Ventana Pontificia

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
Un reconocimiento de los sufrimientos
de los cristianos de Tierra Santa
Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI
en la tarde del martes 12 de mayo, al celebrar la misa en el Valle de
Josafat junto a unos seis mil fieles. Era la primera vez que un Papa
celebraba la Eucaristía al aire libre en la Ciudad Santa.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
"Cristo ha resucitado, aleluya". Con estas palabras os saludo con gran
afecto. Doy las gracias al patriarca Fouad Twal por sus palabras de
bienvenida en vuestro nombre, y ante todo, expreso también mi alegría al
estar aquí para celebrar esta Eucaristía con vosotros, Iglesia en
Jerusalén. Nos hemos reunido aquí bajo el Monte de los Olivos, donde
nuestro Señor rezó y sufrió, donde lloró por amor a esta ciudad y a la
que deseó que pudiera conocer "el camino de la paz" (Cf. Lucas 19, 42),
y donde él regresó al Padre, dando su última bendición terrena a sus
discípulos y a nosotros. Acojamos hoy esta bendición. Él os la imparte
de manera especial a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que estáis
unidos en una ininterrumpida línea con los primeros discípulos que
encontraron al Señor Resucitado al partir el pan, que experimentaron la
efusión del Espíritu Santo en el Cenáculo, que fueron convertidos por la
predicación de San Pedro y de los demás apóstoles. Saludo también a
todos los presentes, y de manera especial a los fieles de la Tierra
Santa que por varias razones no han podido estar aquí con nosotros.
Como sucesor de san Pedro, he recorrido sus pasos para proclamar al
Señor resucitado entre vosotros, para confirmaros en la fe de vuestros
padres e invocar sobre vosotros el consuelo que es el don del Paráclito.
Al estar ante vosotros hoy, deseo reconocer las dificultades, la
frustración, la pena y el sufrimiento que tantos de vosotros han
soportado como consecuencia de los conflictos que han afligido a estas
tierras, así como las amargas experiencias de desplazamientos que muchas
de sus familias han conocido y --Dios no lo permita-- pueden aún
conocer. Deseo que mi presencia aquí sea un signo de que no sois
olvidados, de que vuestra perseverante presencia y testimonio son
preciosos a los ojos de Dios y son un elemento de futuro para estas
tierras. A causa de vuestras profundas raíces en estos lugares, de
vuestra antigua y fuerte cultura cristiana y de vuestra perdurable
confianza en las promesas de Dios, vosotros, cristianos de Tierra Santa,
estáis llamados a ser no sólo un faro de fe para la iglesia universal,
sino también levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en la vida de
una sociedad que tradicionalmente ha sido, y sigue siendo, pluralista,
multiétnica y multirreligiosa.
Jerusalén en realidad ha sido siempre una ciudad en la cual resuenan
lenguas diversas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de toda raza y
lengua, cuyos muros son símbolo del cuidado providente de Dios para toda
la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado,
esta ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que
enseñe la universalidad, el respeto por los demás, el diálogo y la mutua
comprensión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que
la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la
búsqueda de la paz. No debería haber lugar entre estos muros para la
mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los
creyentes en un Dios de misericordia --ya sea que se identifiquen como
judíos, cristianos o musulmanes--, deben ser los primeros en promover
esta cultura de la reconciliación y de la paz, por más lento que sea el
proceso y más agobiante el peso de los recuerdos pasados.
Quisiera aquí referirme directamente a la trágica realidad --que no
puede nunca dejar de ser fuente de preocupaciones para todos aquellos
que aman esta ciudad y esta tierra-- de la partida en los tiempos
recientes de numerosos miembros de la comunidad cristiana. Si bien hay
razones comprensibles que llevan a muchos, especialmente jóvenes, a
emigrar, esta decisión trae consigo como consecuencia un gran
empobrecimiento cultural y espiritual de la ciudad. Deseo hoy repetir lo
que he dicho en otras ocasiones: ¡en Tierra Santa hay lugar para todos!
Mientras exhorto a las autoridades a respetar y apoyar aquí la presencia
cristiana, deseo al mismo tiempo asegurarles la solidaridad, el amor y
el apoyo de toda la Iglesia y de la Santa Sede.
En la iglesia del Santo Sepulcro, los peregrinos de cada siglo han
venerado la piedra que, según la tradición, estaba ante la entrada de la
tumba en la mañana de la resurrección de Cristo. Volvamos frecuentemente
a esta tumba vacía. Reafirmemos allí nuestra fe en la victoria de la
vida, y recemos para que toda "piedra pesada", colocada en la puerta de
nuestros corazones bloqueando así nuestra completa sumisión al Señor en
la fe, la esperanza y el amor, quede destrozada por la fuerza de la luz
y de la vida, que resplandeció desde Jerusalén hasta todo el mundo en la
mañana de Pascua. ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡Verdaderamente ha
resucitado! ¡Aleluya!
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