Editorial
Resucitó, ¡aleluya!
Hemos concluido un largo itinerario de ayuno y
abstención, apoyándonos en la oración y en las obras de misericordia.
Estamos a punto de comenzar el jubiloso período pascual. Al leer estas
líneas, nos encontramos justo en el centro del memorial de la pasión, la
muerte y la resurrección del Hijo de Dios.
¿Qué hemos hecho? Quizá todo lo que nos pidió la Iglesia en la Cuaresma;
quizá una parte más grande o más pequeña; quizá nada. En lo mucho, lo
poco, o lo ausente, Cristo está con nosotros. Ya dio su vida por
nuestros pecados, y pagó el precio del rescate con su sangre. Si hemos
fallado en lo litúrgico, aún podemos renovarnos en nuestras propias
vidas. Tenemos la Pascua; vivámosla con gozo.
Cristo, hermanos, ha resucitado y nos llama a seguirle, tomando nuestra
cruz y renaciendo en el espíritu. Todas las obras de misericordia y la
oración, nos acompañan siempre, en la Pascua permanente que se
manifiesta en la actitud de fe, y en el amor perenne a Dios y al
prójimo. ¡Cristo es nuestra pascua; Cristo es nuestra paz! A quién
iremos, si no es a Él.
Alegrémonos, hermanos, porque si somos capaces de amar a Dios y amarnos
los unos a los otros, es porque Cristo resucitó y nos arrebató de las
manos de la muerte. A Jesús Resucitado sea el honor, el poder y la
gloria eternamente, ¡Aleluya, aleluya! ¡Feliz y santa Pascua!
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