Controversia
La dignidad humana de la mujer


Es importante que la promoción de la dignidad femenina no se realice a través de una homologación de la mujer al tipo masculino burgués, centrado solamente en sí mismo, olvidado de la ley que es propia de la existencia personal.

Sin duda, la persona humana es, en una cierta perspectiva, un ser material, uno de los animales de la tierra, sometido, como todos ellos, a una infinita variedad de instintos y de condicionamientos; pero, al mismo tiempo, la persona humana es capaz, en razón de su inteligencia y de su libertad, de trascender esos condicionamientos para afirmar y realizar lo que, objetivamente, es justo, verdadero y bueno, conforme a su destino humano específico.
De esta capacidad de trascendencia, característica de la persona humana, nace un deber: combatir y abolir todas las situaciones en las que la persona resulte humillada y ofendida, violada en su sacralidad, reducida a una sola dimensión de su ser, en fin, todas aquellas situaciones en las que el ser humano no es tratado como persona, ni reconocido y respetado en su plena dignidad humana, a causa de su raza, de su sexo o de algún otro factor natural o social. ¿No es acaso una grave opresión de la mujer considerarla solamente como factor de producción o como elemento indispensable de una economía de consumo?
Limitándose a la perspectiva socio-económica de la promoción de la mujer, se corre el riesgo también de destruir grandes valores humanos, que son específicos del aporte de las mujeres en la sociedad.
En numerosas situaciones, la mujer ha podido conservar algunos valores esencialmente humanos, trasmitirlos a las nuevas generaciones, preservarlos para la cultura humana universal. Frecuentemente marginada, en modo relativo, por una sociedad marcada por un espíritu competitivo en la que las relaciones entre los hombres resultaban reguladas casi exclusivamente por el intercambio de bienes equivalentes o por la guerra, la mujer ha conservado mucho más profundamente una ética del don, de la ofrenda gratuita, desinteresada, simplemente motivada por un asombro admirado ante el milagro de la persona que se manifiesta en el otro o por un puro deseo de bondad hacia el prójimo. Esto se manifiesta, por otra parte, en las actitudes fundamentales que presiden la relación de la madre con su hijo.
Estas actitudes, ciertamente, no deberían ser consideradas como exclusivamente femeninas. Para lograr una auténtica emancipación humana, la mujer no debe tener necesidad de renunciar a su propia feminidad y a la experiencia de la maternidad en el matrimonio, en la que ella encuentra su realización y su más grande valorización. Es sobre todo necesario que nuestras sociedades se abran a valores no competitivos de paz, de condivisión del sufrimiento, de ofrenda espontánea y gratuita de sí, que se han conservado y trasmitido de generación en generación entre las mujeres, a través de una cultura femenina que, aunque jamás oficializada, no por ello ha marcado menos profundamente con su impronta nuestra civilización.

(Extracto de la intervención de Monseñor Paul Cordes, Jefe de la Delegación de la Santa Sede, en la Conferencia Mundial celebrada en Nairobi con el fin de evaluar los resultados del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer el 19 de julio de 1985).

 

 

Revalorización

Valores

Es más bien necesario que una justa revalorización de la especificidad femenina, se transforme en un bien del conjunto de la comunidad humana, que no sea despreciado y considerado de nivel inferior y que no sirva de alivio para perpetuar una situación de sujeción de la mujer.

Se da el caso que sea sobre todo la mujer quien ha conservado los valores fundamentales de humanidad que, poco a poco, se han esfumado en el mundo masculino.

Volver