Ventana Pontificia

S. S. Benedicto XVI
Obispo de Roma
Discurso de Benedicto XVI sobre la
promoción de la mujer
A los movimientos comprometidos en Angola
Parte del discurso que pronunció Benedicto XVI el
domingo 22 de marzo, durante el encuentro con los movimientos católicos
para la promoción de la mujer en la parroquia de San Antonio de Luanda,
Africa.
Queridos hermanos y hermanas:
«No les queda vino», dijo María a Jesús, suplicando para que la boda
pudiera continuar en fiesta, como siempre debe ser: «Los invitados a la
boda no pueden ayunar mientras tienen al novio con ellos» (cf. Mc 2,19).
La Madre de Jesús fue después a los sirvientes recomendándoles: «Haced
lo que él os diga» (cf. Jn 2,1-5). Y aquella mediación materna hizo
posible el «vino bueno», premonitor de una nueva alianza entre la
omnipotencia divina y el corazón humano pobre, pero bien dispuesto. Por
lo demás, esto es lo que ya había sucedido en el pasado cuando –como
hemos oído en la primera lectura– «todo el pueblo, a una, respondió:
“haremos todo cuanto ha dicho el Señor”» (Ex 19,8).
Que estas mismas palabras broten del corazón de todos los que estamos
aquí reunidos, en esta iglesia de San Antonio, levantada gracias a la
benemérita obra misionera de los Frailes menores capuchinos, como una
nueva Tienda para el Arca de la Alianza, signo de la presencia de Dios
en medio del pueblo en camino. Sobre ellos y cuantos colaboran y se
benefician de la asistencia religiosa y social que se presta aquí, el
Papa imparte una benévola y alentadora Bendición. Saludo cordialmente a
todos los presentes: Obispos, presbíteros, consagrados y consagradas, y
de modo particular a vosotros, fieles laicos, que asumís conscientemente
los deberes de compromiso y testimonio cristiano que conlleva el
sacramento del bautismo y, para los casados, también del sacramento de
la matrimonio. Y, dado el motivo principal que nos reúne aquí, dirijo un
saludo lleno de afecto y esperanza a las mujeres, a las que Dios ha
confiado la fuente de la vida: vivís y apostáis por la vida, porque el
Dios vivo ha apostado por vosotras. Saludo con espíritu agradecido a los
responsables y animadores de los Movimientos eclesiales que se preocupan
entre otras cosas por la promoción de la mujer angoleña. Agradezco a
Mons. José de Queirós Alves y a vuestros representantes las palabras que
me han dirigido, expresando los afanes y esperanzas de tantas heroínas
silenciosas, como son las mujeres en esta querida Nación.
Exhorto a todos a ser realmente conscientes de las condiciones
desfavorables a las que han estado sometidas –y lo siguen estando–
muchas mujeres, examinando en qué medida esto puede ser causado por la
conducta y la actitud de los hombres, a veces por su falta de
sensibilidad o responsabilidad. Los designios de Dios son diferentes.
Hemos escuchado en la lectura que todo el pueblo contestó al unísono:
«Haremos todo cuanto ha dicho el Señor». Dice la Sagrada Escritura que
el Creador divino, al ver la obra que había realizado, vio que faltaba
algo: todo habría sido bueno si el hombre no hubiera estado solo. ¿Cómo
podía el hombre solo ser imagen y semejanza de Dios, que es uno y trino,
de Dios que es comunión? «No está bien que el hombre esté solo; voy a
hacer alguien como él que le ayude» (cf. Gn 2,18-20). Dios se puso de
nuevo manos a la obra para crear la ayuda que faltaba, y se la
proporcionó de forma privilegiada, introduciendo el orden del amor, que
no veía suficientemente representado en la creación.
Como sabéis, hermanos y hermanas, este orden del amor pertenece a la
vida íntima de Dios mismo, a la vida trinitaria, siendo el Espíritu
Santo la hipóstasis personal del amor. Ahora bien, «sobre el designio
eterno de Dios –como dijo el recordado Papa Juan Pablo II–, la mujer es
aquella en quien el orden del amor en el mundo creado de las personas
halla un terreno para su primera raíz»(Carta ap., Mulieris dignitatem,
29). En efecto, al ver el encanto fascinante que irradia de la mujer a
causa de la íntima gracia que Dios le ha dado, el corazón del hombre se
ilumina y se ve a sí mismo en ella: «Esta sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne» (Gn 2,23). La mujer es otro «yo» en la común
humanidad. Hay que reconocer, afirmar y defender la misma dignidad del
hombre y la mujer: ambos son personas, diferentes de cualquier otro ser
viviente del mundo que les rodea.
Los dos están llamados a vivir en profunda comunión, en un recíproco
reconocimiento y entrega de sí mismos, trabajando juntos por el bien
común con las características complementarias de lo que es masculino y
de lo que es femenino. ¿A quién se le oculta hoy la necesidad de dar más
espacio a las «razones» del corazón? En un mundo como el actual,
dominado por la técnica, se siente la exigencia de esta
complementariedad de la mujer, para que el ser humano pueda vivir sin
deshumanizarse del todo. Puede pensarse en las tierras donde hay más
pobreza, en las regiones devastadas por la guerra, en muchas situaciones
trágicas causadas por las migraciones, forzadas o no... En esos casos,
casi siempre son las mujeres las que mantienen intacta la dignidad
humana, defienden la familia y tutelan los valores culturales y
religiosos.
Queridos hermanos y hermanas, la historia habla casi exclusivamente de
las conquistas de los hombres, cuando, en realidad, una parte
importantísima se debe a la acción determinante, perseverante y
beneficiosa de las mujeres. Permitidme que, entre muchas mujeres
extraordinarias, os hable de dos: Teresa Gomes y María Bonino. Angoleña
la primera, fallecida el año 2004 en la ciudad de Sumbe, después de una
vida conyugal feliz de la que nacieron 7 hijos; su fe cristiana fue
inquebrantable y su celo apostólico admirable, sobre todo en los años
1975 y 1976, cuando una feroz propaganda ideológica y política se abatió
sobre la parroquia de Nuestra Señora de las Gracias de Porto Amboim,
consiguiendo casi que se cerraran las puertas de la iglesia. Teresa se
convirtió entonces en la líder de los fieles que no se rindieron ante
dicha situación, animándolos, protegiendo valerosa-mente las estructuras
parroquiales y buscando cualquier modo posible para tener de nuevo la
santa Misa. Su amor a la Iglesia la hizo incansable en la obra de la
evangelización, bajo la guía de los sacerdotes.
Volver |