Ventana Pontificia

Mons. Pablo Varela Server
Obispo Auxiliar
Con esa esperanza nos han salvado
(Romanos 8, 24)
Nada es inexorable. Esta es la traducción
antropológica de la idea fundamental de salvación, según la fe
cristiana. El hombre debe creer en el imposible y dejar de creer
miserablemente sólo en lo posible. La esperanza tiene como viático la
fe. La esperanza cree que siempre se puede transgredir la fatalidad.
La encíclica Caritas in Veritate, tercera de Benedicto XVI, encierra un
gran mensaje de esperanza dirigido a todas y a todos, hombres y mujeres
de este mundo. Esperanza a la que ya nos llamó en su segunda encíclica,
Spes salvi, y que se fundamenta en la experiencia afirmada de que Dios
es Amor, Deus Caritas est, primera encíclica. Ahora, en la actual
encíclica, este amor esperanzado llama a no quedar prisioneros de la
fatalidad por las consecuencias de la crisis económico-financiera, ni de
supuestos inexorables ciclos de alzas y de bajas económicas o de que
mejor de lo que tenemos no se puede, o de cualquiera otra manifestación
que nos encerrara en el círculo sin horizonte. Amor y Verdad se besan y
engendran Justicia.
La encíclica manifiesta una honda confianza en la razón humana, de que
tenemos la misión y los medios para lograr que todos y no sólo algunos,
estén invitados y efectivamente se logre, de participar solidariamente
en la gran mesa de la Creación. Podemos transformar este mundo, ayudados
por ciencia y tecnología para ser señores y no esclavos de los
acontecimientos, proyecto que necesita ser animado por la justicia y el
amor porque éstas no se limitan a las relaciones interpersonales, sino
también en el campo socioeconómico-financiero. Ninguna crisis puede
descalificar o poner entre paréntesis esta misión.
“El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado. De
manera que el Hijo del Hombre es Señor también del sábado” (Marcos
2,27). Esta convicción y que es de toda la Tradición de la Iglesia, su
clave antropológica, nos la comparte el Papa como fundamental para
realizar una labor constructiva, aún con crisis, porque el olvido o
descuido de ella están a la raíz de nuestra situación actual. También la
globalización es para el hombre y no el hombre para la globalización. No
más pirámides de sacrificios.
El ser humano biológicamente lo podemos relacionar en altísimo
porcentaje con los que llamamos “animales”, pero el ser humano, de toda
evidencia, tiene una dimensión particular que le permite no quedar
sujeto al reino de la necesidad y acceder al reino de la libertad, el
sursum, el “arriba los corazones” de la libertad; también en los
fenómenos económicos y sociales. Aquí el abrirse a la Trascendencia, a
una relación con el Absoluto, en el reconocimiento de que a los orígenes
del cosmos y de su ser humano hay una donación, no un contrato, no una
compra, no un accidente, una equivocación, en vez de limitarle le abre a
mayores alcances en el horizonte de la Verdad. ¿Y si no se es creyente?
Todo ser humano, el ejercicio de la razón nos lo descubre, tiene una
corresponsabilidad, una obligación, con sus semejantes y, en relación
con ellos, con la Tierra. No hay escape a la responsabilidad de tomar
posición en un juicio moral que trasciende los intereses particulares,
sean individuales o de grupo. Es cuestión de conciencia.
Caritas in Veritate no encierra un catálogo de soluciones. No es esta la
tarea del pensamiento social de la Iglesia y de su magisterio, pero sí
nos llama a la misión transformadora de este mundo, en justicia y paz,
en esperanza democrática. Nos anima a no decaer en el empeño de
concertación nacional, con objetivos de cohesión social a través del
fortalecimiento del tejido social. Crecimiento y competitividad
indisoluble-mente unidos a equidad y bienestar para todos. La encíclica
nos pide ejercer el juicio moral y poner en acción los criterios de ese
juicio. Amor y verdad deben interactuar porque cada uno depende del otro
para el logro de su fin: ni amor sin verdad ni verdad sin amor o
quedaríamos en un sentimentalismo o paternalismo inoperante, o en una
verdad que, aunque apareciera como eficaz, resultaría descarnada,
inhumana.
Nuestra tarea misionera como Iglesia panameña, en el espíritu de
Aparecida, tiene que incluir lo que en esta encíclica nos dice el Papa.
Para empezar, leerla y meditarla.
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