Editorial
Llamado a la concordia
Los acontecimientos recientes en el ambiente político
estremecen y confunden el pensamiento de la nación, porque pendulan
entre la verdad y la mentira, sin que sepamos a ciencia cierta cuándo se
trata de una o de otra. Todo se piensa como posible, y todo se pone en
duda. No hay a quien creer, ni a quien dejar de creer. El clima parece
confuso y caótico.
Si hay quienes tengan la posibilidad de esclarecer el panorama, esos son
los políticos del patio; particularmente los que aspiran a un puesto de
elección. Todos, según sus promesas, propugnan por el bien del país y de
su población. Pues, por ese bien, les corresponde actuar con honestidad,
franqueza y civismo ante la situación actual. Quien cometió un error,
que lo reconozca; quien miente, que diga la verdad; y quien se aprovecha
de la coyuntura para sacar ventaja y provecho personal, que se haga el
firme propósito de actuar con rectitud.
De nada valdrá salir airoso en la contienda electoral, si se alcanza el
triunfo con un equipaje colmado de resquemores, deseos de venganza y con
enemigos ansiosos de pasarle la factura prontamente y pagarle con la
misma moneda. Al final, quienes salen perdiendo, son el país y su gente.
No hay ningún derecho para actuar así.
Aunque falta poco para el día de las elecciones, todavía estamos a
tiempo de crear un ambiente de verdadera fiesta electoral. Que cada uno
apele a su conciencia y ponga la mano en su corazón, para deponer todo
gesto amenazante y toda suciedad que empañe el noble ejercicio de la
política, en aras de la necesaria concordia que nos dé un torneo
electoral propio de gente civilizada, y con alto sentido de la ética y
el civismo que, hasta ahora, no vemos y tanta falta nos hace.
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