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Vacaciones ¿con o sin Dios?

El bañador, las gafas de sol, una novela de intriga,
una revista de crucigramas, algo de ropa (no mucha), desodorante,
colonia... Todo entra en la maleta, antes de salir, por fin, de
vacaciones.
Todo... Bueno, algo tiene que quedarse en casa. Miramos a la estantería
y salta, ante nuestros ojos, una Biblia. ¿La llevamos? Una voz nos
susurra: "pesa mucho, además, vas de vacaciones, para disfrutar y
descansar, que te lo mereces..."
Las vacaciones, piensan algunos, se viven para olvidar deberes pesados,
responsabilidades difíciles, normas oprimentes. Incluso hay quienes
olvidan o quieren olvidar esa lista de mandamientos que Dios nos dio por
medio de Moisés y que marcan nuestro camino de fidelidad a Cristo.
Buscan hacer "vacaciones de Dios", o, incluso, mandan a Dios "de
vacaciones" para poder disfrutar unos días según lo que se les antoje en
cada momento.
El cristiano, sin embargo, no puede tomarse vacaciones de sus
compromisos espirituales. No es justo arriesgarse a perder, en unos
días, la amistad con Dios que llamamos "estado de gracia".
El verano no puede ser un paréntesis, un momento en el que dejemos volar
los instintos a donde nos lleven, incluso tal vez a algún que otro
pecado grave.
También se puede aplicar al verano la parábola del pobre Lázaro a las
puertas del rico (que llamamos, ya por costumbre, Epulón): habrá algún
necesitado que nos pida ayuda, y el pensar en los otros vale también
cuando uno está en la playa o en la montaña. Igualmente, hay vírgenes
necias que, en verano, son sorprendidas por la llegada del esposo, y no
tienen aceite en sus alcuzas. La muerte no avisa, y no es de psicóticos
estar preparados al encuentro del Señor. Y los dones que Dios nos ha
dado (salud, alegría, optimismo, energías físicas y espirituales) no son
para ser guardados durante las semanas de descanso: también nos pueden
pedir cuenta de lo que hayamos hecho o dejado de hacer con ellos estos
días en los que alguno se siente con más ganas de acariciar las sábanas
que de dedicarse a ayudar a la familia en las pequeñas cosas de todos
los días.
Pero ver el verano sólo como un momento de relax lleno de tentaciones es
injusto para con nosotros mismos y para con el mismo Dios. Cuando
disponemos de más tiempo libre, cuando los momentos de descanso son
abundantes, podemos dedicarnos con mayor serenidad a tantas actividades
que embellecen el corazón, que nos acercan a Dios.
Ir un rato a una iglesia o al cementerio más cercano para rezar, sin
prisas, sin relojes. Pasear los ojos en las plantas con las que Dios nos
permite asomarnos a su imaginación inagotable. Escuchar con esperanza
los gritos de unos niños que luchan por mantener en pie, frente a las
olas, un castillo de arena frágil como la vida de cada hombre y mujer en
este planeta de emociones y sorpresas. Seguir con la mirada el vuelo de
un murciélago que todas las tardes busca y consigue la comida para su
existencia efímera.
Acabamos de preparar la maleta. Quizá no hubo espacio para la Biblia
gruesa, pesada, más de adorno que de lectura. Pero pudimos apretar,
entre un pijama y unos pantalones de paseo, un pequeño Evangelio o una
"Imitación de Cristo". Tendremos pequeños momentos para volver a leer
verdades que nos salvan, que nos ponen ante lo único necesario. Cuando
cada domingo, en la playa o en la montaña, busquemos una iglesia para
ese encuentro deseado con Cristo en la Misa, podremos decirle que este
verano, de verdad, no hemos hecho unas vacaciones sin Dios.
A El lo invitamos, el primero, a vivir unos días de emociones y de
descanso, estos días de vacaciones. Un descanso que será eterno y feliz,
si acogemos su amor, cuando nos llame, un día cualquiera, en el trabajo
o, por sorpresa, en un día de vacaciones vividas, esperamos, entre sus
brazos de Padre bueno.
Fuente: Catholic.net
Autor: Fernando Pascual .
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