A TIRO DE PIEDRA
Naufragio
Al cierre de esta edición
nos llega la noticia del naufragio en la costa darienita, con el informe
de que hay 15 sobrevivientes, un muerto y nueve desaparecidos en el mar.
Es una de las varias tragedias marinas, que se suceden en época de
aguaje o mal tiempo climático; sin embargo, detrás de ella, hay otras
consideraciones que tienen que ver con el estado.
Darién es, quizá, la provincia más aislada del país. A pesar de la
carretera que la atraviesa en buena parte, la población que habita en la
zona costera depende del transporte por mar y por aire, aunque no
siempre las naves que prestan el servicio sean óptimas para transportar
a los pasajeros. El servicio de cabotaje, principalmente, cuenta con
marinos y tripulantes experimentados, pero sus frágiles embarcaciones
sucumben ante los azotes de la naturaleza. No obstante, la cantidad de
accidentes es mínima, aunque, cuando ocurren, son tragedias que golpean
muy fuerte.
Gran parte de los viajeros eran jóvenes colaboradores de los equipos
misioneros católicos del Vicariato de Darién. Iban en gira deportiva.
Nada de periplo con fines parrandero o mundano: eran chicos sanos que se
enfrentaron al peligro de las olas. Unos salieron bien librados; otros
no. La muerte sorprendió a algunos mientras salían en pos de un fin
noble. Para otros, en cambio, su encuentro con la muerte está marcado
por la droga, el intento de dinero fácil, o la imprudencia y temeridad
en la conducción de un vehículo. Vidas jóvenes que se pierden, pero a
causa de un propósito y un estilo de vida distintos.
¿Qué responsabilidad tiene el estado en todo esto? Al menos dos: la
instauración de medios de transporte colectivos seguros y eficientes, y
la aplicación de las leyes de manera eficaz. En la primera, además del
vehículo o las naves adecuadas, están la construcción de carreteras y
caminos en buenas condiciones, y la organización de rutas orientadas al
servicio de la población y no sólo al lucro de quienes las explotan. En
la segunda, la formación profesional y el equipamiento apropiado de las
autoridades y los agentes que deben velar por el correcto ejercicio de
la actividad del transporte de pasajeros y por el respeto a las leyes y
reglamentos que la rigen.
Si queremos un cambio real en el transporte, y en la solución de los
problemas de las diversas comunidades que componen el país, es
indispensable la participación ciudadana. Hacia eso debe tender el
desarrollo de la democracia en la sociedad panameña. Los gobiernos
pasan, pero las comunidades permanecen. Todo cambio, para que sea
verdadero, debe tomar en cuenta a la comunidad. Sin esa participación,
la transformación del país quedará en manos de unos pocos, que la
realizarán a su parecer personal y a sus intereses de grupo. Si se dan
naufragios o desastres en el transporte de pasajeros, que sea por
accidente y no por causa de jugarse el pellejo en vehículos y naves que
no son aptas para transportarse con seguridad y con eficiencia en el
servicio que prestan.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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