A TIRO DE PIEDRA
El celibato sacerdotal
Una vez más el tema es
traído al debate público, y atacado con fuerza por algunos que no
comprenden el compromiso, el alcance y el sentido de este requisito de
la Iglesia Católica para sus ministros. No es un asunto de sexualidad,
sino de fe. Allí está el error de quienes lo atacan.
A lo largo de dos milenios la Iglesia ha sido atacada por quienes no
comparten la fe cristiana. Reyes, emperadores, autoridades religiosas de
otros credos, poderosos de todo tipo, personas particulares. De todas
partes ha venido ese ataque, que persiste hasta hoy. El modo de vivir de
los cristianos, aunque es abierto, produce en otros la animadversión y
el odio, por el simple hecho de contrariar la mentalidad y la manera de
vivir del mundo.
La Iglesia está a favor de la unión del hombre y la mujer, bajo la
fidelidad y la castidad de la vida conyugal. Un hombre para una mujer;
una sola mujer para un hombre. Ambos tienen la responsabilidad de amarse
mutuamente, formar familia, y cuidar y educar responsablemente a los
hijos que Dios les dé. Sin embargo, para el sacerdote, la renuncia a la
unión conyugal y a los bienes del mundo, es un compromiso que nace de la
libre elección que, por la vocación, le conduce a abandonar todo
aquello, para vivir, plenamente, el amor a Dios y al prójimo, sin
ataduras ni afectos que se lo impidan.
Por eso, la vida célibe del sacerdote es imposible de comprender si se
piensa fuera de la donación amorosa del hombre que decide, a semejanza
de Jesús, renunciar a todo lo que un varón ansía como parte de su
naturaleza carnal. No es pues una cuestión biológica o emocional, sino
espiritual. Es fe; no sexualidad.
Lejos está la Iglesia de negar la naturaleza del hombre, de actuar con
incomprensión hacia él, y de imponer un voto de celibato a quien no lo
quiera sinceramente. Largos años pasa el aspirante al sacerdocio, para
discernir sobre ése y otros compromisos inherentes al ministerio
sacerdotal. No es algo que se produce a la ligera, ni que encadena o
subyuga en contra de la voluntad de quien elige el sacerdocio. Pero, eso
sí, hay reglas y procedimientos para dispensar del celibato a quien, con
válida razón, pruebe que le resulta imposible seguir guardándolo.
Muchos son los sacerdotes que han recibido la dispensa del celibato, sin
renegar de la fe o declararse en rebeldía contra la Iglesia. Se han
sometido a las leyes de la Iglesia, para tal efecto; han esperado el
tiempo necesario para recibirla; y continúan siendo fieles a la Iglesia
viviendo en comunión con ella. Por el contrario, quienes optan por el
camino fácil o rápido de irse al hecho, por el impulso y la emoción,
sufren las consecuencias de tan insensato y apresurado acto. Es un
camino ancho, comparado con el otro, que lleva a la perdición y al
innecesario sufrimiento que bien puede evitarse, si el afectado se
somete a lo que manda la Santa Madre Iglesia que, en su magisterio, sólo
busca el bien de sus hijos.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
Volver |