LA VOZ DEL PASTOR

Mons. Oscar M. Brown J.
Obispo de Santiago
El sufrimiento de los inocentes
La última jornada mundial del enfermo, celebrada el
11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, reflexionó sobre el
niño enfermo y sufriente. Recordó, en su mensaje, el Santo Padre que
“hay pequeños seres humanos que llevan en su cuerpo las consecuencias de
enfermedades invalidantes, y otros que luchan con males que siguen
siendo incurables, no obstante el progreso de la medicina y la
asistencia de buenos investigadores y profesionales de la salud. Hay
niños heridos en el cuerpo y en el alma debido a los conflictos y las
guerras, y otros que son víctimas inocentes del odio de personas adultas
insensatas. Existen los niños “de la calle”, privados del calor de una
familia y abandonados a sí mismos, y menores profanados por gente
abyecta que viola la inocencia, y provoca en ellos una herida
psicológica que los marcará por el resto de sus vidas. Además, no
podemos olvidar, dice el Santo Padre, el incalculable número de menores
que mueren debido a la sed, al hambre, a la carencia de asistencia
sanitaria, así como también los pequeños exiliados y prófugos que, junto
con sus padres, abandonan su propia tierra en búsqueda de mejores
condiciones de vida”. (Mensaje XVII Jornada Mundial del Enfermo).
Con estas rápidas pinceladas, el Santo Padre nos ha descrito un problema
de hoy y de siempre: el sufrimiento de los inocentes. La matanza de los
santos inocentes ordenada por Herodes para eliminar al niño Jesús es un
paradigma emblemático de esta realidad, en cuanto afecta a los niños. El
libro de Job y algunos salmos y otros libros sapienciales la desarrollan
como el sufrimiento del justo.
Y es que los sabios antiguos pensaban que la observancia estricta de la
ley debía acarrear bendiciones, así como la conducta contraria derivaba
en maldiciones. Véase, por ejemplo, el texto de los dos caminos, en el
Deuteronomio (30:15-20), y el salmo 128, donde se afirma que el hombre
que teme al Señor será bendito, comerá del fruto de su trabajo y le irá
bien. Su mujer será parra fecunda en medio de su casa; y sus hijos,
racimos de olivo alrededor de su mesa. Y, en el salmo 37, el orante
asegura que, a pesar de su vejez, nunca ha visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan. Sino que, por compadecerse y dar
prestado, tendrá una descendencia bendita (vv.25 y 26).
Esto es lo que se conoce como el “dogma de la retribución”: La
observancia estricta de la ley, norma de conducta, es fuente infalible
de vida.
Ya en el libro del Eclesiastés o Qohélet se cuestiona este dogma, al
subrayar que la vida del justo como la del inicuo termina en la muerte.
Si no hay nada más allá de la muerte, todo es vanidad y vacío.
El libro de Job se plantea el tema del sufrimiento del justo observante
de la ley. Enseña que hay un dolor que no brota necesariamente de la
desobediencia a la ley. Puede surgir para aquilatar la virtud del justo,
si es gratuita o interesada. Lo primero recuerda que todo es gracia. Lo
segundo pretende exigir derechos delante de Dios por la propia virtud.
Despojado de su hacienda y sus hijos, herido en su cuerpo con úlceras
purulentas a pesar de su virtud, Job llega a creerse víctima de grave
injusticia, y no vacila en desafiar a Dios a ir a un juicio donde Job
puede probar su justicia.
El libro de Job no aporta una solución definitiva al problema del
sufrimiento del justo, pero nos prepara para acoger el sufrimiento
vicario, es decir, el que se asume en substitución de otros. Éste fue el
sufrimiento del Siervo del Señor inocente por los pecadores, que mereció
que Dios le diera una multitud en herencia (Is 52:13-53:12). Cristo es
este Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz, al que Dios da
el título que supera todo título: Señor y Mesías. Y a su nombre se dobla
toda rodilla en cielo, en la tierra y en el abismo (cf Flp. 2:6-11).
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