La Voz del Pastor

Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién
Pentecostés
La Iglesia nos invita a vivir este tiempo de fin de
Pascua en perspectiva paulina, ya que hemos dedicado este año a
reflexionar y vivir momentos especiales en torno a la figura de San
Pablo. Pienso que es bueno tratar de descubrir el elenco paulino de la
acción del Espíritu Santo y todo lo que esta tercera Persona de la
Santísima Trinidad hizo en la persona de San Pablo.
Podemos descubrir en la Carta a los Gálatas en dos ocasiones, cómo Pablo
emplea el término “judaísmo”, para referirse a todo aquel sistema de
vida moral, religiosa y civil que le había fascinado y cautivado
anteriormente. En el judaísmo, Pablo encontró una primera realización de
su espiritualidad. En ese contexto Pablo se presenta como un encarnizado
perseguidor de la Iglesia naciente. Él había intuido que, aquel grupo
socialmente irrelevante de personas que hablaban de Cristo muerto y
resucitado, venía a presentarse como una seria amenaza para la
religiosidad y espiritualidad judaica. El había tomado las medidas
necesarias para combatir aquella amenaza que, para combatirla, era
necesaria una decisión rápida de medidas que impidieran el crecimiento
de ese grupo.
El problema iba más lejos de lo intuido desde el judaísmo, ya que los
cristianos en lugar de construir su propia justicia, su propia
identidad, como había hecho Pablo, ponían sorprendentemente su confianza
en un personaje del que aseguraban que había muerto y resucitado, y al
que fiaban toda iniciativa o, más aún, la administración de sus propias
vidas. Se sentían urgidos a estar con Cristo Jesús, a moverse, a vivir,
a desarrollarse en el contexto de Cristo, en contacto con él,
perteneciendo a él; todo lo demás se volvía, para ellos,
desconcertadamente secundario.
De ahí que podamos decir que la oposición era de tipo espiritual. Los
cristianos oponían una espiritualidad cristocéntrica, cimentada en
Cristo como absoluto, a la espiritualidad antropocéntrica de Pablo,
construida echando mano de la Ley.
El tránsito de Pablo de la condición de judío a la de cristiano estuvo
determinado por el descubrimiento de Cristo. Una vez que se hubo
encontrado con Cristo muerto y resucitado, Pablo se ha visto apresado,
asido por él, y ahora se da cuenta de que su vida ha cambiado: los
núcleos de su personalidad se han puesto en movimiento y está siendo
objeto de reajuste.
Ahora bien, esta decisión es interior, que se produce en lo más hondo.
Se trata de una concepción antropológica distinta, incluso, como si se
le hubiera dado la vuelta. El elemento más típico de este cambio radical
reside en que, mientras que antes se sentía el responsable, el gestor
activo, el protagonista determinante de su vida, ahora,
sorprendentemente, se pone en las manos de otro. Se confía a Dios y
reconoce que ha sido precisamente Dios quien lo eligió desde el vientre
de su madre, para darle a conocer a su Hijo (Gal. 1,15-16).
Toda esta experiencia nos ayuda a comprender y nos da luces para
responder a la llamada de Dios, quien nos elige y nos pone en camino,
desde nuestra posición de cristianos para responder con fidelidad a las
mociones del Espíritu que van forjando nuestras vidas desde una
perspectiva dinámica para que Cristo sea amado, conocido y servido por
todos.
Debemos recordar que es difícil expresar lo que cada uno siente cuando
es desenraizado de su realidad para iniciar un nuevo caminar, todo esto
se lo debemos a la acción del Espíritu del Señor que viene a
arrebatarnos de nuestra comodidad para lanzarnos a una aventura
interesante que debe tener una buena dosis de generosidad y docilidad
para ir allá donde el Espíritu quiera llevarnos y hacer nuestra la obra
de Dios en la recreación de la humanidad.
Vivimos tiempos muy especiales donde la temporalidad es lo que cuenta,
por eso es necesario dejarse llevar por las mociones del Espíritu. Claro
que somos personas de costumbres y con facilidad nos vamos acostumbrando
a lo rápido, a salir del paso, a saber que todo lo que hacemos hoy puede
darse o no y no pasa nada a la hora de vivir el compromiso; pero no
podemos seguir en esa tónica, debemos despertar a la realidad que nos
impulsa al compro-miso y a la permanencia constante, si lo vivimos de
esa manera superaremos las mediocridades de nuestros personajes
actuales, ya que ellos, con facilidad rompen sus compromisos, pues no
dejan actuar al Espíritu en sus vidas; confían demasiado en sus propias
fuerzas y terminan por claudicar ante cualquier amenaza, por muy pequeña
que sea. Es necesario saber descubrir la fuerzas especiales que el
Espíritu va inspirando en nuestro tiempo para no dejarla pasar y
responder con serenidad y fidelidad a todo lo que el Señor espera de
nosotros.
Invoquemos a María, nuestra Madre, para que nos acompañe en nuestro
caminar, como lo hizo con los apóstoles, es esa espera consciente y
temerosa hasta que el Espíritu les dio la fuerza necesaria y la valentía
para hacer frente a las realidades del momento.
Que el Dios de la Vida siga enviando su Espíritu a nuestros pueblos para
cambiar el rumbo de nuestra historia y hacer más impactante y deseosa de
vivirla a plenitud desde las mociones del Espíritu Santo.
Volver |