A TIRO DE PIEDRA
Multas de tránsito
El anuncio del aumento de
las multas de tránsito es ineficaz para resolver el caos y el irrespeto
que se da en las vías públicas. Meter miedo es una cosa; hacer sentir
respeto por la ley, otra. Un incremento desmedido en el monto de las
multas sólo presagia una cosa: más coima.
La nueva titular de la Autoridad del Tránsito es trabajadora,
inteligente y sensible a las sugerencias. Cuando recoja las diversas
opiniones sobre su plan, de seguro las tomará en cuenta y reevaluará su
propuesta. Aumentar de manera excesiva la sanción pecuniaria por las
infracciones al reglamento de tránsito no es la solución para el
problema. La cultura y el sistema creados en este ambiente conspiran
contra tal medida. Los que se creen dueños de la avenida seguirán con
sus malos hábitos, porque no es la multa actual la que los hace actuar
así, sino el contubernio y la complicidad de ciertos agentes y de
algunas autoridades.
Si analizamos por mera observación lo que acontece en la calle, nos
daremos cuenta de algunas falencias en el control que se ejerce sobre
los conductores infractores. La ausencia de vigilancia es notoria.
Podemos recorrer por casi una hora las avenidas principales de la
ciudad, y no vemos un policía de tránsito. Cuando aparece alguno, por lo
general custodia una construcción o anda a pie. El conductor infractor
lo sabe, y se juega una ruleta en la que tiene más probabilidad de salir
impune que ser sorprendido en la acción.
Otra situación común es la actitud de los conductores de transporte
colectivo, que poco caso hacen del silbato del agente. Tienen que
pitarle varias veces, para que atiendan. Cuando hay varios agentes en un
operativo, entonces obedecen, pero gran parte del día andan felices y a
sus anchas.
Creo que antes de subir el precio de las multas es mejor organizar la
vigilancia, colocar más policías de tránsito motorizados en la calles, y
dividir la ciudad por cuadrantes, para que la vigilancia sea efectiva.
Si se hace cumplir la ley, los conductores irresponsables tendrán la
certeza del castigo y de la presencia constante de la policía de
tránsito.
De hacerse una reforma endureciendo la sanción, esta debe dirigirse a
los reincidentes. A esos debe imponérseles un castigo escalonado, que
los disuada de su mal comportamiento al conducir un vehículo. Las penas
empezarían por lo pecuniario, para luego pasar a terapia sicológica y
suspensión temporal o definitiva de la licencia de conducir.
Antes de poner en vigencia la desproporcionada elevación del monto de
las multas, la Autoridad de Tránsito debe sopesar el alcance que esa
medida tendrá. De no hacerlo, los agentes corruptos tendrán otra razón
para llevarse dinero al bolsillo, sin que se vea la solución del
problema. Por otra parte, los que no han caído en la vorágine de la
corrupción estarían tentados, por el negociado y el dinero fácil que
promete la cultura predominante en la relación entre conductores y
policías torcidos, a hacer lo mismo que las manzanas podridas.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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