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La universidad de la vida
Emilio Sinclair - emisinclair@hotmail.com
Tachonados de diplomas y erguidos ante la humanidad, desfilan personas
que dedicaron su fructífera juventud a estudiar.
Absorbiendo sabiduría se conquista el mundo. Las claves están en los
libros y en la internet, valiosas herramientas que suministran las
fórmulas, ideas y artes que emanan del talento.
Una persona con conocimientos está dotada de riquezas intelectuales que
permiten alcanzar logros deseados.
Virtudes como sabiduría, persistencia y paciencia nos permiten lograr
éxitos y una vez en la cima, será difícil destronarla porque la adicción
al aprendizaje refuerza la intelectualidad.
Aprender ahora es más fácil que en el pasado. Hay un centro de
enseñanzas llamado la vida. Es una universidad sin salones; de
aprendizaje permanente, ofreciendo oportunidades de oro que termina
cuando, derrotados por la muerte, lanzamos nuestro último suspiro. Es un
centro de enseñanza, gratuito, sin horarios; es manantial donde bebemos
y comemos el maná de sabidurías.
Aprendemos de la disciplina de nuestros semejantes para cumplir con sus
labores; de la persona sencilla que aunque acorralada por problemas
canta y ríe ante las circunstancias.
Aprendemos de niños que dentro de su inocencia comprende que hay
momentos difíciles y que la oración es fórmula eficaz para recibir
beneficios de Dios; de padres y madres que luchan denodadamente para
evitar el desamparo de sus hijos concebidos con amor.
Aprendemos a no humillar a nuestros semejantes porque, de alguna forma,
son valiosos aunque puedan engañar para aprovecharse de nuestra bondad.
Aprendemos que nuestro cuerpo es sagrado, por lo tanto, debemos darle un
buen uso para conquistar méritos divinos, pero flaqueamos y
miserablemente caemos en la fosa del pecado.
Aprendemos de aquellos que a pesar de vivir en los tugurios arrancan
inclemencias que los rodean, y conquistan una plaza meritoria en las
olimpiadas de la existencia.
Aprendemos que la boca debe ser cárcel de nuestra lengua para evitar que
el lenguaje impuro manche la honra de los demás. La vida, con todo su
trajinar, es una universidad permanente. Desgarremos pobrezas
espirituales para ceñirnos la vestimenta impregnada de ansias de
superación, desdeñando lo malo y glorificando lo altruista, porque lo
demás es piltrafa inservible.
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