Vista general del lugar donde el director del Instituto Nacional de Cultura (INAC) de Panamá, Anel Omar Rodríguez, fue asesinado el 10 de marzo de 2009, tras verse atrapado en un intercambio de disparos cuando un grupo de delincuentes intentó asaltar un camión blindado en las oficinas centrales de la Lotería Nacional de Panamá en Ciudad de Panamá. EFE/Alejandro Bolívar.

La violencia la añade el demonio

Desde que Caín mató a su hermano Abel la humanidad no cesa de sufrir la violencia de hermano contra hermano. Se hiere y se asesina por causa de la ambición, la envidia y la venganza. Quien quiere dinero o algún bien de otro, mata. Quien siente odio contra su prójimo, llega al extremo de convertirse en asesino. Quien guarda rencor por alguna ofensa que le han hecho y no la soporta, se cobra con la muerte de su semejante. Así funciona todo ser humano cuando, alejándose de Dios, se deja arrastrar por sus instintos y por lo mundano, en detrimento de su ser espiritual. Paradójicamente, su espíritu es lo primero que mata, antes de matar a su congénere.

La soberbia, el enojo, la ira y la ambición son caldo de cultivo para la violencia. Lo que se añade, lo dicta el demonio. La violencia tiene su origen en lo antes dicho. No basta los policías, las armas y la represión; que resultan legítimas como parte de la vida en sociedad, pero que no son la solución exclusiva para el problema.

Estamos ante un reto que reclama el apoyo de la comunidad, libre de toda bandería política o interés sectario. La violencia nos amenaza a todos por igual, como puede comprobarse, y la solución al problema compete a todos, según lo que corresponde a cada quien.

Volver