Ventana Pontificia

S.S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
La encíclica "Caritas in veritate"
Ofrecemos a continuación un extracto de la
intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este
miércoles, 8 de julio celebrada en el Aula Pablo VI, con peregrinos
procedentes de todo el mundo, dedicada a presentar la encíclica que
publicó este martes, "Caritas in veritate".
Queridos hermanos y hermanas:
Mi nueva encíclica "Caritas in veritate", que ayer se presentó
oficialmente, se inspira en su visión fundamental en un pasaje de la
carta de san Pablo a los Efesios, en el que el apóstol habla del actuar
según la verdad en la caridad: "Actuando --lo acabamos de escuchar--
según la verdad en la caridad, crecemos en todo hasta aquel que es la
cabeza, Cristo" (4, 15). La caridad en la verdad es, por tanto, la
principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de cada persona
y de toda la humanidad. Por esto, en torno al principio "caritas in
veritate", gira toda la doctrina social de la Iglesia. Sólo con la
caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible conseguir
objetivos de desarrollo con un valor humano y humanizador. La caridad en
la verdad "es el principio sobre el que gira la doctrina social de la
Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios
orientadores de la acción moral" (n. 6). La encíclica alude en seguida
en la introducción a dos criterios fundamentales: la justicia y el bien
común. La justicia es parte integrante de ese amor "con los hechos y en
la verdad" (1 Juan 3,18), a la que exhorta el apóstol Juan (Cf. n. 6). Y
"amar a alguien es querer su bien y obrar eficazmente por él. Junto al
bien individual, hay un bien ligado a la vida social de las personas...
Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja" por el
bien común. Por tanto, dos son los criterios operativos, la justicia y
el bien común; gracias a éste último, la caridad adquiere una dimensión
social. Todo cristiano --dice la encíclica-- está llamado a esta
caridad, y añade: "Ésta es la vía institucional... de la caridad" (cfr
n. 7).
Como otros documentos del Magisterio, también esta encíclica retoma,
continúa y profundiza el análisis y la reflexión de la Iglesia sobre
cuestiones sociales de vital interés para la humanidad de nuestro
tiempo. De modo especial, enlaza con cuanto escribió Pablo VI, hace
ahora más de cuarenta años, en la "Populorum progressio", piedra angular
de la enseñanza social de la Iglesia, en la que el gran pontífice traza
algunas líneas decisivas, y siempre actuales, para el desarrollo
integral del hombre y del mundo moderno. La situación mundial, como
ampliamente demuestra la crónica de los últimos meses, sigue presentando
no pocos problemas y el "escándalo" de desigualdades clamorosas, que
permanecen a pesar de los compromisos adoptados en el pasado. Por una
par-te, se registran signos de graves desequilibrios sociales y
económicos; por la otra, se invocan desde muchas partes reformas que no
pueden demorarse por más tiempo para superar la brecha en el desarrollo
de los pueblos. El fenómeno de la globalización puede, en este sentido,
constituir una oportunidad real, pero por esto es importante que se
acometa una profunda renovación moral y cultural y un discernimiento
responsable sobre las elecciones que hay que realizar para el bien
común. Un futuro mejor para todos es posible, si se funda en el
descubrimiento de los valores éticos fundamentales. Es necesaria por
tanto una nueva proyección económica que vuelva a diseñar el desarrollo
de forma global, basándose en el fundamento ético de la responsabilidad
ante Dios y ante el ser humano como criatura de Dios.
La encíclica ciertamente no mira a ofrecer soluciones técnicas a las
grandes problemáticas sociales del mundo actual --no es la competencia
del magisterio de la Iglesia (Cf. n. 9)--. Ésta recuerda, sin embargo,
los grandes principios que se revelan indispensables para construir el
desarrollo humano en los próximos años. Entre éstos, en primer lugar, la
atención a la vida del hombre, considerada como centro de todo verdadero
progreso; el respeto del derecho a la libertad religiosa, siempre unido
íntimamente al desarrollo del hombre; el rechazo de una visión
prometeica del ser humano, que lo considera artífice absoluto de su
propio destino. Una ilimitada confianza en las potencialidades de la
tecnología se revelaría finalmente ilusoria. Se necesitan hombres rectos
tanto en la política cuanto en la economía, que estén sinceramente
atentos al bien común. En particular, viendo las emergencias mundiales,
es urgente llamar la atención de la opinión pública ante el drama del
hambre y de la seguridad alimentaria, que afecta a una parte
considerable de la humanidad. Un drama de tales dimensiones interpela a
nuestra conciencia: es necesario afrontarlo con decisión, eliminando las
causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo
agrícola de los países más pobres. Estoy seguro de que esta vía
solidaria al desarrollo de los países más pobres ayudará ciertamente a
elaborar un proyecto de solución de la crisis global actual.
Indudablemente debe revalorarse atentamente el papel y el poder político
de los Estados, en una época en la que existen de hecho limitaciones a
su soberanía a causa del nuevo contexto económico-comercial y financiero
internacional. Y por otro lado, no debe faltar la participación de los
ciudadanos en la política nacional e internacional, gracias también a un
compromiso renovado de las asociaciones de los trabajadores llamados a
instaurar nuevas sinergias a nivel local e internacional. Un papel de
primer nivel desempeñan, también en este campo, los medios de
comunicación social para la potenciación del diálogo entre culturas y
tradiciones diversas.
Queriendo por tanto programar un desarrollo no viciado por las
disfunciones y distorsiones hoy ampliamente presentes, se impone por
parte de todos una seria reflexión sobre el sentido mismo de la economía
y sobre sus finalidades. Lo exige el estado de salud ecológica del
planeta; lo pide la crisis cultural y moral del hombre que aparece con
evidencia en cada lugar del globo. La economía tiene necesidad de la
ética para su correcto funcionamiento; necesita recuperar la importante
contribución del principio de gratuidad y de la "lógica del don" en la
economía de mercado, en el que la regla no puede ser el provecho propio.
Pero esto sólo es posible únicamente gracias al compromiso de todos,
economistas y políticos, productores y consumidores, y presupone una
formación de las conciencias que dé fuerza a los criterios morales en la
elaboración de los proyectos políticos y económicos. Justamente, desde
muchas partes se apela al hecho de que los derechos presuponen deberes
correspondientes, sin los cuales los derechos corren el riesgo de
transformarse en libre arbitrio. Es necesario, se repite cada vez más,
un estilo diverso de vida por parte de toda la humanidad, en el que los
deberes de cada uno hacia el ambiente se unan con los de la persona
considerada en sí misma y en relación con los demás. La humanidad es una
sola familia y el diálogo fecundo entre fe y razón no puede más que
enriquecerla, haciendo más eficaz la obra de la caridad en lo social,
constituyendo además el marco apropiado para incentivar la colaboración
entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar
por la justicia y la paz en el mundo..
Volver |