El negro hediondo


 

Emilio Sinclair - emisinclair@hotmail.com

En un lujoso barrio de Panamá donde aparentemente no hay problemas económicos, pero proliferan otros, había una dama de aquellas que llaman “rabiblancas” que tenía una residencia hermosa donde el cuidado de u jardín fue confiado a un hombre a quien despectivamente llamaba “negro hediondo”.
El remoquete de “negro hediondo” provenía del olor muy peculiar que emanaba del cuerpo del jardinero cada vez que sudaba. Sudor, por cierto, que se producía por el duro trabajo del laborioso jornalero.
El hombre de marras se enteró del despectivo apodo por una empleada doméstica de labios impuros que aparentaba recato, pero que, por su proceder, tenía un doctorado cum laude en bochinche.
El jardinero estaba contratado dos veces al mes, labor que le tomaría unas dos horas diarias. Tenía la costumbre de llegar a media mañana, para coincidir con la hora del almuerzo. Una vez la dueña de la residencia y sus comensales terminaban de almorzar, la empleada doméstica, subrepticiamente, le servía al “negro hediondo” las sobras en una vasija plástica, que en el pasado sirvió de recipiente de un delicioso helado.
El hombre se escondía entre papos y veraneras, para engullir el alimento y, en ocasiones, cuando la cantidad era generosa, guardaba una porción para llevar a casa.
La dueña de la residencia, engreída desde que era niña, no tenía reparos en mencionar entre familiares y amigos lo “inútil” que era el “negro hediondo”.
En una ocasión lo sorprendió saboreando una pachita de licor barato, y la reprimenda fue tan severa, que el mulato se arrinconó entre las flores y lloró.
Un día, la emperifollada dueña de la casa, después de asistir a misa y dejar generosa limosna, enfermó. Corrieron con ella a un hospital que parecía un hotel cinco estrellas. Sólo le faltaba bar, piscina y cancha de tenis. El jardinero se enteró que para salvar a la patrona no conseguían donantes que tuviesen un tipo de sangre determinado.
Sin decir nada, el hombre con toda su hediondez, acudió al centro médico y reveló a los encargados que tenía el mismo tipo de sangre que necesitaba la vieja que estaba en los linderos de la muerte.
Pidió reservas al personal y donó la sangre que salvó a la mujer de marras. Uno de los funcionarios le ofreció el número de un teléfono, para que se comunicara con los hijos de la moribunda, porque estaban dispuestos a darle “un salve”. “Yo vine a donar sangre, no a venderla”, fue la respuesta del hombre.
La engreída mujer se salvó, sin que ella ni sus descendientes supieran que fue la sangre del “negro hediondo” la que evitó que momentáneamente cayera en las “llamas eternas del infierno”.
De regreso a sus labores, el hombre se encontraba embelleciendo el jardín, cuando llegaron los hijos trayendo a su progenitora en una silla de ruedas.
La “señora” regresaba al hogar donde le dispensarían las atenciones por su estado convaleciente; pero una vez divisó al jardinero, se enfureció y exclamó: “varias semanas hospitalizada y ahora que regreso a casa lo primero que me encuentro es a ese “negro hediondo”.
Con el tiempo el hombre murió y la malvada mujer también. Ambos se encontraron en el más allá. Fue entonces cuando la “rabiblanca” se enteró que, por sus venas, había corrido la sangre salvadora del “negro hediondo”.

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