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Los templarios:
más allá de la leyenda

Hugo de Payens, fundador de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo.
Estas líneas quieren ofrecer una ágil presentación
del proceso al que fueron sometidos los templarios en los primeros años
del siglo XIV, proceso que culminó con la supresión de la Orden en una
página dramática de la historia de la Iglesia. A través de los datos
analizados quedan al descubierto mecanismos profundos del mal que
destruyen corazones y que llevan a injusticias sin nombre, pero que no
son capaces de aniquilar la bondad y el heroísmo de quienes son capaces
de dar su vida por la verdad y la justicia.
La Orden del Temple
Los templarios surgieron a inicios del siglo XII, tras la conquista de
numerosos lugares de Tierra Santa y de Jerusalén por parte de la I
cruzada (1095-1099). Los cruzados organizaron un reino propio, en el que
Balduino I fue declarado rey de Jerusalén (1100-1118). Con el nuevo rey,
muchos cruzados decidieron quedarse en las zonas conquistadas para
evitar que los sarracenos las conquistasen de nuevo.
Entre quienes se ofrecieron a permanecer en la zona, encontramos a Hugo
(Hugues) de Payens, un caballero que deseaba unir en su vida dos
ideales: los de la caballería y los de la vida monástica. Con 8
compañeros fundó en 1118 ó 1120, en la ciudad de Jerusalén, una Orden
militar de caballeros (poco antes había sido fundada la primera, la
Orden de San Juan de Jerusalén u hospitalarios).
Parece que se autodenominaron “pobres caballeros del Cristo”, aunque
también fueron conocidos con otros nombres: “Christi milites” (soldados
de Cristo), “Milites Templi” (soldados del Templo, o del “Temple”, como
todavía hoy se les conoce).
Los templarios emitían, además de los tres votos religiosos de pobreza,
castidad y obediencia, un voto especial de defender y escoltar a los
peregrinos y viajeros que se trasladaban en Tierra Santa. Les fue dado,
como lugar de residencia, una parte del edificio que ocupaba el segundo
rey de Jerusalén, Balduino II (1118-1131) que, según se creía, estaba
situado donde había sido levantado el templo del rey Salomón.
La Orden de los templarios tuvo como insigne amigo y promotor a san
Bernardo de Claraval, por cuyo influjo adoptó una regla similar a la
benedictina. Consiguió pronto el reconocimiento pontificio por parte del
Papa Inocencio II, con la bula “Omne datum optimum” del año 1139: desde
ese momento los templarios dependían únicamente del Papa.
El hábito que les distinguía era blanco (como el usado por los
cistercienses) con una visible cruz roja. Entre sus miembros, existía
una especie de jerarquía. Estaban, por un lado, los caballeros, que
solían ser nobles o de familia noble, y se dedicaban a las artes
militares. Había también un grupo reducido de sacerdotes o capellanes,
para las misas y demás celebraciones litúrgicas. Además, había un
numeroso grupo de escuderos, normalmente de la clase media, y de
hermanos legos, dedicados al servicio doméstico. La dirección suprema de
la orden corría a cargo de un Maestre que fungía como una especie de
abad.
Durante los siguientes decenios, la Orden del Temple tuvo un amplio
crecimiento y expansión. Había templarios en Tierra Santa, Chipre,
Francia, los reinos de España, Italia, Inglaterra, Alemania. En el año
1300 se calcula que había unos 4000 caballeros de la Orden, a los que
habría que sumar un buen número de servidores.
Los templarios habían conseguido una fama merecida, sobre todo por el
valor mostrado en acciones de combate. Sus gestas fueron cantadas por la
poesía medieval, lo cual muestra el aprecio que recibieron de sus
contemporáneos. Una de las últimas hazañas militares por la que se les
distingue fue la defensa de la postrera plaza cristiana en Tierra Santa,
Tolemaida (San Juan de Acre), que cayó en 1291 bajo el ataque de un
numeroso ejército sarraceno, y que implicó la muerte, entre tantos otros
templarios, del Maestre de la Orden, Guillermo de Beaujeu. Por sus
conocidos gestos de heroísmo, el Papa Bonifacio VIII no dudó de hablar
de los templarios como de “atletas del Señor” y de “gue-rreros
intrépidos”.
No faltaron, sin embargo, momentos de tensión y de lucha entre las
Órdenes de caballería, en los que los templarios se mostraron inclinados
más a defender sus propias ideas e intereses que a colaborar con los
demás cristianos de Tierra Santa. Es triste tener que recordar que
incluso hubo una sangrienta “guerra civil” entre los templarios y los
hospitalarios, con mi-les de muertes por ambas partes, en la segunda
mitad del siglo XIII.
Otro aspecto a destacar es que la Orden del Temple, nacida con ideales
de pobreza, fue adquiriendo un importante poder económico. Los
templarios llegaron a ser importantes prestamistas y acaudalados
“banqueros”, con lo que es comprensible que no faltasen envidias y
críticas ante su ventajosa situación financiera.
La pérdida de Tolemaida (Acre) implicó el inicio de una nueva fase en la
vida de la Orden. Si los templarios habían nacido en función de la
defensa de Tierra Santa, tenían ahora que asumir nuevas tareas en la
vida de la sociedad y de la Iglesia católica, y tal vez no tenían una
clara idea de lo podían hacer por la cristiandad. Organizaron su cuartel
general en la isla de Chipre, una especie de avanguardia cristiana en
espera de la “reconquista” de Palestina; pero muchos templarios
marcharon a vivir a Francia, una de las naciones que más vocaciones
había dado a la Orden.
Su actividad como “banqueros” aumentó en esos años, y no faltaron voces
malévolas que los acusaban de enriquecerse excesivamente. Pero algunos
estudiosos afirman que no practicaban la usura, y ello explica que la
gente recurriese a ellos con más confianza que respecto a otros que sí
pedían intereses muy elevados por los préstamos. Otros expertos han
mostrado que no eran tan ricos como se sigue repitiendo una y otra vez:
según algunos estudios, tenían muchos menos bienes inmuebles que los
poseídos por los “austeros” cistercienses...
En este nuevo contesto aumentaron las envidias, y no faltaron quienes
empezaron a hacer circular dicherías o calumnias de diversa gravedad, en
especial sobre los ritos secretos con los que eran admitidos los nuevos
caballeros. Pero la fama y la integridad de los templarios era tan
ampliamente reconocida, que esas primeras críticas no fueron
prácticamente tenidas en consideración.

La preparación del drama
Los problemas inician a partir de la serie de intrigas, maquinaciones,
calumnias, y, como veremos, abusos que llega-ron hasta niveles de
injusticia y violencia insospechados, por parte del rey de Francia,
Felipe IV el Hermoso (1268-1314), y de su fiel servidor y hábil jurista
Guillermo (Guillaume) de Nogaret (ca. 1260-1313).
Felipe IV promovió una política de tipo absolutista y participó en
numerosas guerras con momentos de victoria y con importantes derrotas.
Para financiar sus enormes gastos militares no dudó en usar métodos
“extraordinarios”. Decidió imponer impuestos a los clérigos y controlar
en parte los asuntos eclesiásticos, lo que le llevó a un fuerte
enfrentamiento con el Papa de entonces, Bonifacio VIII (Benedicto
Caetani o Gaetani, 1235-1303).
Felipe el Hermoso mostró su astucia y su malignidad en diversos momentos
de su choque con el Papa. Por ejemplo, cuando Bonifacio VIII envió una
bula, “Ausculta fili carissime” (5 de diciembre de 1301) para pedir al
rey que se presentase en Roma y respondiese a diversas acusaciones de
tiranía y de abuso sobre el clero, Felipe IV mandó quemar el texto papal
y lo sustituyó por otro texto falso en el que hacía decir al Papa cosas
absurdas que no había afirmado. De este modo, pretendía provocar una
reacción de la gente y de parte del clero a su favor, como si fuese
víctima de la “malignidad” de Bonifacio VIII.
El rey francés pudo contar, además, con aliados de peso en Italia: dos
cardenales de la potente familia Colonna defendían la idea de que
Bonifacio VIII era un Papa ilegítimo. Los cardenales Colonna fueron
excomulgados, pero consiguieron huir a Francia para pedir la protección
de Felipe IV, mientras que algunos de sus familiares en Italia
continuaban sus intrigas contra el Papa.
En este contexto de tensiones se produjo la tristemente famosa afrenta
de Anagni. Cuando el Papa se disponía a emanar, el 8 de septiembre de
1303, el decreto de excomunión contra el rey francés, el día anterior
Guillermo de Nogaret consiguió entrar por la fuerza en la ciudad de
Anagni (donde residía el Papa), con la ayuda de un grupo de mercenarios
y el apoyo de la familia Colonna. Allí apresó al pontífice y buscó
maneras de obligarle a la renuncia y a la convocatoria de un concilio.
Sólo una revuelta popular de la gente de Anagni pudo liberar a Bonifacio
VIII. Pero la salud del Papa quedó seriamente quebrantada: moría el 11
de octubre de ese mismo año.
La preparación del drama
Tras la muerte de Bonifacio VIII, los cardenales eligieron Papa a
Nicolás (Niccolò) Boccasini (1240-1304), que tomó el nombre de Benedicto
XI y sólo gobernó la Iglesia por un año (1303-1304). En ese breve tiempo
hizo importantes concesiones a Felipe el Hermoso y absolvió a los
Colonna, pero no a Nogaret, a quien mantuvo la excomunión por la afrenta
de Anagni.
El cónclave de 1304-1305 fue especialmente difícil y largo, pues en él
se enfrentaron, de una parte, los partidarios del rey de Francia y de la
familia Colonna, y de otra, los defensores del legado de Bonifacio VIII.
Al final, los cardenales eligieron a Bertrand de Got (ca. 1264-1314),
arzobispo de Bordeaux, que se encontraba en esos momentos en Francia.
El nuevo Papa tomó el nombre de Cle-mente V y fue coronado en Lyon.
Gobernó la Iglesia de 1305 a 1314. Aunque inicialmente mostró el deseo
de partir hacia Italia, por diversos motivos fue posponiendo el viaje,
hasta que al final fijó la residencia papal en Aviñón. De este modo,
quedó expuesto notablemente a las intrigas del rey y de su fiel ministro
Nogaret. Además, contribuyó a que la curia papal fuese cada vez más
“francesa”, al nombrar a numerosos cardenales de Francia.
Clemente V estaba aquejado por diversas enfermedades que limitaban no
poco su servicio a la Iglesia. Era, además, un hombre muy apegado a su
tierra y a su familia, a la que favoreció enormemente. También tenía no
poco aprecio por el dinero: llegó a acumular más de 1 millón de
florines, de los cuales una importante cantidad pasó a sus familiares,
200 mil florines fueron dedicados a obras pías, y sólo quedaron 70 mil
florines para su sucesor.
Con los nombres de Felipe IV el Hermoso, Guillermo de Nogaret y Clemente
V estamos ya ante los principales protagonistas de la condena de los
templarios, que vamos a presentar en sus momentos más importantes.
Conviene, antes de presentar la historia de una tragedia, hacer mención
del “proceso” contra Bonifacio VIII, pues nos ayudará a comprender hasta
qué punto el rey francés era capaz de inventar calumnias y de suscitar
“testigos” en pos de sus ambiciones de poder y de venganza.
El “proceso” contra la persona del Papa Bonifacio VIII venía siendo
organizado ya desde 1303, y llegó a tomar cuerpo a causa de las
numerosas presiones y amenazas que ejercieron Felipe IV y Nogaret (que
seguía excomulgado precisamente por haber encarcelado al Papa) sobre
Clemente V. Éste intentó de diversos modos eludir el asunto, pues
conocía la honradez de su predecesor. Al final accedió a escuchar a los
acusadores que se presentasen contra Bonifacio VIII, y luego permitió
que se abriese el proceso en Aviñón (1310).
Contra el Papa Caetani no sólo testimonió su agresor, Nogaret, sino una
serie de personajes turbios, entre los que no faltaron monjes o
sacerdotes indignos, que llegaron a inventar calumnias de lo más
pintoresco y absurdo. Alguno acusó a Bonifacio VIII de hereje; otro, de
haber asesinado al anterior Papa, Celestino V (ca. 1210-1296); otro, de
no mirar a la hostia durante la consagración; otro, de haber dicho que
la religión cristiana estaba llena de falsedades; otro, de proferir que
las religiones judía, mahometana y cristiana eran invenciones humanas;
otro, que no quiso recibir la Eucaristía antes de morir. No es difícil
comprender que tal cúmulo de acusaciones, ofrecidas “espontáneamente” y
con lujo de detalles, no podrían sino ser motivadas e incitadas por
alguna mente resentida y perversa como la de Nogaret. No hay que olvidar
esto, para comprender el tenor de las acusaciones y la astucia casi
diabólica que se hizo patente en el esfuerzo por destruir a los
templarios, también con la mano y la mente de aquel “fiel ministro” de
Felipe IV.

Bonifacio VIII
Acusaciones y procesos contra los templarios
No creemos que la historia sea el resultado de fuerzas ciegas ni de
factores anónimos que dirigen, como marionetas, a sus protagonistas.
Esto se hace patente en el tema de la disolución de los templarios: el
drama de esta Orden militar no acaeció como resultado de una fatalidad
inevitable, sino como consecuencia de ambiciones profundas, de odios
encendidos, de voluntades maquiavélicas, de miedos y de torturas usadas
con astucia calculada hasta el detalle.
Conviene subrayar, como ya dijimos en el punto 4, que la identidad de
los templarios estaba en parte en entredicho por la desaparición de los
enclaves cristianos en Tierra Santa. Ello llevó, por ejemplo, a que uno
de sus enemigos, Pedro Dubois, en una obra titulada “De recuperatione
Terrae Sanctae” (1305-1307), propusiese la supresión de la Orden del
Temple o su fusión con la Orden de San Juan. ¿Motivos? Pedro Dubois no
señala ningún escándalo ni acusación como las que serán inventadas en
Francia, sino simplemente señala que los templarios han perdido su razón
de ser, pues no tienen peregrinos a los que escoltar...
El drama inicia, como ya insinuamos, con las ambiciones económicas, las
envidias y los odios de Felipe IV el Hermoso. ¿De dónde nacieron estas
actitudes? No es fácil saberlo, sobre todo si señalamos que los
templarios (de origen francés) apoyaron al rey en sus disputas contra
Bonifacio VIII, y que el mismo rey confirmó, el año 1304, todos los
privilegios dados en Francia a la Orden militar.
Pudo haber influido en Felipe IV un hecho personal: en 1306, tras una
sublevación ocurrida en París, el rey encontró protección segura al
refugiarse en la fortaleza (el Templo) que tenían los templarios de la
ciudad. Quizá este hecho hizo pensar al monarca en el “peligro” que
implicaba la existencia de un grupo de hombres tan poderosos, y le llevó
a poner en marcha la idea de destruirlos. Una vez más la historia
muestra cómo la gratitud es una virtud muy extraña entre los hombres,
pues el que los templarios hubiesen defendido y salvado la vida del rey
debería haber sido un motivo suficiente para refrenar las ambiciones del
monarca...
Hemos de recordar, además, que la Orden del Temple era famosa por sus
riquezas, y que fungía en muchos lugares como si se tratase de una
especie de “banco”, capaz de dar préstamos, de custodiar bienes de
valor, etc. Según parece, cuando Felipe el Hermoso estuvo en el Templo
de París, fue llevado a contemplar el abundante tesoro custodiado por
los templarios. La ambición se despierta de modo muy intenso a través de
la vista, máxime cuando eran cuantiosas las deudas que agobiaban al rey
francés.
Había que conseguir dinero, de modo rápido y sin intereses. Una primera
acción de Felipe IV consistió en arrestar y exiliar a todos los judíos
de su reino el 21 de julio de 1306, lo que le permitió apropiarse de
todos sus bienes. Más tarde, en 1311, haría algo parecido con los
mercaderes italianos. En 1307 les llegaba el turno a los templarios.
Para acaparar sus riquezas, sin embargo, habría que anular su poder, su
prestigio y, sobre todo, su dependencia directa del Papado.

Acusaciones y procesos
La primera fase consistió en buscar y reunir acusaciones contra los
templarios. Entre los primeros “testigos” encontramos a un personaje
turbio, Esquiu de Floyran, que decía haber sido templario y que había
cometido diversos delitos que le llevaron a la cárcel. Una vez en
libertad, se dirigió primero a la corte del rey de Aragón, Jaime II, con
una serie de graves acusaciones contra la Orden del Temple que habría
obtenido, supuestamente, de un templario apóstata conocido en la cárcel.
El rey aragonés no hizo ningún caso de estas acusaciones, y entonces
Esquiu marchó a Francia. No es fácil imaginar que alguien dirigía los
pasos y las acusaciones de este hombre, como antes alguien había
coordinado e incitado a tantas personas, incluso eclesiásticos, a
proferir acusaciones absurdas contra Bonifacio VIII...
Las calumnias de Esquiu fueron, obviamente, muy bien acogidas por Felipe
el Hermoso, y no falta quien insinúa que detrás de Esquiu estaba la
astucia y la imaginación de Guillermo de Nogaret. El rey pudo también
“reunir informaciones” de algunos templarios que habían dejado la orden
o habían sido expulsados por su mala conducta (lo cual ya los hace
testigos poco fiables). Incluso el rey instigó a doce falsarios para
entrar en la Orden y actuar como espías, para poder testificar así
contra los templarios.
Felipe IV iba informando de las distintas críticas y acusaciones al Papa
para preparar el terreno a la hora de presionarle a iniciar un proceso
contra la Orden del Temple. Clemente V empezó a dudar de la inocencia de
los templarios y llegó a pensar en la necesidad de una investigación,
una idea que barruntaba ya en el verano de 1307.
Previamente, el rey había realizado una maniobra que resultó vital para
su proyecto. El Maestre de los templarios, Jacobo (Jacques) de Molay
(ca. 1243-1314), residía en Chipre (que, como dijimos, esa la sede
central de la Orden) y habría que atraerlo a Francia. El Papa lo llamó,
quizá en parte con la idea de que había que analizar ciertos proyectos
para preparar la conquista de Tierra Santa, quizá también para pedirle
una defensa de la Orden. Jacobo no intuyó el peligro al que iba a
exponerse, y partió hacia Francia con un nutrido grupo de caballeros. El
rey, de manera cínica, lo agasajó grandemente en París, e incluso le
permitió ser padrino de uno de sus hijos. La víctima había caído, sin
saberlo, en una complejísima telaraña de la que sólo lograría librarse
con la muerte.
Mientras, Felipe IV terminaba de mover las últimas piezas para que el
plan fuese perfecto. Tenía como confesor a Guillermo Imbert, que era,
además, el gran inquisidor del reino. Con su apoyo, en nombre de la
Inquisición, el rey podía echar mano a los templarios bajo la falsa
acusación de herejía, con lo que evitaba el problema de la
invulnerabilidad de una Orden que dependía directamente del Papa.
Empieza el drama. El 14 de septiembre de 1307, el rey envía órdenes
secretas para que la mañana del día 13 de octubre se proceda al arresto
de los templarios presentes en su reino y a la incautación de todos sus
bienes. La ejecución del mandato real cogió de sorpresa a Jacobo de
Molay (que se encontraba en París, preparando un viaje a la corte papal
para defender a la Orden de las acusaciones que corrían ya por todas
partes) y a los más de 1000 templarios (tal vez 2000) residentes en
Francia. Para tal arresto masivo, el rey contó con un eficaz ejército
privado y una especie de policía, que ya habían mostrado su destreza a
la hora de arrestar y expulsar a los judíos. La “conquista” de la
fortaleza (el Templo) que los templarios tenían en París corrió a cargo
del mismo Nogaret, que convirtió a aquel recinto en la cárcel de los que
antes eran sus propietarios...
El golpe fue tan inesperado que el mismo Papa Clemente V tuvo que
protestar ante el abuso real, con una carta fechada el 27 de octubre de
ese mismo año 1307. Envió, además, a dos cardenales, Berenguer Fredol y
Esteban de Siuzy, para conminar al rey a que pusiese en sus manos las
personas y los bienes de los templarios. Veremos en seguida cómo
maniobró el rey ante esta petición papal.
Antes de la llegada de los dos cardenales, el rey empezó a conseguir
“resultados” muy favorables a sus planes. Los comisarios reales
torturaban a los templarios y les obligaban a confesar sus delitos.
Cuando éstos cedían psicológicamente, llamaban a los inquisidores que
recogían las “confesiones” de los presuntos culpables. Muchos templarios
sucumbieron y se acusaron de delitos contra la fe y contra la moral
(normalmente de aquellos delitos sobre los que se les preguntaba según
una lista previamente preparada por los inquisidores).
Jacobo de Molay, que tenía unos 64 años, cedió a la presión psicológica,
si bien parece que no fue torturado físicamente. El 24 de octubre de
1307 declaró, ante el inquisidor Imbert y varios testigos, haber
renegado de Cristo y haber escupido sobre la cruz. Más aún, envió una
carta a todos los templarios de Francia para que confesasen, por mandato
suyo, aquellos delitos de los que fuesen acusados. No es el momento de
juzgar este gesto de debilidad. Quizá lo comprenderíamos mejor si
dejásemos de pensar que los héroes son impasibles, cuando en realidad
son tan humanos que también pueden tener sus momentos de flaqueza.
Jacobo no soportó la presión psicológica y firmó una falsa confesión de
delitos. Veremos que, en el decurso de los hechos, aumentará su entereza
moral y llegará a dar, con su muerte, testimonio de amor a la verdad y
de la inocencia de su Orden.
Los dos cardenales enviados por el Papa fueron recibidos con bastante
retraso. El rey los acogió con benevolencia. Renovó sus promesas, llenas
de no poca hipocresía, de fidelidad a la Iglesia, y manifestó su
disponibilidad de entregarles las personas de los templarios, pero sin
liberar, por el momento, a ninguno. Poco tiempo después los cardenales
consiguieron entrevistar a Jacobo de Molay y a varios templarios en la
cárcel, y éstos hicieron sus primeras retractaciones.
El Papa, por su parte, estaba indignado por el papel que la Inquisición
había jugado en Francia contra los templarios. Por eso, a inicios de
1308, suspendió de su cargo a Guillermo Imbert. Además, privó a la
Inquisición francesa de competencias en el asunto de los templarios, y
pasó el proceso a los tribunales diocesanos. Por desgracia, el Papa no
mantuvo estos gestos de valor, pues más adelante, bajo las presiones del
rey, confirmó a Imbert como juez para el caso de los templarios.

Mientras, Felipe IV había enviado una pregunta a la
facultad teológica de París: ¿tenía el rey de Francia la facultad de
apresar, juzgar y condenar a los herejes? La facultad le dio una
respuesta negativa. Entonces empezó a promover, a través de Pedro Dubois
(jurista francés rico en ardides y precursor de la “propaganda”
panfletaria, al que ya mencionamos por un primer escrito contra los
templarios), una serie de ataques contra Clemente V, al que acusaba de
poca firmeza para gobernar la Iglesia y de haberse dejado sobornar por
los templarios. En uno de sus escritos, Dubois le recuerda al rey cómo
Moisés conminó a los israelitas para que asesinasen a los infieles del
pueblo, sin pedir permiso a Aarón: también el rey podría actuar así, sin
tener que avisar al Papa...
Para aumentar su presión sobre Clemente V, Felipe IV convocó los estados
generales para el 5 de mayo de 1308, en la ciudad de Tours. Allí recibió
un apoyo casi unánime: los templarios merecían la pena de muerte por ser
herejes y por haber cometidos crímenes nefandos. Las calumnias y las
presiones del rey habían logrado una nueva victoria, y todavía quedaba
uno de los puntos más difíciles: doblegar la voluntad del Papa.
El rey quiso encontrarse con Clemente V en la ciudad de Poitiers (que
fue durante bastante tiempo residencia provisional del Papa), de mayo a
julio de 1308. El rey reconoció al Papa su competencia para juzgar a la
Orden del Temple, si bien “se ofrecía”, para “ayudar” al Papa, a
mantener en arresto a la mayor parte de los templarios. Permitió,
además, que un grupo de templarios, bien seleccionados, se presentasen
ante el pontífice, al mismo tiempo que inventaba excusas absurdas para
impedir que Jacobo de Molay y otros jefes insignes de la Orden pudiesen
ser interrogados por el Papa. Los prisioneros seleccionados se acusaron
de tales delitos y con tanto descaro que Clemente V quedó muy
impresionado.
Fue entonces cuando el Papa se decidió del todo a iniciar el proceso,
llevado a cabo en un doble binario. Por un lado, habría un proceso
pontificio, en el que se analizasen los eventuales delitos de la Orden
en su conjunto; por otro, los obispos realizarían procesos diocesanos
para analizar los presuntos delitos de los templarios en cuanto personas
particulares.
Además, y siempre bajo las presiones del rey, el 22 de noviembre de 1308
Clemente V pidió que fuesen arrestados y juzgados los templarios de las
demás naciones cristianas, y que sus bienes pasasen bajo el control de
la Iglesia. Aludiremos un poco más adelante a cómo fue acogida y
aplicada la orden papal.
Hubo que esperar a noviembre de 1309 para que diese inicio el proceso
pontificio contra la Orden del Temple. Fue llamado a declarar Jacobo de
Molay. Después de unos momentos de vacilación, defendió públicamente la
inocencia de la Orden, y declaró su fe católica, lo cual era una
importante retractación pública de lo que había firmado bajo las
presiones psicológicas durante los primeros meses. Las palabras de Molay
debieron de sentar muy mal a uno de los personajes presentes en la
comisión y que ya nos es suficientemente conocido: Nogaret. Con permiso
del obispo que presidía el tribunal, Nogaret empezó a interrogar a Molay
y éste le desmintió sus acusaciones llenas de veneno. Al final, Jacobo
de Molay pidió que se le concediese la gracia de escuchar misa, lo cual
no pediría alguien que fuese verdaderamente hereje...
Durante el proceso, otros caballeros templarios empezaron a retractar
sus “autoacusaciones”. Uno de ellos, Ponsard de Gisi, tuvo la osadía de
exponer a qué torturas había sido sometido para ser obligado a
declararse culpable:
“Tres meses antes de mi confesión me ataron las manos a la espalda tan
apretadamente que saltaba la sangre por las uñas, y sujeto con una
correa me metieron en una fosa. Si me vuelven a someter a tales
torturas, yo negaré todo lo que ahora digo y diré todo lo que quieran.
Estoy dispuesto a sufrir cualquier suplicio con tal de que sea breve;
que me corten la cabeza o me hagan hervir por el honor de la Orden, pero
yo no puedo soportar suplicios a fuego lento como los que he padecido en
estos dos años de prisión”.
Cada vez eran más los templarios que retractaban lo firmado bajo
torturas y que se mostraban dispuestos a defender a su Orden. Entre
febrero y abril de 1310, más de 500 templarios quisieron dar este paso y
se ofrecieron para hablar ante los jueces en París. Muchos de ellos
sabían a qué se estaban arriesgando: en aquel tiempo, el hereje que
primero confesaba sus errores y luego se retractaba, podía ser condenado
a la hoguera.
Ante tal multitud de hombres dispuestos a defender a la Orden, los
jueces determinaron que los templarios escogiesen a algunos
representantes que pudieran hablar en nombre de todos. Fueron elegidos
Pedro de Bolonia (Pietro di Bologna) y otros tres templarios. El 1 de
abril de 1310 entregaron un primer escrito de defensa, en el que negaban
como absurdas las acusaciones, recordaban que muchos templarios habían
confesado a causa de las torturas y del miedo a la muerte, y pedían,
finalmente, lo siguiente:
“Imploramos la misericordia divina, que se haga justicia, puesto que ya
por un tiempo excesivo hemos padecido una persecución injusta. Como
cristianos fieles y fervorosos pedimos la recepción de los sacramentos
de la Iglesia”.
No faltaron, hay que reconocerlo, algunos ex-templarios que renovaron
las acusaciones contra la Orden, así como otros prisioneros que
ratificaron sus confesiones acusatorias. Pero las contradicciones sobre
algunos puntos eran tan manifiestas que los jueces no consiguieron mucho
de estas declaraciones.
La valentía recobrada por las víctimas ponía al rey en graves problemas,
y tuvo que pensar, con sus ministros, un golpe de mano que asustase a
muchos y produjese un fuerte impacto en la “opinión pública”. Para ello,
el rey contó con la complacencia del nuevo arzobispo de Sens, Felipe
(Philippe) de Marigny, hermano de uno de los ministros de Felipe IV, que
tenía la competencia de juzgar a los templarios encarcelados en la zona
de París. Preparó un tribunal eclesiástico apresurado para juzgar a
algunos templarios que habían retractado las acusaciones anteriores. Los
procuradores de los templarios, apenas conocieron la noticia, avisaron a
la comisión pontificia de lo que estaba por ocurrir; incluso Pedro de
Bolonia entregó un documento de apelación al Papa. Pero sus peticiones
no fueron atendidas.
Así, el 11 de mayo de 1310, 54 templarios acusados como “relapsos” (es
decir, acusados del “delito” de haberse retractado y de haber querido
defender a la Orden ante una comisión pontificia que debería guardar
secreto de sus interrogatorios), fueron condenados a muerte, sin que se
les dejase ningún margen de defensa. Al día siguiente, 12 de mayo de
1310, los 54 condenados entonaron el “Te Deum” (himno de acción de
gracias), antes de que el fuego los consumiese vivos.
Poco tiempo después, otros 15 templarios, en diversos lugares, fueron
asesinados en la hoguera. En las cárceles, sea por las torturas, sea por
la misma insalubridad de las prisiones, la muerte había causado ya no
pocas víctimas entre los templarios que mendigaban un poco de justicia
humana. A muchos de los que morían en las cárceles les fueron negados
los sacramentos y la sepultura en un cementerio cristiano.

El rey imponía, de este modo, el sistema del terror.
Muchos templarios dispuestos antes a retractarse dejaron ahora de hablar
en favor de su Orden. Otros, como el mismo Pedro de Bolonia, escaparon,
pues se dieron cuenta de que la maquinación contra la Orden era más
poderosa que las más elementales normas de justicia, y que no había
ningún margen de defensa equa. No faltaron algunos que continuaron en su
empeño por defender al Temple. Como aquel templario que, el día 13 de
mayo de 1310 (un día después de la muerte de sus 54 compañeros), se
atrevió a declarar ante la comisión pontificia:
“Yo he confesado algunos artículos a causa de las torturas que me
infligieron Guillermo de Marcilli y Hugo de la Celle, caballeros del
rey, pero todos los errores atribuidos a la Orden son falsos. Al mirar
ayer cómo eran conducidos a la hoguera 54 freyres por no reconocer sus
supuestos crímenes, he pensado que yo no podré resistir al espanto del
fuego. Lo confesaré todo si quieren, incluso que he matado a Cristo”.
¿Qué ocurría, mientras, en otras naciones? No nos detenemos ahora para
hablar de lo que ocurrió en tantos lugares entre 1307 y 1312. Podemos
decir, en modo de resumen, que hubo reyes, como Jaime II de Aragón y
Eduardo II de Inglaterra, que inicialmente defendieron a los templarios
por su fama y los nobles servicios prestados a los reinos cristianos.
Pero cuando se hizo pública la orden papal de arrestar a los templarios
y “poner a salvo” sus bienes, la catástrofe fue inevitable.
En algunos lugares, los templarios fueron sometidos a tormentos, pero
ello no les llevó a declararse culpables, mientras que en otros, algunos
de los torturados confesaron aquellos delitos que no habían cometido.
Hubo también varios procesos diocesanos en los que se declaró la
inocencia de los caballeros del Temple. No faltaron monarcas que
aprovecharon la situación para expropiar a los templarios de sus bienes,
a pesar del disgusto de Clemente V.
El caso de Aragón fue especialmente interesante, pues los templarios
fueron declarados inocentes en el proceso inquisitorial. El rey, sin
embargo, decidió apoderarse de sus bienes, y los templarios se alzaron
en armas. Fue el único lugar donde ofrecieron una resistencia militar en
toda regla. Jaime II tuvo que conquistar, uno por uno, los castillos de
la Orden presentes en su reino.
En Portugal, en cambio, los templarios gozaron del favor del monarca
reinante, don Diniz. Éste los tomó bajo su custodia y dejó que el
proceso diocesano siguiese su curso normal. Terminadas las
averiguaciones, los templarios fueron declarados inocentes, y el rey
quiso “fundar” de nuevo a la Orden (ya suprimida por el Papa) con el
nombre de Caballeros de Cristo. En Alemania los procesos canónicos
mostraron también la inocencia de los templarios.
Es oportuno notar que en Chipre, la sede central de los templarios, fue
organizado un proceso contra los miembros de la Orden (unos 180 en la
isla). De entre ellos, muchos eran franceses y de otros lugares de
Europa, y ninguno admitió conocer delito alguno de aquellos caballeros
que habían sido antes compañeros en el Temple y que ahora confesaban
culpas absurdas en las prisiones de Francia.
La disolución de la Orden del Temple
El golpe final contra los templarios sólo podía darlo el Papa, y
Clemente V pensó hacerlo con el apoyo de un concilio. Así, se convocó el
concilio de Vienne (1311-1312), que tenía ante sí tres asuntos
centrales: el “problema” de los templarios, la organización de una
cruzada en Tierra Santa, y la reforma de la Iglesia. Mientras se
organizaba el concilio siguieron los interrogatorios individuales de
templarios por parte del obispo de París, en los que los miembros de la
Orden mostraron su debilidad con retractaciones y autoacusaciones que se
sucedían continuamente.
Las presiones del rey, para proceder al concilio, eran muy fuertes, y
supo combinarlas con una carta escondida que mostraba en los momentos
difíciles: cuando intuía que el Papa podía tomar una actitud más
favorable a los templarios, “resucitaba” el tema del proceso contra
Bonifacio VIII (que había quedado un poco entre paréntesis) para dar a
entender que si el Papa no accedía a los deseos del rey podría volver a
encontrarse con nuevas presiones para juzgar la memoria del Papa Caetani,
esta vez en un concilio universal.
Además, el tema de la cruzada influía no poco en Clemente V. En efecto,
el Papa veía que al contentar a Felipe el Hermoso con la supresión de
los templarios, podría facilitar luego el apoyo francés para encabezar
un poderoso ejército al que se unieran los demás reyes cristianos.
El concilio inició el 16 de octubre de 1311. La curia papal había
reunido un enorme material con las actas y procesos preparados en las
comisiones pontificia y diocesanas. En una consulta secreta que se tuvo
en diciembre de ese mismo año 1311, Clemente V preguntó si era
conveniente dar opción de defensa a los templarios, y la mayor parte de
los obispos respondió afirmativamente. Pero, como veremos, tal defensa
no tuvo lugar, pues el concilio dejó de lado el proceso para “cerrar” el
tema con una decisión más de oportunidad política que de respeto a la
justicia.
En una comisión interna que se dedicó a analizar las actas, muchos
hicieron notar que no cabía, en justicia, una condena contra la Orden
del Temple. No faltaron voces prestigiosas, sin embargo, que se alzaron
a favor de la supresión de los templarios.
Por su parte, el rey francés volvió a jugar la baza de la presión
política: convocó unos nuevos estados generales en Lyon, en febrero de
1312, y volvió a hacer presentes los muchos crímenes cometidos por los
templarios. Además, envió a Nogaret y a otros embajadores a la sede del
concilio, Vienne, para ejercer una mayor presión sobre el Papa. Hizo
llegar un poco más tarde una carta, fechada el 2 de marzo de 1312, donde
pedía insistentemente a Clemente V que suprimiese a los templarios y
diese sus bienes a otra orden. El 20 de marzo, el rey llegaba a la
ciudad del concilio acompañado de un nutrido séquito.
Dos días después de la llegada de Felipe V, el Papa reunió un
consistorio particular para dirimir la cuestión. La mayoría de los
participantes votaron a favor de la supresión de los templarios, no por
vía judicial (lo cual evitaba el hacer un juicio público en el que sería
posible que los templarios se defendiesen) sino por vía “de provisión
apostólica” (por una decisión administrativa).
El Papa quedó tranquilo. Preparó la bula “Vox in excelso” (que lleva la
fecha de 22 de marzo de 1312), y la presentó al concilio el 3 de abril
de 1312. El concilio no puso objeciones a la decisión papal. En la
sesión solemne, junto al Papa, estaba sentado el rey francés: había
triunfado, al menos a los ojos de quien ve la historia sólo como un
conjunto de intrigas y maniobras humanas.
Los templarios fueron suprimidos, explicó el Papa, no como consecuencia
de un juicio condenatorio, sino como provisión apostólica en virtud de
los poderes papales. ¿Qué motivos se adujeron para tal decisión? El Papa
reconoció que no había sido probada la culpabilidad de la Orden; pero,
como la Orden se encontraba tan fuertemente difamada, y algunos de sus
dirigentes habían dado confesión espontánea (así dijo Clemente V) de sus
crímenes y delitos, ya no podía cumplir su fin propio (servir y defender
la Tierra Santa), y era algo casi seguro que ya nadie querría ingresar
en la misma.
Podemos decir, por tanto, que los templarios no fueron suprimidos en
cuanto culpables: los delitos no habían sido suficientemente probados,
ni eran válidas las declaraciones firmadas bajo las torturas, ni se
había dado espacio a una defensa digna de tal nombre, ni se habían
respetado numerosos aspectos necesarios para un mínimo respeto a la
justicia. Fueron suprimidos simplemente porque así lo decidió un Papa
sometido a la presión injusta de un rey ambicioso
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual
Continuará.
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