A TIRO DE PIEDRA
Inundación urbana
Nuestra capital es una
ciudad agresiva con sus moradores, por la poca existencia de espacios
públicos, la preferencia por el automóvil en vez de las personas, y por
la actitud indolente de la creciente chusma capitalina. Ambiente
ruidoso, inundaciones, basura, irrespeto a las normas de policía,
apropiación de la servidumbre, y destrucción del ambiente hacen crisis.
De todas esas situaciones, la inundación de calles y avenidas se
resiente más. Quizá porque toca directamente a la población, sin
discriminar si marcha a pie o si se transporta en un vehículo. ¡Todos
tomamos por igual! Rico, pobre, mestizo, indígena, nacional, extranjero,
ninguno se salva.
La inundación urbana es la consecuencia de la deficiente canalización de
las aguas pluviales. El sistema es inadecuado, para la cantidad de agua
que se descarga y no encuentra evacuación rápida por las áreas de
canalización. Por mera observación podemos inferir el origen del
problema: obstrucción de las alcantarillas por parte del público y de
las compañías constructoras; pavimentación excesiva, que elimina las
áreas verdes que absorben parte del agua de lluvia; anulación de las
paredes de canalización, al elevarse la superficie de la calle y
dejarlo, prácticamente, al nivel de las aceras; distancia muy larga
entre uno u otro tragante; y la ausencia de éstos en muchas partes de la
ciudad.
A lo anterior tenemos que sumar la manera en que se deja caer el agua
desde los techos. Es común ver el fuerte chorro que se descarga desde
las alturas, cual si fuera la caída de una catarata. El constructor del
edificio solucionó su problema, pero lo trasladó a la vía pública.
Si queremos mitigar los efectos de esas anomalías, las autoridades
tendrán que intervenir con más fuerza. Debe obligarse a las
constructoras a conectarse al alcantarillado, en vez de desaguar hacia
la calle. Las que construyen urbanizaciones deben construir, también, un
sistema de alcantarillado eficaz, que canalice las aguas hacia
receptáculos adecuados. Muchas de ellas, por lo que se puede ver, las
dirigen hacia canales y quebradas cercanas, que soportan poco el caudal
que se les vierte.
Para el observador acucioso, el asunto es fácil de advertir. Los
desniveles en vías y aceras, cuando las hay, muestran depresiones que se
convierten en verdaderos pozos, que contienen el agua por días y
semanas, antes que pueda evaporarse. Esos fenómenos son, al mismo
tiempo, criaderos de mosquitos y otras alimañas. En algunas zonas hasta
puede verse la evolución o la metamorfosis de batracios, cuyas etapas
más visibles van desde su estado de gusarapo hasta convertirse en sapos
y ranas. De continuar así, hasta podríamos convertir esos estanques en
laboratorio para las escuelas, o en atracción turística.
Cuando usted vea otra inundación, piense en todo lo que eso implica. No
es sólo nuestro clima tropical tórrido, sino la forma en que
interactuamos con el ambiente. Y el mal, mayormente, está en la agresiva
ciudad capital que nos hemos creado.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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