La Voz del Pastor

Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago
La fidelidad de Dios,
nuestra fuerza
La fidelidad de Dios es constante. Dios cumple
siempre la palabra empeñada. Allí está el testimonio de las alianzas :
Dios se compromete con Noé a no volver a destruir su creación, y guarda
su palabra. A Abraham le promete tierra y descendencia abundante como
las arenas del mar y las constelaciones del cielo, y no deja de cumplir,
aunque dentro de sus propios plazos y circunstancias, para educar al
hombre en la fe como confianza. Abraham llega a pensar que lo va a
heredar su siervo Eliécer. Luego nace Ismael, el hijo de Agar, la
esclava. Finalmente, nace Isaac, el hijo de Sara, la libre. En él
empieza a cumplirse la promesa. Pero Dios no tarda en pedirle la entrega
de Isaac, y Abraham se crece, otra vez, en la expresión de su confianza
absoluta en Dios.
Con Moisés, Dios pacta una alianza bilateral, de tipo jurídico. Su
modelo son los pactos hititas de soberanía entre un rey soberano y un
rey vasallo que debe su existencia al primero. Debe ser amigo de sus
amigos y enemigo de sus enemigos. La historia de la alianza sinaítica es
un compendio de la infidelidad del rey vasallo, Israel. En ese contexto,
los profetas anuncian una nueva alianza, no escrita en tablas de piedra,
sino en el corazón del hombre, que aprenderá a conducirse como miembro
fiel del pueblo de Dios, gracias a la pedagogía del Espíritu (cf Jer
31;31-34; Ez 36:24-28).
En la alianza con la casa de David, Dios toma la iniciativa de
comprometerse a construirle a David una dinastía perpetua (cf 2 Sam 7).
Esta promesa se cumplirá plenamente en Jesús, Rey de reyes, pero sufre
altibajos en la historia. Uno de los mayores fue la crisis del exilio en
Babilonia. Huérfanos de reyes y sacerdotes, privados del templo y la
ciudad Santa, Jerusalén, cuestionan la fidelidad de Dios a sus promesas.
Y Dios les responde, por medio del Segundo Isaías, que sus caminos,
planes y pensamientos son distintos a los nuestros, y que la palabra que
brota de sus labios no vuelve a él, sin haber cumplido su propósito (Is.
55: 1-11).
La historia de la salvación acredita, pues, que Dios es fiel a sus
promesas. Esta fidelidad se parece al pedernal, por su firmeza y
solidez. Se suele describir con dos sustantivos unidos por una
conjunción: Jésed ve émet (cf Ex.34:6).
Jésed significa amor, bondad, benevolencia, buena voluntad, favor,
beneficio, misericordia, gracia, piedad y belleza.
Émet significa firmeza, duración, certeza, seguridad, fidelidad, fe,
verdad y probidad.
El combinar los dos sustantivos es un recurso literario que ayuda a
suplir la función del adjetivo en una lengua pobre de adjetivos. En este
caso, uno de los sustantivos se adjetiva y califica al otro. Hablaremos,
entonces, de un amor fiel o de una fidelidad amorosa. Así es el amor de
Dios y la fidelidad de Dios.
El evangelio de Juan recoge la expresión, cuando nos describe la
encarnación del Verbo de Dios. Nos dice que la Palabra de Dios puso su
tienda entre nosotros (la humanidad de Jesús), y que, en ella hemos
contemplado la gloria de Dios, es decir, el ser de Dios, en cuanto
brilla hacia el exterior. Esta gloria rebosa de gracia (Járis) y
aletheia (verdad) ( Jn 1:14).
Remitiéndonos al origen de la expresión en el A.T., podemos describir a
Cristo como la imagen de Dios invisible, primogénito de toda creación, (cf
Col 1:15) plenitud del amor fiel, firme y verdadero o bien de la
fidelidad, firmeza, seguridad y verdad amorosas de Dios. Así es el
rostro humano de Dios (Jn 1:14).
Por la fe en el misterio pascual de Jesús, Mesías e Hijo de Dios, que la
Iglesia predica, celebra y testimonia, participamos de esta realidad a
través de los sacramentos de iniciación cristiana. Si Dios, en Jesús, es
un amor fiel o una fidelidad amorosa, en quien todas las promesas de
Dios encuentran su cumplimiento, apoyándonos en él, también nosotros
podemos ser fieles a nuestros compromisos bautismales, matrimoniales,
civiles y sacerdotales. Nuestra palabra empeñada con Jesús de apacentar
su rebaño, por un amor que trasciende todo otro amor (Cf Jn 21;15-17),
avalada por el sacramento del orden, o con una mujer, de amarla hasta la
separación de la muerte, avalada por el sacramento del matrimonio, se
mantendrá firme, en medio de todas las vicisitudes. No dejaremos que la
rutina, el cansancio, la desidia, la tentación o la pereza reduzcan a
quimera la palabra que hemos empeñado delante de Dios y de los hombres,
apoyándonos en Jesús, plenitud del amor fiel o de la fidelidad amorosa
de Dios.
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