A TIRO DE PIEDRA
Retrospectiva pascual
A menudo me pongo a pensar
cómo sería el tiempo en que vivió Jesús, en medio de la esperanza de
Israel y el dominio romano. Muy dura ha debido ser la vida para el
pueblo, entre la clase privilegiada de su nación y el aplastante poderío
del invasor. Oprimido por propios y extraños, el habitante común de
Judea y Galilea sufría los rigores de la presión de los poderosos.
Dentro de lo insoportable de la situación, aparece Jesús con el anuncio
de la Buena Nueva para Israel: el Señor venía a liberarlos. El mensaje
de Jesús, fundamentado en la fe y en la actitud de vida de quien elige
hacer la voluntad de Dios, era interpretado de diversa manera por sus
interlocutores. Los príncipes de los sacerdotes y los jefes de los
partidos, fariseo y saduceo, esperaban la restauración del reino con la
expulsión romana y el reconocimiento de sus méritos como cumplidores de
la ley; en cambio, lo que recibieron fue la condena por parte de Cristo
a causa de la explotación y el desprecio que hacían al pueblo desvalido.
Para los pobres, la cuestión era distinta: el lenguaje de Jesús, duro
para los poderosos, resultaba esperanzador para los desposeídos. Los
gentiles, por su parte, se mofaban o creían, según la medida de su
corazón.
Luego de tres años de revolucionar la mentalidad de los habitantes de la
región, creyentes y paganos, y tras los milagros y los portentos que lo
ubicaban como un profeta poderoso en obras, o como el Mesías, según la
fe de quienes le conocían, Jesús llega a la Pascua del año de su
crucifixión. La última cena pascual con sus discípulos, a escondidas de
quienes lo buscaban para matarlo. Allí, en el cenáculo de aquella casa,
instituye la eucaristía y es traicionado por el Iscariote, después de
que el demonio entrara en éste.
Prendido en la noche, tras recibir el beso de Judas, es conducido a la
casa de Caifás y, a la mañana siguiente, al Sanedrín. De allí, al
tribunal de Pilato; y luego de vuelta a uno y al otro, hasta la
sentencia de muerte definitiva. El viernes, la cruz y la sepultura,
antes que caiga la noche. Sus discípulos refugiados; con miedo. Todo el
sábado ocultos. En la mañana del domingo, las mujeres van a ungir el
cadáver, pues no hubo tiempo para hacerlo por la prisa de su sepultura
para que no les sorprendiera el Sábado.
El primer día de la semana, al amanecer, la sorpresa: no está el cuerpo.
A pesar de la guardia a la entrada del sepulcro, no está el que creían
muerto. La noticia llega a los discípulos, que corren a la tumba.
Después se les aparece, tras hacerlo ante las mujeres. No lo pueden
creer. El Maestro está vivo; ha resucitado. Quien no lo vio con sus
propios ojos, no lo cree. Después lo haría avergonzado, cuando le hacen
meter la mano en el costado abierto por la lanza y el dedo en la llaga
de las manos que dejaron los clavos. No había ya dudas: Cristo está vivo
y reina. Ahora vendría la persecución, pero de nada valió. Cárcel,
ejecuciones, exilio, torturas y muerte por doquier y de múltiples
formas, cada cual más dolorosa.
Dos mil años del reinado de Cristo. El mismo rechazo hoy de los que lo
niegan; la misma persecución en contra de sus seguidores. Sólo cambian
las circunstancias, porque el corazón del hombre sigue igual: Duro como
un pedernal, o rendido ante aquel que sólo tiene palabras de vida
eterna, sin prometer oro, dinero ni poderío terrenal.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
Volver |