Editorial
Celibato
El celibato sacerdotal es una institución
eclesiástica que tiene su fundamento en la vocación de quien lo profesa,
y que a su vez se sostiene en la fe. Buscarle otra connotación es
necedad. Tratar de atacarlo desde el enfoque sexual, explícitamente en
lo atinente al coito, es un error conceptual y un dardo que apunta a la
difamación y no a la edificación del clero y de la Iglesia.
Profundo es el ejercicio de discernimiento, para quienes quieren acceder
al sacerdocio. Durante largos años, el candidato interioriza el
compromiso y el alcance que tendrá el celibato en su vida sacerdotal y
personal. En ese periodo está en la libertad de asumir o no esa promesa.
Aún después, si por causa grave y sincera, siente que no puede continuar
guardando el celibato, expone su causa a la Iglesia y tiene la opción de
obtener una dispensa de dicho voto.
La Iglesia, Madre y Maestra, busca el bien de sus hijos. Nada es por
capricho; nada a la carrera; nada movido por cualquier viento de
doctrina o corriente de moda. Nuestra Santa Madre Iglesia, portadora del
mensaje divino, respeta el libre albedrío que Dios le ha dado al hombre,
pero guía e instruye a sus hijos para que hagan buen uso de la libertad
que el Creador les da.
Quien decide ser sacerdote, sabe a qué atenerse con respecto al
celibato. Y sabe, aún más, que el sacerdocio es una gracia que se recibe
por el llamado divino. No es una profesión cualquiera, que se decide
estudiar, aunque no se tenga la vocación para ella. Sin vocación ni
llamado, no hay verdadero sacerdocio; y, sin ambos, difícilmente se
podrá guardar el celibato sacerdotal, cuya fuerza para vivirlo está en
la elección que el mismo Altísimo hizo del sacerdote, desde el seno de
su propia madre.
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