Ventana Pontificia

Su Santidad Benedicto XVI
Obispo de Roma
El Año sacerdotal permitirá redescubrir
la pastoral vocacional
"Quien siembra en el corazón del hombre es siempre
y sólo el Señor". Parte del discurso que dirigió Benedicto XVI a los
participantes en el congreso europeo de pastoral vocacional el pasado 4
de julio en el Vaticano.
Queridos hermanos y hermanas:
Con verdadera alegría me encuentro con vosotros, pensando en el valioso
servicio pastoral que realizáis en el ámbito de la promoción, animación
y discernimiento de las vocaciones. Habéis venido a Roma para participar
en un congreso de reflexión, confrontación e intercambio entre las
Iglesias de Europa, que tiene por tema "Sembra-dores del Evangelio de la
vocación: una Palabra que llama y envía" y cuya finalidad es dar nuevo
impulso a vuestro compromiso en favor de las vocaciones.
Para cada diócesis, la atención a las vocaciones constituye una de las
prioridades pastorales, que asume más valor aún en el contexto del Año
sacerdotal recién iniciado. Por eso, saludo de corazón a los obispos
delegados para la pastoral vocacional de las distintas Conferencias
episcopales, así como a los directores de los centros vocacionales
nacionales, a sus colaboradores y a todos los presentes.
En el centro de vuestros trabajos habéis puesto la parábola evangélica
del sembrador. El Señor arroja con abundancia y gratuidad la semilla de
la Palabra de Dios, aun sabiendo que podrá encontrar una tierra
inadecuada, que no le permitirá madurar a causa de la aridez, y que
apagará su fuerza vital ahogándola entre zarzas. Con todo, el sembrador
no se desalienta porque sabe que parte de esta semilla está destinada a
caer en "tierra buena", es decir, en corazones ardientes y capaces de
acoger la Palabra con disponibilidad, para hacerla madurar en la
perseverancia, de modo que dé fruto con generosidad para bien de muchos.
La imagen de la tierra puede evocar la realidad más o menos buena de la
familia; el ambiente con frecuencia árido y duro del trabajo; los días
de sufrimiento y de lágrimas. La tierra es, sobre todo, el corazón de
cada hombre, en particular de los jóvenes, a los que os dirigís en
vuestro servicio de escucha y acompañamiento: un corazón a menudo
confundido y desorientado, pero capaz de contener en sí energías
inimaginables de entrega; dispuesto a abrirse en las yemas de una vida
entregada por amor a Jesús, capaz de seguirlo con la totalidad y la
certeza que brota de haber encontrado el mayor tesoro de la existencia.
Quien siembra en el corazón del hombre es siempre y sólo el Señor.
Únicamente después de la siembra abundante y generosa de la Palabra de
Dios podemos adentrarnos en los senderos de acompañar y educar, de
formar y discernir. Todo ello va unido a esa pequeña semilla, don
misterioso de la Providencia celestial, que irradia una fuerza
extraordinaria, pues la Palabra de Dios es la que realiza eficaz-mente
por sí misma lo que dice y desea.
Hay otra palabra de Jesús que utiliza la imagen de la semilla, y que se
puede relacionar con la parábola del sembrador: "Si el grano de trigo no
cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn
12, 24). Aquí el Señor insiste en la correlación entre la muerte de la
semilla y el "mucho fruto" que dará. El grano de trigo es él, Jesús. El
fruto es la "vida en abundancia" (Jn 10, 10), que nos ha adquirido
mediante su cruz. Esta es también la lógica y la verdadera fecundidad de
toda pastoral vocacional en la Iglesia: como Cristo, el sacerdote y el
animador deben ser un "grano de trigo", que renuncia a sí mismo para
hacer la voluntad del Padre; que sabe vivir oculto, alejado del clamor y
del ruido; que renuncia a buscar la visibilidad y la grandeza de imagen
que hoy a menudo se convierten en criterios e incluso en finalidades de
la vida en buena parte de nuestra cultura y fascinan a muchos jóvenes.
Queridos amigos, sed sembradores de confianza y de esperanza, pues la
juventud de hoy vive inmersa en un profundo sentido de extravío. Con
frecuencia las palabras hu-manas carecen de futuro y de perspectiva;
carecen incluso de sentido y de sabiduría. Se difunde una actitud de
impaciencia frenética y una incapacidad de vivir el tiempo de la espera.
Sin embargo, esta puede ser la hora de Dios: su llamada, mediante la
fuerza y la eficacia de la Palabra, genera un camino de esperanza hacia
la plenitud de la vida.
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