A TIRO DE PIEDRA
Las raíces de la corrupción
Dice el refrán que el poder
corrompe y que todo hombre tiene su precio. Resultan ciertas esas
palabras, pero no es lo único que corrompe al ser humano. La mayoría de
los corruptos, ningún poder significativo detenta. La corrupción,
entonces, tiene otras raíces.
La corruptibilidad humana está ligada al provecho que podemos sacar de
hechos y situaciones, se traduzca o no en dinero. El denominador común
es el camino fácil, para obtener lo que costaría más esfuerzo lograr.
Veamos algunos ejemplos:
En las calles y avenidas un número importante de conductores hace giros
prohibidos, a pesar de las señales de tránsito. Otros se colocan en el
carril de giro a la derecha, para seguir de frente, sin inmutarse ante
la protesta a bocinazos del que viene detrás. El cara dura se queda
allí, bloqueando el paso, sin empacho alguno.
Un grupo de individuos se apodera de una zona aledaña a un sitio muy
concurrido, se instala en el lugar, y decide cobrar por el servicio de
“bien cuidao”. La mayoría de los “clientes” no tiene más remedio que
ceder al chantaje, so riesgo de daño a su vehículo, ultraje o maltrato a
su persona.
A casa llega un niño con un artículo, que, evidentemente no es de él ni
le han dado en casa. Al preguntarle sobre su procedencia, si es que le
preguntan, dice que se lo encontró. Allí queda todo. Con más frecuencia
seguirá encontrándose cosas, hasta convertirse en un mozalbete dichoso,
que hoy se encuentra un televisor, mañana un fajo de dinero, y más
adelante una pistola. Como la mayoría en casa se beneficia de la “buena
suerte” del muchacho, ya ni le interesa preguntarle de dónde provienen
los objetos.
También casos similares ocurren en las oficinas, las que se convierten
en proveedoras de lápices, bolígrafos, resmas de papel, fotocopias, y
cualquier otra cosa que, entre pellizcos y pequeñas cantidades, van a
satisfacer las necesidades de estudiantes, asociaciones, amigos y otros
necesitados de tales bienes.
Muchas de esas actitudes crean la cultura de la corrupción. Lo que
parece insignificante, se convierte en algo grande. Si pudiéramos
rastrear el currículo de los políticos, en ese sentido, nos daríamos
cuenta que su escuela de corrupción ha sido aquello que considera
“normal” en su vida, en su familia, en su trabajo, y en su círculo de
amigos y copartidarios.
Por todos los lados la sociedad es atacada por la corrupción. El
escandaloso que llega al estacionamiento del condominio con su carro
ruido-so, o su aparato de música. El vecino bullanguero que desde su
casa mortifica al resto, con el ruido excesivo. Aquel que lava su carro
y deja la manguera chorreando, inundando el portal aje-no. El que se
estaciona donde no debe, o lo hace ocupando dos lugares, o bloquea el
paso a otro.
Todos esos son signos de corrupción moral, que después llevan a males
peores. Allí, en esas prácticas, están hincadas las raíces de la
corrupción social que padecemos. Si no la erradicamos, desde las
estructuras privada, civil y política, la corrupción seguirá gozando de
buena salud.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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