de ministerio. Para sus hijos en Cristo
el sacerdote es signo y prenda de las sublimes y nuevas realidades del
reino de Dios, del que es dispensador, poseyéndolas por su parte en el
grado más perfecto y alimentando la fe y la esperanza de todos los
cristianos, que en cuanto tales están obligados a la observancia de la
castidad, según el propio estado.
Eficacia pastoral del celibato
La consagración a Cristo, en virtud de un título nuevo y excelso, cual
es el celibato, permite además al sacerdote, como es evidente también en
el campo práctico, la mayor eficiencia y la mejor actitud psicológica y
afectiva para el ejercicio continuo de la caridad perfecta, que le
permitirá, de manera más amplia y concreta, darse todo para utilidad de
todos (2 Cor 12, 15) (14) y le garantiza claramente una mayor libertad y
disponibilidad en el ministerio pastoral, en su activa y amorosa
presencia en medio del mundo al que Cristo lo ha enviado (Jn 17, 18), a,
fin de que pague enteramente a todos los hijos de Dios la deuda que se
les debe (Rom 1, 14).
SIGNIFICADO ESCATOLÓGICO DEL CELIBATO
El anhelo del pueblo de Dios por el reino celestial
El reino de Dios que no es de este mundo (Jn 18, 36), está aquí en la
tierra presente en misterio y llegará a su perfección con la venida
gloriosa del Señor Jesús. De este reino la Iglesia forma aquí abajo como
el germen y el principio; y mientras que va creciendo lenta, pero
seguramente, siente el anhelo de aquel reino perfecto y desea, con todas
sus fuerzas, unirse a su rey en la gloria.
En la historia, el pueblo de Dios, peregrino, está en camino hacia su
verdadera patria (Fil 3, 20) donde se manifestará en toda su plenitud la
filiación divina de los redimidos (1 Jn 3, 2) y donde resplandecerá
definitivamente la belleza transfigurada de la esposa del cordero
divino.
El celibato como signo de los bienes celestiales
Nuestro Señor y Maestro ha dicho que "en la resurrección no se tomará
mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo" (Mt
22, 30). En el mundo de los hombres, ocupados en gran número en los
cuidados terrenales y dominados con gran frecuencia por los deseos de la
carne (cf. 1 Jn 2, 16), el precioso don divino de la perfecta
continencia, por el reino de los cielos, constituye precisamente "un
signo particular de los bienes celestiales" (19), anuncia la presencia
sobre la tierra de los últimos tiempos de la salvación (cf. 1 Cor 7,
29-31) con el advenimiento de un mundo nuevo, y anticipa de alguna
manera la consumación del reino, afirmando sus valores supremos, que un
día brillarán en todos los hijos de Dios. Por eso, es un testimonio de
la necesaria tensión del pueblo’ de Dios hacia la meta última de su
peregrinación terrenal y un estímulo para todos a alzar la mirada a las
cosas que están allá arriba, en donde Cristo está sentado a la diestra
del Padre y donde nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, hasta
que se manifieste en la gloria (Col 3, 1-4).
EL CELIBATO EN LA VIDA DE LA IGLESIA
En la antigüedad
El estudio de los documentos históricos sobre el celibato
eclesiástico sería demasiado largo, pero muy instructivo. Baste la
siguiente indicación: en la antigüedad cristiana los padres y los
escritores eclesiásticos dan testimonio de la difusión, tanto en oriente
como en occidente, de la práctica libre del celibato en los sagrados
ministros, por su gran conveniencia con su total dedicación al servicio
de Dios y de su Iglesia.
La Iglesia de occidente
La Iglesia de occidente, desde los principios del siglo IV, mediante la
intervención de varios concilios provinciales y de los sumos pontífices,
corroboró, extendió y sancionó esta práctica. Fueron sobre todo los
supremos pastores y maestros de la Iglesia de Dios, custodios e
intérpretes del patrimonio de la fe y de las santas costumbres
cristianas, los que promovieron, defendieron y restauraron el celibato
eclesiástico, en las sucesivas épocas de la historia, aun cuando se
manifestaban oposiciones en el mismo clero y las costumbres de una
sociedad en decadencia no favorecían ciertamente los heroísmos de la
virtud. La obligación del celibato fue además solemnemente sancionada
por el Concilio Ecuménico Tridentino e incluida finalmente en el código
de derecho canónico (can. 132,1).

“Iglesia de Cristo: libre, casta y católica”
El magisterio pontificio más reciente
Los sumos pontífices más cercanos a nosotros desplegaron su ardentísimo
celo y su doctrina para iluminar y estimular al clero a esta observancia
y no querernos dejar de rendir un homenaje especial a la piadosísima
memoria de nuestro inmediato predecesor, todavía vivo en el corazón del
mundo, el cual, en el sínodo romano pronunció, entre la sincera
aprobación de nuestro clero de la urbe, las palabras siguientes: "Nos
llega al corazón el que... alguno pueda fantasear sobre la voluntad’ o
la conveniencia para la Iglesia católica de renunciar a lo que, durante
siglos y siglos, fue y sigue siendo, una de las glorias más nobles y más
puras de su sacerdocio; la ley del celibato eclesiástico, y el cuidado
de mantenerla, queda siempre como una evocación de las batallas de los
tiempos heroicos, cuando la Iglesia de Dios tenía que combatir, y salió
victoriosa, por el éxito de su trinomio glorioso, que es siempre símbolo
de victoria: Iglesia de Cristo libre, casta y católica".
La Iglesia de oriente
Si es diversa la legislación de la Iglesia de oriente en materia’ de
disciplina del celibato en el clero, corno fue finalmente establecida
por el Concilio Trullano desde el año 692, y como ha sido abiertamente
reconocido por el Concilio Vaticano II, esto es debido también a una
diversa situación histórica de aquella parte nobilísima de la Iglesia,
situación a la que el Espíritu Santo ha acomodado su influjo
providencial y sobrenaturalmente.
Aprovechamos esta ocasión para expresar nuestra estima y nuestro respeto
a todo el clero de las Iglesias Orientales y para reconocer en él
ejemplos de fidelidad y de celo, que lo hacen digno de sincera
veneración.
La voz de los padres orientales
Pero nos es también motivo de aliento para perseverar en la observancia
de la disciplina en relación al celibato del clero, la apología que los
padres orientales nos han ‘dejado sobre la virginidad. Resuena en
nuestro corazón, por ejemplo, la voz de san Gregorio Niseno, que nos
recuerda que "la vida virginal es la imagen de la felicidad que nos
espera en el mundo futuro", y no menos nos conforta el encomio del
sacerdocio, que seguimos meditando, de san Juan Crisóstomo, ordenado a
ilustrar la necesaria armonía que debe reinar entre la vida privada del
ministro del altar y la dignidad de la que está revestido, en orden a
sus sagradas funciones: "a quien se acerca al sacerdocio, le conviene
ser puro como si estuviera en el cielo.
Significativas indicaciones en la tradición oriental
Por lo demás no es inútil observar que también en el oriente solamente
los sacerdotes célibes son ordenados obispos y los sacerdotes mismos no
pueden contraer matrimonio después de la ordenación sacerdotal; lo que
deja entender que también aquellas venerables Iglesias poseen en cierta
medida el principio del sacerdocio celibatario y el de una cierta
conveniencia entre el celibato y el sacerdocio cristiano, del cual los
obispos poseen el ápice y la plenitud.
La fidelidad de la Iglesia de occidente a su propia tradición
En todo caso, la Iglesia de occidente no puede faltar en su fidelidad a
la propia y antigua tradición, y no cabe pensar que durante siglos haya
seguido un camino que, en vez de favorecer la riqueza espiritual de cada
una de las almas y del pueblo de Dios, la haya en cierto modo
comprometido; o que, con arbitrarias intervenciones jurídicas, haya
reprimido la libre expansión de las más profundas realidades de la
naturaleza y de la gracia.
Casos especiales
En virtud de la norma fundamental del gobierno de la Iglesia Católica, a
la que arriba hemos aludido, de la misma manera que por una parte queda
confirmada la ley que requiere la elección libre y perpetua del celibato
en aquellos que son admitidos a las sagradas órdenes, se podrá por otra
permitir el estudio de las particulares condiciones de los ministros
sagrados casados, pertenecientes a Iglesias - o comunidades cristianas
todavía separadas de la comunión católica, quienes, deseando dar su
adhesión a la plenitud de esta comunión y ejercitar en ella su sagrado
ministerio, fuesen admitidos a las funciones sacerdotales; pero en
condiciones que no’ causen perjuicio a la disciplina vigente sobre el
sagrado celibato.
Y que la autoridad de la Iglesia no rehuye el ejercicio de esta potestad
lo demuestra la posibilidad, propuesta por el reciente concilio
ecuménico, de conferir el sacro diaconado incluso a hombres de edad
madura, que viven en el matrimonio.
Confirmación
Pero todo esto no significa relajación de la ley vigente y no debe
interpretarse como un preludio de su abolición. Y más bien que
condescender con esta hipótesis, que debilita en las almas el vigor’ y
el amor que hace seguro y feliz el celibato, y oscurece la verdadera
doctrina que justifica su existencia y glorifica su esplendor,
promuévase ‘el estudio en defensa del concepto espiritual y del valor
moral de la virginidad y del celibato.
Nuevo Testamento de la Iglesia
La sagrada virginidad es un don especial, pero la Iglesia entera de
nuestro tiempo, representada solemne y universalmente por sus pastores
responsables, y respetando siempre, como ya hemos dicho, la disciplina
de las Iglesias Orientales, ha manifestado su plena certeza en el
Espíritu de "que el don del celibato, tan congruente con el sacerdocio
del Nuevo Testamento, lo otorgará generosamente el Padre, con tal de que
los que por el sacramento del orden participan del sacerdocio de Cristo,
más aún toda la Iglesia, lo pidan con humildad e insistencia.
La oración del pueblo de Dios
Y hacemos en espíritu un llamamiento a todo el pueblo de Dios, para que,
cumpliendo con su deber de procurar el incremento de las vocaciones
sacerdotales, suplique instantemente al Padre de todos, al esposo divino
de la Iglesia y al Espíritu Santo, que es su alma, para que, por
intercesión de la Bienaventurada Virgen y Madre de Cristo y de la
Iglesia, comunique especialmente en nuestro tiempo este don divino, del
cual el Padre ciertamente no es avaro, y para que las almas se dispongan
a él con espíritu de profunda fe y de generoso amor.
Así, en nuestro mundo, que tiene necesidad de la gloria de Dios (cf. Rom
3, 23), los sacerdotes, configurados cada vez más perfectamente con el
sacerdote único y sumo, sean gloria refulgente de Cristo (2 Cor 8, 23) y
por su medio sea magnificada "la gloria de la gracia" de Dios en el
mundo de hoy (cf. Ef 1, 6).
El mundo de hoy y el celibato sacerdotal
Sí, venerables y carísimos hermanos en el sacerdocio, a quienes amamos
"en el corazón de Jesucristo" (Fil 1, 8); precisamente el mundo en que
hoy vivimos, atormentado por una crisis de crecimiento y de
transformación, justamente orgulloso de los valores humanos y de las
humanas conquistas, tiene urgente necesidad del testimonio de vidas
consagradas a los más altos y sagrados valores del alma, a fin de que a
este tiempo nuestro no ‘le ‘falte la rara e incomparable luz de las más
sublimes conquistas del espíritu.
La escasez numérica de los sacerdotes
Nuestro Señor Jesucristo no vaciló en confiar a un puñado de hombres,
que cualquiera hubiera juzgado insuficientes por número y calidad, la
misión formidable de la evangelización del mundo entonces conocido; y a
este "pequeño rebaño" le advirtió que no se desalentase (Lc 12, 32),
porque con él y por él, gracias a su constante asistencia (Mt 28, 20),
conseguirían la victoria sobre el mundo (Jn 16, 33). Jesús nos ha
enseñado también que el reino de Dios tiene una fuerza íntima y secreta,
que le permite crecer y llegar a madurar sin que el hombre lo sepa (Mc
4, 26-29). La mies del reino de los cielos es mucha y los obreros, hoy
lo mismo que al principio, son pocos; ni han llegado jamás a un número
tal que el juicio humano lo haya podido considerar suficiente. Pero el
Señor del reino exige que se pida, para que el dueño ‘de la mies mande
los obreros a su campo’ (Mt 9, 37-38). Los consejos y’ la prudencia de
los hombres no pueden estar por encima de la misteriosa sabiduría de
aquel que en la historia de la salvación ha desafiado la sabiduría y el
poder de los hombres, con su locura y su debilidad (1 Cor 1, 20-31).
El arrojo de la fe
Hacemos un llamamiento al arrojo de la fe para expresar la profunda
convicción de la Iglesia, según la cual una respuesta más comprometedora
y generosa a la gracia, una confianza más explícita y cualificada en su
potencia misteriosa y arrolladora, un testimonio más abierto y completo
del misterio de Cristo, nunca la harán fracasar, a pesar de los cálculos
humanos y de las apariencias exteriores, en su misión de salvar al mundo
entero. Cada uno debe saber que lo puede todo en aquel que es el único
que da la fuerza a las almas (Fil 4, 13) y el incremento a su Iglesia (1
Cor 3, 6-7)

La raíz del problema
No se puede asentir fácilmente a la idea de que con la abolición del
celibato eclesiástico, crecerían por el mero hecho, y de modo
considerable, las vocaciones sagradas: la experiencia contemporánea de
la Iglesia y de las comunidades eclesiales que permiten el matrimonio a
sus ministros, parece testificar lo contrario. La causa de la
disminución de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra
parte, principalmente, por ejemplo, en la pérdida o en la atenuación del
sentido de Dios y de lo sagrado en los individuos y en ‘las familias, de
la estima de la Iglesia como institución salvadora mediante la fe y los
sacramentos; por lo cual, el problema hay que estudiarlo en su verdadera
raíz.
EL CELIBATO Y LOS VALORES HUMANOS
El motivo profundo del celibato
La Iglesia, como más arriba decíamos (cf. n. 10), no ignora que la
elección del sagrado celibato, al comprender una serie de severas
renuncias que tocan al hombre en lo íntimo, lleva también consigo graves
dificultades y problemas, a los que son especialmente sensibles los
hombres de hoy. Efectivamente, podría parecer que el celibato no va de
acuerdo con el solemne reconocimiento de los valores humanos, hecho por
parte de la Iglesia en el reciente concilio; pero una consideración más
atenta hace ver que el sacrificio del amor humano, tal como es vivido en
la familia, realizado por el sacerdote por amor de Cristo, es en
realidad un homenaje rendido a aquel amor. Todo el mundo reconoce en
realidad que la criatura humana ha ofrecido siempre a Dios lo que es
digno del que da y del que recibe
El celibato y el amor
Por otra parte, la Iglesia no puede y no debe ignorar que la elección
del celibato, si se la hace con humana y cristiana prudencia y con
responsabilidad, está presidida por la gracia, la cual no destruye la
naturaleza, ni le hace violencia, sino que la eleva y le da capacidad’ y
vigor sobrenaturales. Dios, que ha creado al’ hombre’ y lo ha redimido,
sabe lo que le puede pedir y le da todo lo que es necesario a fin de que
pueda realizar todo lo que su creador y redentor le pide. San Agustín,
que había amplia y dolorosamente experimentado en sí mismo la naturaleza
del hombre, exclamaba: "Da lo que mandes y manda lo que quieras".
Gracia y naturaleza
El conocimiento leal de las dificultades reales del celibato es muy
útil, más aún necesario, para que con plena conciencia se dé cuenta
perfecta de lo que su celibato pide para ser auténtico y benéfico; pero
con la misma lealtad no se debe atribuir a aquellas dificultades un
valor y un peso mayor del que efectivamente tienen en el contexto humano
y religioso, o declararlas de imposible solución.
El peso real de las dificultades
No es justo repetir todavía (cf. n. 10), después de lo que la ciencia ha
demostrado va, que el ‘celibato es contra la naturaleza, por contrariar
a exigencias físicas, psicológicas y afectivas legítimas, cuya
realización sería necesaria para completar y madurar la personalidad
humana: el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26-27),
no es solamente carne, ni el instinto sexual lo es en él todo; el hombre
es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; gracias a
estas facultades es y debe tenerse como superior al universo; ellas le
hacen dominador de los propios apetitos físicos, psicológicos y
afectivos.
El celibato no es contrario a la naturaleza
El motivo verdadero y profundo del sagrado celibato es, como ya hemos
dicho, la elección de una relación personal más íntima y completa con el
misterio de Cristo y de la Iglesia, a beneficio de toda la humanidad; en
esta elección no hay duda de que aquellos supremos valores humanos
tienen modo de manifestarse en máximo grado.
El celibato como elevación del hombre
La elección del celibato no implica la ignorancia o desprecio del
instinto sexual y de la afectividad, lo cual traería ciertamente
consecuencias dañosas para el equilibrio físico o psicológico, sino que
exige lúcida comprensión, atento dominio de sí mismo y sabia sublimación
de la propia psiquis a un plano superior.
De este modo, el celibato, elevando integralmente al hombre, contribuye
efectivamente a su perfección.
El celibato y la maduración de la personalidad
El deseo natural y legítimo del hombre de amar a una mujer y de formarse
una familia son, ciertamente, superados en el celibato; pero no se
prueba que el matrimonio y la familia sean la única vía para la
maduración integral de la persona humana. En el corazón del sacerdote no
se ha apagado el amor. La caridad, bebida en su más puro manantial (cf.
1 Jn 4, 8-16), ejercitada a imitación de Dios y de Cristo, no menos que
cualquier auténtico amor, es exigente y concreta (cf. 1 Jn 3, 16-18),
ensancha hasta el infinito el horizonte del sacerdote, hace más profundo
amplio su sentido de responsabilidad —índice de personalidad madura,
educa en él, como expresión de una más alta y vasta paternidad, una
plenitud y delicadeza de sentimientos, que lo enriquecen en medida
superabundante.
El celibato y el matrimonio
Todo el pueblo de Dios debe dar testimonio al misterio de Cristo y de su
reino, pero este testimonio no es el mismo para todos. Dejando a sus
hijos seglares casados la función del necesario testimonio de una vida
conyugal y familiar auténtica y plenamente cristiana, la Iglesia confía
a sus sacerdotes el testimonio de una vida totalmente dedicada a las más
nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios.
Si al sacerdote le viene a faltar una experiencia personal y directa de
la vida matrimonial, no le faltará ciertamente, a causa de su misma
formación, de su ministerio y por la gracia de su estado, un
conocimiento acaso más profundo todavía del corazón humano, que le
permitirá penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser así de
valiosa ayuda, con el consejo y con la asistencia, para los cónyuges y
para las familias cristianas (cf. 1 Cor 2, 15). La presencia, junto al
hogar cristiano, del sacerdote que vive en plenitud su propio celibato,
subrayará la dimensión espiritual de todo amor digno de este nombre, y
su personal sacrificio merecerá a los fieles unidos por el sagrado
vínculo del matrimonio las gracias de una auténtica unión.
La soledad del sacerdote célibe
Es cierto; por su celibato el sacerdote es un hombre solo; pero su
soledad no es el vacío, porque está llena de Dios y de la exuberante
riqueza de su reino. Además, para esta soledad, que debe ser plenitud
interior y exterior de caridad, él se ha preparado, se la ha escogido
conscientemente, y no por el orgullo de ser diferente de los demás, no
por sustraerse a las responsabilidades comunes, no por desentenderse de
sus hermanos o por desestima del mundo. Segregado del, mundo, el
sacerdote no está separado del pueblo de Dios, porque ha sido
constituido para provecho de los hombres (Heb 5, 1), consagrado
enteramente a la caridad (cf. 1 Cor 14, 4 s.) y al trabajo para el’ cual
le ha asumido el Señor.
Cristo y la soledad sacerdotal
A veces la soledad pesará dolorosamente sobre el sacerdote, pero no por
eso se arrepentirá de haberla escogido generosamente. También Cristo, en
las horas más trágicas de su vida, se quedó solo, abandonado por los
mismos que él había escogido como testigos y compañeros de su vida, y
que había amado hasta el fin (Jn 13, 1); pero declaró: "Yo no estoy
solo, porque el Padre está conmigo" (Jn 16, 32). El que ha escogido ser
todo de Cristo hallará ante todo en la intimidad con él y en su gracia
la fuerza de espíritu necesaria para disipar la melancolía y para vencer
los desalientos; no le faltará la protección de la Virgen, Madre de
Jesús, los maternales cuidados de la Iglesia a cuyo servicio se ha
consagrado; no le faltará la solicitud de su padre en Cristo, el obispo,
no le faltará tampoco la fraterna intimidad de sus hermanos en el
sacerdocio y el aliento de todo el pueblo de Dios. Y si la hostilidad,
la desconfianza, la indiferencia de los hombres hiciesen a veces no poco
amarga su soledad, él sabrá que de este modo comparte, con dramática
evidencia, la misma suerte de Cristo, como un apóstol, que no es más que
aquel que lo ha enviado (cf. Jn 13, 16; 15, 18), como un amigo admitido
a los secretos más dolorosos y gloriosos del divino amigo, que lo ha
escogido, para que con una vida aparentemente de muerte, lleve frutos
misteriosos de vida eterna (cf. Jn 15-16, 20).

LA FORMACIÓN SACERDOTAL
Una formación adecuada
La reflexión sobre la belleza, importancia e íntima conveniencia de la
sagrada virginidad para los ministros de Cristo y de la Iglesia impone
también al que en ésta es maestro y pastor el deber de asegurar y
promover su positiva observancia, a partir del momento en que comienza
la preparación para recibir un don tan precioso.
De hecho, la dificultad y los problemas que hacen a algunos penosa, o
incluso imposible la observancia del celibato, derivan no raras veces de
una formación sacerdotal que, por los profundos cambios de estos últimos
tiempos, ya no resulta del todo adecuada para formar una personalidad
digna de un hombre de Dios (1 Tim 6, 11).
La ejecución de las normas del concilio
El Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano 11 ha indicado ya a tal propósito
criterios normas sapientísimas, de acuerdo con el progreso de la
psicología y de la pedagogía y con las nuevas condiciones de los hombres
y de la sociedad contemporánea. Nuestra voluntad es que se den cuanto
antes instrucciones apropiadas, en las cuales el tema sea tratado con la
necesaria amplitud, con la colaboración de personas expertas, para
proporcionar un competente y oportuno auxilio a los que tienen en la
Iglesia el gravísimo oficio de preparar a los futuros sacerdotes.
Respuesta personal a la vocación divina
El sacerdocio es un ministerio instituido por Cristo para servicio de su
cuerpo místico que es la Iglesia, a cuya autoridad –por consiguiente–
toca admitir en él a los que ella juzga aptos, es decir, a aquéllos a
los que Dios ha concedido, juntamente con las otras señales de la
vocación eclesiástica, también el carisma del sagrado celibato (cf. n.
15).
En virtud de este carisma, corroborado por la ley canónica, el hombre
está llamado a responder con libre, decisión y entrega total,
subordinando el propio yo al beneplácito de Dios que lo llama. En
concreto, la vocación divina se manifiesta en individuos determinados,
en posesión de una estructura personal propia, a la que la gracia no
suele hacer violencia. Por tanto, en el candidato al sacerdocio se debe
cultivar el sentido de la receptividad del don divino y de la
disponibilidad delante de Dios, dando esencial importancia a los medios
sobrenaturales.
El plano de la naturaleza y el plano de la gracia
Pero es también necesario que se tenga exactamente cuenta de su estado
biológico para poderlo guiar y orientar hacia el ideal del sacerdocio.
Una formación verdaderamente adecuada debe por tanto coordinar
armoniosamente el plano de la gracia y el plano de la naturaleza en
sujetos cuyas condiciones reales y efectiva capacidad sean conocidas con
claridad.
Sus reales condiciones deberán ser comprobadas apenas se delineen las
señales de la sagrada vocación con el cuidado más escrupuloso, sin
fiarse de un apresurado y superficial juicio, sino recurriendo inclusive
a la asistencia y ayuda de un médico o de un psicólogo competente. No se
deberá omitir una seria investigación anamnésica para comprobar la
idoneidad del sujeto aun sobre esta importantísima línea de los factores
hereditarios.
Los no aptos
Los sujetos que se descubran física y psíquica o moralmente ineptos,
deben ser inmediatamente apartados del camino del sacerdocio: sepan los
educadores que éste es para ellos un gravísimo deber; no se abandonen a
falaces esperanzas ni a peligrosas ilusiones y no permitan en modo
alguno que el candidato las nutra, con resultados dañosos para él y para
la Iglesia. Una vida tan total y delicadamente comprometida interna y
externamente, como es la del sacerdocio célibe, excluye, de hecho, a los
sujetos de insuficiente equilibrio psicofísico y moral, y no se debe
pretender que la gracia supla en esto a la naturaleza.
Desarrollo de la personalidad
Una vez comprobada la idoneidad del sujeto, y después de haberlo
recibido para recorrer el itinerario que lo conducirá a la meta del
sacerdocio, se debe procurar el progresivo desarrollo de su
personalidad, con la educación física, intelectual y moral ordenada al
control y al dominio personal de los instintos, de los sentimientos’ y
de las pasiones.
Necesidad de una disciplina
Esta educación se comprobará en la firmeza de ánimo con que se acepte
una disciplina personal y comunitaria, cual es la que requiere la vida
sacerdotal. Tal disciplina, cuya falta o insuficiencia es deplorable,
porque expone a graves riesgos, no debe ser soportada sólo como una
imposición desde fuera, sino, por así decirlo, interiorizada, integrada
en el conjunto de la vida espiritual como un componente indispensable.
La iniciativa personal
El arte del educador deberá estimular a los jóvenes a la virtud
sumamente evangélica de la sinceridad (cf. Mt 5, 37) y a la
espontaneidad, favoreciendo toda buena iniciativa personal, a fin de que
el sujeto mismo aprenda a conocerse y a valorarse, a asumir
conscientemente las propias responsabilidades, a formarse en aquel
dominio de sí que es de suma importancia en la educación sacerdotal.
El ejercicio de la autoridad
El ejercicio de la autoridad, cuyo principio debe en todo caso
mantenerse firme, se inspirará en una sabia moderación, en sentimientos
pastorales, y se desarrollará como en un coloquio y en un gradual
entrenamiento, que con-sienta al educador una comprensión cada vez más
profunda de la psicología del joven y dé a toda la obra educativa un
carácter eminentemente positivo y persuasivo.
Una elección consciente
La formación integral del candidato al sacerdocio debe mirar a una
serena, convencida y libre elección de los graves compromisos que habrá
de asumir en su propia conciencia ante Dios y la Iglesia.
El ardor y la generosidad son cualidades admirables de la juventud, e
iluminadas y promovidas con constancia, le merecen, con la bendición del
Señor, la admiración y la confianza de la Iglesia y de todos los
hombres. A los jóvenes no se les ha de esconder ninguna de las
verdaderas dificultades personales y sociales que tendrán que afrontar
con su elección, a fin de que su entusiasmo no sea superficial y fatuo;
pero a una con las dificultades será justo poner de relieve, con no
menor verdad y claridad, lo sublime de la elección, la cual, si por una
parte provoca en la persona humana un cierto vacío físico y psíquico,
por otra aporta una plenitud interior capaz de sublimarla desde lo más
hondo.
Una ascesis para la maduración de la personalidad
Los jóvenes deberán convencerse que no pueden recorrer su difícil camino
sin una ascesis particular, superior a la exigida a todos los otros
fieles y propia de los aspirantes al sacerdocio. Una ascesis severa,
Isero no sofocante, que consista en un meditado ‘ asiduo ejercicio de
aquellas virtudes que hacen de un hombre un sacerdote: abnegación de sí
mismo en el más alto grado –condición esencial para entregarse al
seguimiento de Cristo (Mt 16, 24; Jn 12, 25)–; humildad y obediencia
como expresión de verdad interior y de ordenada libertad; prudencia y
justicia, fortaleza y templanza, virtudes sin las que no existir una
vida religiosa verdadera y profunda; sentido de responsabilidad, de
fidelidad’ y de lealtad en asumir los propios compromisos; armonía entre
contemplación y acción; desprendimiento y espíritu de pobreza, que dan
tono y vigor a la libertad evangélica; castidad como perseverante
conquista, armonizada con todas las otras virtudes naturales y
sobrenaturales; contacto sereno y seguro con el mundo, a cuyo servicio
el candidato se consagrará por Cristo y por su reino.
De esta manera, el aspirante al sacerdocio conseguirá, con el auxilio de
la gracia divina, una personalidad equilibrada, fuerte y madura,
síntesis de elementos naturales y adquiridos, armonía de todas sus
facultades a la luz de la fe’ y de la íntima unión con Cristo, que lo ha
escogido para sí para el ministerio de la salvación del mundo.
Períodos de experimentación
Sin embargo, para juzgar con mayor certeza de a idoneidad de un joven al
sacerdocio y para tener sucesivas pruebas de que ha alcanzado su madurez
humana y sobrenatural, teniendo presente que ‘es más difícil comportarse
bien en la cura de las almas a causa de los peligros externos’ (38) será
oportuno que el compromiso del sagrado celibato se observe durante
períodos determinados de ‘experimento, antes de convertirse en estable y
definitivo con el presbiterado.
La elección del celibato como donación
Una vez obtenida la certeza moral de que la madurez del candidato ofrece
suficientes garantías, estará él en situación de poder asumir la grave y
suave obligación de la castidad sacerdotal, como donación total de sí al
Señor y a su Iglesia.
De esta manera, la obligación del celibato que la iglesia vincula
objetivamente a la sagrada ordenación, la hace propia personalmente el
mismo sujeto, bajo el influjo de la gracia divina y con plena conciencia
y libertad, y como es obvio, no sin el consejo prudente y sabio de
experimentados maestros del espíritu, aplicados no ya a imponer, sino a
hacer más consciente la grande y libre opción; y en aquel solemne
momento, que decidirá para siempre de toda su vida, el candidato sentirá
no el peso de una imposición desde fuera, sino la íntima alegría de una
elección hecha por amor de Cristo
Fuente: Catholic.net
Autor: S.S. Pablo VI

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