La Voz del Pastor

Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Arzobispo de Panamá
La Santa Semana
Con el Domingo de Ramos, la Iglesia católica inicia
solemnemente la semana más sagrada de todo el año litúrgico, conocida
también como la Semana Mayor o Semana Santa.
Así como para el antiguo pueblo de Israel la fiesta más importante fue
la Pascua celebrada por mandato específico de Dios (Ex 12,14), el nuevo
pueblo de Israel, es decir toda la humanidad redimida y creyente deberá
cumplir hasta el final de los siglos la perpetuidad de este mandato,
celebrando la realidad de lo que aquellos acontecimientos significaron.
Los corderos sacrificados con cuya sangre eran rociados los dinteles de
las puertas y cuya carne era comida asada, prefiguraban al Hijo de Dios
hecho hombre inmolado voluntariamente en la cruz para dar a todo el
género humano la verdadera e íntegra liberación de la esclavitud a la
que nos tenía sometido Satanás.
Nos recuerda la Carta a los Hebreos que “Cristo ha entrado en el
Santuario ya no para ofrecer la sangre de chivos y becerros, sino su
propia sangre…y ha obtenido para nosotros la liberación eterna” (Heb
9,12) e insiste la carta en que si la sangre de los corderos pudo
purificar por fuera, cuanto más la Sangre de Cristo tendrá poder para
purificar y consagrar a la humanidad. “Cris-to se ofreció a sí mismo
como sacrificio sin mancha y su sangre limpia” (Heb 9,14).
Cristo cumplió y perfeccionó todo lo que los hebreos celebraban.
Recordemos que los corderos sacrificados y comidos permanecieron
muertos, no resucitaron, mientras que Cristo, el verdadero Cordero de
Dios, es inmolado libre y voluntariamente y con su propia muerte vence a
la misma muerte con su resurrección y nos libra del morir eterno.
“Cristo tiene que reinar hasta que todos sus enemigos estén puestos bajo
sus pies y el último enemigo que será derrotado es la muerte” (I Cor.
15, 25 y 26).
La Semana Santa que inauguramos el Domingo de Ramos no sólo es un
espacio para recordar el pasado como si se tratase de un acontecimiento
que tuvo lugar en un momento dado y fue consumido definitivamente y por
el tiempo y el espacio y del cual sólo nos queda un recuerdo escrito en
la historia. La celebración del gran misterio pascual es un verdadero
memorial, algo mucho más que el simple recuerdo, se trata de
reactualizar y revivir en el aquí y el ahora de nuestra vida lo que
Cristo hizo y sigue haciendo por nosotros. He aquí el valor de una
verdadera celebración litúrgica.
El Domingo de Ramos proclamamos, con el entusiasmo de los discípulos de
Jesús y del pueblo fiel, que Jesús es el verdadero y único Rey, “unos
tendían sus capas por el camino y otros tendían ramas que cortaban de
los árboles y tanto los que iban delante como los que iban detrás
gritaban Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del
Señor (Mateo 21, 8-9).
Las palmas, ramos y flores que se bendicen, se distribuyen y se agitan
durante la procesión nos están recordando que el triunfo de Cristo sobre
el mal no lo obtuvo con la fuerza o la violencia, mucho menos con la
injusticia y la opresión, sino por el amor que lo llevó a la muerte
voluntaria sobre el altar de la cruz. Allí derramó toda su sangre,
venció al demonio y al infierno y con la victoria de la resurrección fue
constituido Señor de la humanidad, de la historia y de toda la creación.
Cristo es nuestro verdadero Rey y Señor.
Durante toda esta Semana, si participamos con fe en las celebraciones
litúrgicas tendremos la ocasión de re-vivir esos grandes misterios de la
pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador, y hacer nuestros esos
hechos salvíficos que con tanto amor, por su eterno Padre y por
nosotros, él quiso realizar en su vida mortal. De esa manera la Semana
Mayor será una semana verdaderamente santa porque nos ayudará a vivir
–siempre unidos a Cristo muriendo todos los días al pecado y viviendo un
vida nueva según el Espíritu.
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